La modernización en la industria alimentaria ha mejorado la higiene y conservación gracias al uso del plástico. Sin embargo, esta comodidad tiene un precio oculto: la exposición a aditivos químicos que, con el tiempo, pueden poner en riesgo nuestra salud. Recientes estudios realizados en España arrojan luz sobre un problema silencioso que ya está presente en nuestras mesas.
El otro lado del plástico: aditivos que preocupan
Los plásticos que envuelven y conservan nuestros alimentos contienen aditivos químicos diseñados para mejorar su resistencia, elasticidad o durabilidad. Entre ellos destacan los plastificantes, como los ftalatos (PAE) y los ésteres organofosforados (OPE), conocidos por sus efectos adversos sobre la reproducción y el metabolismo. En un intento por reducir los riesgos, la industria ha comenzado a usar alternativas como el acetil tributil citrato (ATBC) o el di-2-etilhexil adipato (DEHA), aunque investigaciones recientes también cuestionan su inocuidad.

La forma principal en que estos compuestos llegan al cuerpo humano es a través del consumo de alimentos y bebidas. Aunque también pueden inhalarse o absorberse por la piel, es la vía alimentaria la que concentra mayor exposición, tanto por contaminación ambiental como por contacto con envases durante su producción, transporte o almacenamiento.
Sorprendentemente, estos plastificantes no están regulados como aditivos alimentarios, por lo que no existe una legislación clara que limite su presencia en los alimentos, lo que genera incertidumbre sobre los niveles de seguridad reales.
Datos alarmantes en la dieta diaria
Un estudio publicado por el Journal of Hazardous Materials evaluó 109 alimentos comercializados en España. En el 85 % de ellos se detectó al menos un plastificante. Los más comunes fueron los mismos «sustitutos seguros»: ATBC y DEHA, presentes incluso en productos envasados en vidrio o vendidos a granel. Las películas plásticas y tapas de envases resultaron ser fuentes frecuentes de migración química.
Además, se detectó que cocinar en microondas o al horno usando bolsas especiales puede aumentar hasta 50 veces la transferencia de plastificantes al alimento, aun cuando se respeten los límites legales de migración establecidos por la Comisión Europea. Por ello, se recomienda evitar este tipo de prácticas, especialmente con comidas preparadas.
¿Estamos superando los límites seguros?
El estudio también estimó la ingesta diaria de plastificantes en adultos y niños. Bajo un escenario “normal”, no se superaron los valores recomendados por organismos como la EFSA o la EPA. Pero bajo un escenario de “alta exposición”, los bebés y niños sí podrían estar en riesgo, superando los niveles seguros para compuestos como el DEHP y el EHDPP. Otros tres compuestos se encuentran preocupantemente cerca del umbral de riesgo.
Hay que recordar que la dieta no es la única vía de exposición. La inhalación de aire contaminado, el polvo doméstico o el contacto con objetos también incrementan el total de toxinas recibidas cada día.

Hacia una regulación más estricta
Aunque España ya ha prohibido algunos plastificantes como los ftalatos en envases desde 2022, se desconoce si existen controles eficaces para hacer cumplir esta ley. Los expertos exigen ampliar la legislación a otros compuestos igualmente peligrosos y aplicar el principio de precaución con los nuevos plastificantes que, aunque se presenten como más seguros, no siempre lo son.
El estudio refuerza la necesidad de revisar urgentemente los materiales que usamos a diario para proteger lo que comemos. La seguridad alimentaria va mucho más allá del valor nutricional: también implica saber de qué está hecho lo que lo envuelve.
Fuente: TheConversation.