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Tecnología

Le pedimos a los robots que trabajen, decidan y convivan con nosotros, pero casi ninguno sabe cuándo está equivocado. Una revisión de 40 estudios revela la habilidad que seguimos sin poder construir

Perciben objetos, aprenden movimientos y eligen cómo actuar con una precisión creciente. El problema aparece cuando necesitan anticipar lo que ocurrirá, interpretar a una persona o detenerse porque ya no confían en su propia decisión.
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Una silla no significa lo mismo para una inteligencia artificial conversacional que para un robot. Para la primera puede ser una palabra, una descripción o millones de fotografías asociadas a una categoría. Para el segundo es algo que ocupa espacio, puede bloquearle el camino, moverse inesperadamente o sostener a una persona a la que no debe golpear. Entenderla exige combinar cámaras, sensores, memoria, movimiento y decisiones tomadas mientras el mundo continúa cambiando.

Ahí está la diferencia entre procesar información y poseer un cuerpo que debe actuar dentro de ella.

Una revisión sistemática publicada en el International Journal of Social Robotics analizó 40 estudios sobre robótica cognitiva y colaboración entre humanos y máquinas. Su conclusión dibuja un panorama bastante menos cinematográfico que el sugerido por los humanoides capaces de conversar: hemos progresado mucho en robots que ven, aprenden y ejecutan órdenes, pero muy poco en aquellos capaces de anticipar, reconocer sus limitaciones o preguntarse si están cometiendo un error.

Los robots están aprendiendo a actuar mucho antes que a comprender

Le pedimos a los robots que trabajen, decidan y convivan con nosotros, pero casi ninguno sabe cuándo está equivocado. Una revisión de 40 estudios revela la habilidad que seguimos sin poder construir
© Stephane Ramael.

La robótica cognitiva no intenta únicamente automatizar movimientos. Busca construir máquinas capaces de percibir el entorno, prestar atención a la información importante, recordar, aprender de la experiencia, razonar y seleccionar una acción adecuada cuando una situación no estaba completamente prevista.

En los 40 trabajos revisados, la percepción apareció en 35. La atención y el aprendizaje estuvieron presentes en 31, mientras que 30 incluyeron algún sistema para decidir qué acción ejecutar. Es la base operativa que permite a una máquina distinguir un objeto, seguir a una persona, evitar una pared o modificar una trayectoria.

A partir de ahí, la pirámide comienza a estrecharse. Solo 18 estudios incorporaron razonamiento como parte relevante de la arquitectura y 17 destacaron específicamente la memoria. La capacidad de imaginar estados futuros (la denominada prospección) apareció únicamente en siete investigaciones.

Eso no significa que los robots actuales sean incapaces de calcular lo que sucederá un segundo después. Un vehículo autónomo puede estimar la trayectoria de otro coche y un brazo industrial puede prever dónde estará una pieza. La prospección estudiada aquí es más amplia: implica construir escenarios, valorar alternativas y ajustar el comportamiento antes de que el problema ocurra. Y todavía queda un peldaño más difícil.

Solo dos estudios construyeron robots capaces de vigilar sus propios errores

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© Stephane Ramael.

La metacognición puede resumirse como pensar sobre el propio pensamiento, aunque trasladar la expresión a una máquina requiere cuidado. No implica que el robot experimente inseguridad, miedo o una duda consciente como una persona.

Significa que puede observar sus propios procesos, estimar si una respuesta es fiable, detectar que su plan está fallando y cambiar de estrategia. De los 40 estudios, solamente dos incorporaron esta capacidad, y ambos fueron publicados después de 2020.

Un robot con metacognición podría advertir que su cámara está parcialmente bloqueada, que no reconoce bien el objeto que debe levantar o que su brazo no respondió como esperaba. En lugar de continuar fingiendo certeza, pediría ayuda, repetiría la observación o detendría la tarea.

El avance resulta especialmente importante cuando la máquina comparte espacio con personas. Un robot que mueve cajas no necesita parecer humano, pero sí debería reconocer cuándo sus datos son insuficientes antes de extender un brazo hacia alguien.

Algunas aplicaciones ya muestran el valor de estas arquitecturas sin recurrir a humanoides espectaculares. Una silla de ruedas inteligente incluida en la revisión redujo de 124 a unos 72 segundos el tiempo de navegación de usuarios con menores capacidades cognitivas. El sistema intervenía cuando era necesario, pero intentaba preservar el control y la autonomía de la persona.

El verdadero problema comienza cuando el robot debe entendernos a nosotros

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© Stephane Ramael.

Ver un objeto es complicado. Entender qué pretende hacer una persona con él lo es mucho más. La revisión encontró capacidades para interpretar intenciones humanas en 13 estudios y sistemas de comunicación en otros 13. Solo seis trabajaron en distinguir entre las acciones propias y las ajenas, mientras que la atención conjunta (que una persona y un robot comprendan que están mirando o trabajando sobre lo mismo) apareció únicamente en dos.

Uno de los experimentos utilizó al robot social RASA para jugar a piedra, papel o tijera. Cuando intentaba predecir la intención del participante, lograba mejores resultados que al elegir movimientos al azar y era percibido como más inteligente y atractivo. Otra plataforma alcanzó elevados porcentajes de reconocimiento de expresiones durante interacciones diseñadas para niños con autismo.

Sin embargo, realizar bien una demostración no garantiza una convivencia segura. De los 40 trabajos, 18 desarrollaron lectura de intenciones, prospección o ambas capacidades, pero solo dos informaron de mejoras concretas en seguridad. Once ni siquiera encontraron o midieron un efecto significativo en ese terreno.

Esta es la brecha que queda oculta bajo los vídeos de robots caminando, hablando o preparando una bebida. Ya sabemos construir muchas de las piezas que les permiten actuar. Lo que todavía cuesta es unirlas para que la máquina sea comprensible, sepa explicar qué hará después y reconozca el momento en que debería parar.

Quizá el robot verdaderamente inteligente no sea el que siempre tenga una respuesta. Será el primero que, antes de equivocarse junto a nosotros, sea capaz de decir: no estoy seguro.

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