Nadie nos enseña a hablar cuando algo duele, por eso muchas veces elegimos callar, evadir o esperar que alguien adivine nuestro malestar. Esos mecanismos, eficaces en la niñez, se instalan en la vida adulta como estrategias automáticas. El problema es que, lejos de protegernos, suelen romper los lazos que más necesitamos.
Cuando los adultos se comunican como niños

Un estudio de 2023 publicado en Nature reveló que uno de cada cuatro adultos reconoce haber dañado sus vínculos por reacciones defensivas repetidas: silencios interpretados como desprecio, respuestas cortantes que esconden una demanda de atención o estallidos que confunden más que aclaran.
El caso de Paula, de 33 años, es ilustrativo: después de un mal día, responde con un frío “lo que quieras” a su pareja. No dice lo que le pasa, pero espera ser descubierta. Al no obtener la reacción deseada, concluye que no le importan. Ese guion se repite en amistades y trabajos, alimentando la soledad.
La lógica de las viejas defensas

En psicología se llaman mecanismos de defensa. Hay defensas “maduras”, que permiten procesar la frustración, y defensas “inmaduras”, más propias de la infancia. Estas últimas operan como reflejos: evitar, callar o actuar sin pensar. De niños podían ser útiles: un berrinche lograba atención, un silencio era leído como un pedido de ayuda.
Pero lo que en el pasado protegía, en la adultez se vuelve un obstáculo. Repetir la estrategia de esconderse —como en un juego infantil— puede generar la confirmación de lo temido: que nadie venga a buscarnos, que nadie nos entienda. La paradoja es cruel: la defensa evita el dolor y termina causándolo.
Aprender a decir lo que duele
Los escenarios adultos son más complejos: responsabilidades, trabajo, relaciones de pareja. Pretender resolverlos con recursos infantiles es como intentar arreglar un motor con un juguete de plástico. La intolerancia a la frustración, la necesidad de validación constante o la dificultad para aceptar lo distinto son huellas de defensas desfasadas.
El desafío no es dejar de protegernos, sino ampliar el repertorio: decir lo que sentimos, pedir lo que necesitamos y evitar los enigmas emocionales. Así, los vínculos dejan de ser exámenes de amor y se transforman en espacios de confianza. Como decía Walt Disney: “los adultos no son más que niños crecidos”. Y aprender a comunicarse quizá sea la lección pendiente.