Un pulpo puede doblar cualquier punto de cualquiera de sus ocho brazos, estirarlos, acortarlos, torcerlos y, al mismo tiempo, manipular objetos con cientos de ventosas que funcionan como dedos y como órganos del gusto. Coordinar todo eso desde un único cerebro central sería casi imposible. Y de hecho, el pulpo no lo hace así: sus brazos reúnen en conjunto más neuronas que su cerebro.
Un estudio de la Universidad de Chicago, publicado en Nature Communications en enero de 2025 y que volvió a circular en estos días, mostró cómo está organizado ese sistema nervioso periférico. La respuesta tiene una forma inesperada: segmentos, como los de un caño corrugado.
Un cordón nervioso en módulos

Cada brazo de un pulpo está recorrido por un cordón nervioso axial, la estructura neuronal más grande del brazo. El equipo liderado por Cassady Olson, estudiante de doctorado en Neurociencia Computacional, junto a Grace Schulz y al neurobiólogo Clifton Ragsdale, analizó ese cordón en el pulpo de dos manchas de California (Octopus bimaculoides).
El trabajo tuvo su propio desafío técnico. Los cortes transversales finos del brazo se despegaban de los portaobjetos del microscopio, así que los investigadores cambiaron de estrategia y empezaron a estudiar tiras longitudinales. Esa perspectiva reveló lo que los cortes transversales no mostraban.
Los cuerpos de las neuronas se agrupan en columnas sucesivas a lo largo del cordón, separadas por espacios llamados septos. Por esos septos salen los nervios y los vasos sanguíneos que llegan a los músculos. Además, los nervios de varios segmentos vecinos alcanzan las mismas zonas musculares, lo que sugiere que cada sección del brazo trabaja coordinada con las de al lado.
«Si vas a tener un sistema nervioso que controla un movimiento tan dinámico, esa es una buena forma de organizarlo», explicó Ragsdale.
Un mapa de las ventosas
Los nervios que van a las ventosas también salen por los septos y se distribuyen de manera ordenada, conectando con el borde externo de cada ventosa. Los investigadores describieron esa organización como un mapa espacial y la bautizaron «suckerotopía», por analogía con los mapas del cuerpo que existen en el cerebro de los mamíferos.
Esa disposición podría permitir que cada segmento procese de forma local lo que perciben sus ventosas, que no solo tocan sino que también detectan sustancias químicas, sin tener que consultar todo con el cerebro central.
La prueba del calamar

Para entender si la segmentación tenía que ver con la longitud del brazo o con las ventosas, el equipo comparó al pulpo con el calamar costero de aleta larga (Doryteuthis pealeii), común en el Atlántico. Los calamares tienen ocho brazos con ventosas y dos tentáculos largos, con un tallo liso y una punta ensanchada, llamada maza, donde se concentran las ventosas.
El resultado fue revelador: el cordón nervioso del tallo de los tentáculos no está segmentado, pero el de la maza sí. La segmentación aparece donde hay ventosas, no simplemente donde hay un apéndice largo. Pulpos y calamares se separaron evolutivamente hace más de 270 millones de años, y aun así comparten este diseño en las zonas con ventosas, lo que según Ragsdale indica que es un rasgo propio de los cefalópodos de cuerpo blando con ventosas.
De los océanos a los robots
El interés por los brazos del pulpo va más allá de la biología. La robótica blanda, que diseña máquinas flexibles capaces de manipular objetos delicados, se inspira desde hace años en estos animales. Entender cómo un sistema nervioso distribuido controla un brazo sin huesos puede ofrecer pistas para diseñar robots con control descentralizado.
El pulpo también tiene un peso enorme en América Latina, desde la pesca del pulpo rojo en la península de Yucatán hasta las especies que habitan las costas de Chile y Perú. Cuanto más se sabe sobre su sistema nervioso, más se refuerza el debate sobre su capacidad de sentir, una discusión que ya influye en las regulaciones sobre su cría y su bienestar en distintos países.