Cuando pensamos en momias, la imaginación suele viajar hacia las pirámides de Egipto o el árido desierto de Atacama. Sin embargo, algunos de los cuerpos preservados más antiguos del planeta no aparecieron dentro de una tumba monumental ni bajo la arena, sino en cuevas y bosques tropicales del sudeste asiático.
El hallazgo, elegido por Historia National Geographic como uno de los grandes descubrimientos arqueológicos de 2025, empuja el origen de estas prácticas funerarias hasta hace unos 12.000 años. La antigüedad de los restos no es el único elemento sorprendente: también lo es el método que aquellas comunidades utilizaron para impedir que sus muertos desaparecieran.
Un descubrimiento que rompe la cronología conocida
Durante décadas, la historia de la momificación estuvo organizada alrededor de dos grandes referencias. Por un lado, los antiguos egipcios, que perfeccionaron complejos procedimientos de embalsamamiento hace aproximadamente 4.500 años. Por otro, la cultura Chinchorro, asentada en las costas de los actuales Chile y Perú, cuyos cuerpos preservados se remontan a unos 7.000 años.
Ese mapa parecía suficientemente sólido. Sin embargo, los orígenes más antiguos de la momificación podrían encontrarse mucho más lejos y varios milenios antes.

En septiembre de 2025, investigadores vinculados con la Universidad Nacional de Australia presentaron los resultados de un estudio desarrollado en once yacimientos arqueológicos del sudeste asiático. Los restos analizados, localizados en lugares como China, Vietnam e Indonesia, mostraban señales de haber sido sometidos a un proceso deliberado de deshidratación mediante humo.
Algunos de ellos podrían tener cerca de 12.000 años. De confirmarse completamente esta interpretación, la antigüedad reconocida de la momificación humana prácticamente se duplicaría.
No se trataba de cuerpos embalsamados con aceites, sales o resinas. Estas sociedades habrían utilizado el calor y el humo de hogueras mantenidas durante largos periodos para retirar lentamente la humedad de los cadáveres y retrasar su descomposición.
El humo dejó una huella que sobrevivió miles de años
Los arqueólogos encontraron numerosos esqueletos enterrados en posiciones extremadamente flexionadas. Las piernas aparecían dobladas contra el torso y las extremidades adoptaban posturas que difícilmente podrían conseguirse manipulando un cuerpo ya rígido.
En un principio, aquellas posiciones pudieron interpretarse como parte del entierro. No obstante, los análisis de rayos X e infrarrojos revelaron alteraciones térmicas en los huesos. Las articulaciones tampoco mostraban las fracturas que cabría esperar si los cadáveres hubieran sido forzados después de la muerte.
La explicación propuesta es que los cuerpos fueron atados o colocados en esas posturas poco después del fallecimiento y posteriormente expuestos al humo. El proceso habría reducido progresivamente su volumen sin destruir las conexiones anatómicas.
Los investigadores creen que estos restos humanos ahumados constituyen la evidencia de una tradición funeraria extremadamente antigua. Aunque la piel y otros tejidos blandos desaparecieron debido al clima tropical, las señales conservadas en los huesos permiten reconstruir parcialmente lo ocurrido.
La técnica, además, recuerda prácticas documentadas entre algunos pueblos de Papúa Nueva Guinea. Allí, ciertas comunidades mantuvieron durante generaciones la costumbre de preservar a sus ancestros mediante humo, conservarlos en lugares visibles e incorporarlos simbólicamente a ceremonias y celebraciones.

La historia de la muerte ya no tiene un único punto de origen
La importancia del descubrimiento va más allá de establecer un nuevo récord. También obliga a revisar una visión de la arqueología frecuentemente concentrada en Egipto, el Mediterráneo y los Andes.
Las comunidades que vivieron en los bosques tropicales asiáticos no levantaron grandes pirámides ni dejaron monumentos de piedra fácilmente reconocibles. Sin embargo, desarrollaron rituales complejos relacionados con la muerte, la memoria y la permanencia de los antepasados.
Preservar un cadáver exigía tiempo, combustible, planificación y cooperación. No era una acción improvisada, sino una práctica con un significado social profundo. Aquellos grupos probablemente no pretendían desafiar a la muerte en un sentido literal, pero sí conservar la presencia física del fallecido durante más tiempo.
El hallazgo también abre nuevas preguntas. No se sabe si la técnica nació en una región concreta y se extendió con las migraciones humanas o si diferentes comunidades descubrieron métodos similares de manera independiente. Tampoco puede determinarse cuánto tiempo permanecían los cuerpos expuestos antes de ser enterrados.
Como sucede con otras investigaciones sobre momias, los restos no solo aportan información biológica: también conservan indicios sobre las creencias y los vínculos emocionales de sociedades desaparecidas.
Durante siglos, la búsqueda del origen de la momificación apuntó hacia los lugares más conocidos de la arqueología. Ahora, once yacimientos asiáticos sugieren que la respuesta estaba en otro escenario: bajo la humedad de los bosques tropicales, donde el humo consiguió dejar una marca que sobrevivió durante 12.000 años.