Mientras los incendios forestales suelen ocupar titulares, existe otro enemigo que actúa con sigilo: la sequía crónica. Desde hace más de una década, este fenómeno ha estado diezmando lentamente grandes extensiones de bosques en España, sin llamar la atención del gran público. Aunque el impacto no siempre es inmediato, sus efectos ya están transformando profundamente nuestro entorno natural.
El deterioro que no quema pero mata
Cuando un árbol se ve afectado por el estrés hídrico, sus primeros síntomas pasan desapercibidos: hojas que cambian de color, caída prematura del follaje y un declive paulatino que puede culminar en la muerte. En muchas ocasiones, tras una temporada de lluvias, algunos ejemplares logran recuperarse; sin embargo, otros quedan condenados, aunque su final se prolongue durante años.
En regiones como Cataluña, la sequía ha provocado, entre 2012 y 2023, afecciones visibles en el 10% de su superficie forestal. Esta cifra equivale a unas 120.000 hectáreas: una extensión similar a la que han arrasado los incendios en los últimos 40 años. A diferencia del fuego, que arrasa con todo, este declive climático es progresivo, pero igualmente alarmante.

El informe más reciente del programa europeo ICP-Forest revela que especies mediterráneas como la encina, el pino carrasco o el alcornoque muestran niveles preocupantes de defoliación. La principal causa: la falta de agua. En menor medida, también contribuyen insectos y otros factores secundarios. La degradación, aunque menos visible que un incendio, sigue dejando huella.
Un problema en expansión que aún cuesta medir
A pesar de los esfuerzos de redes como ICP-Forest o Deboscat, que monitorean parcelas específicas, aún resulta difícil tener una visión completa del deterioro forestal. En total, apenas se observan 620 parcelas en España, una ínfima fracción frente a los más de 7.000 millones de árboles estimados.
Las coníferas, especialmente los pinos, son las más vulnerables. Una vez pierden su color verde y adquieren tonos marrones, ya no pueden rebrotar. La coordinadora de Deboscat, Mireia Banqué, subraya que incluso sin datos sistemáticos, basta observar los paisajes rurales para notar un aumento de árboles secos.
Desde la Universidad de Alcalá, la profesora Paloma Ruiz advierte que las sequías cada vez más intensas están cambiando los patrones de mortalidad en los bosques mediterráneos. Su equipo ha detectado además una clara disminución de la productividad forestal debido a los eventos extremos del clima, algo que varía entre regiones pero que afecta de forma generalizada.

La urgencia de acompañar el cambio
Para el científico Josep Maria Espelta, no basta con observar: hay que actuar. La gestión forestal debería ser más activa, reduciendo la densidad de árboles y ayudando a los bosques a adaptarse al nuevo clima. Pero también propone ir más allá: introducir especies mejor adaptadas a las nuevas condiciones climáticas, especialmente en zonas donde las actuales ya han superado sus límites naturales.
En definitiva, aunque este deterioro no levanta humo ni titulares, sus consecuencias pueden ser tan transformadoras como las de un gran incendio. Y si no se toman medidas, lo que hoy muere en silencio, mañana podría cambiar para siempre nuestros paisajes.