La imagen de océanos dominados por calamares resulta llamativa, pero parte de una simplificación. Uno de los estudios más citados sobre el fenómeno, publicado en Current Biology en 2016 y liderado por Zoë Doubleday, analizó 67 series temporales recopiladas durante seis décadas.
El primer matiz importante es que aquellas series no estudiaban únicamente calamares. Aproximadamente el 52% correspondía a estos animales, mientras que el resto incluía pulpos, sepias y otros cefalópodos. Por eso, hablar directamente de una “invasión de calamares” exagera lo que realmente mostraban los datos.
Aumentar las capturas no significa llenar el océano de calamares
Los investigadores tampoco realizaron un censo directo de todos los ejemplares existentes en el mar. Analizaron tasas de captura estandarizadas procedentes tanto de pesquerías comerciales como de campañas científicas.
Los resultados sí mostraron tendencias ascendentes significativas en cefalópodos demersales, bentopelágicos y pelágicos. Pero una mayor abundancia relativa en determinados registros no significa necesariamente que la biomasa total de cefalópodos esté creciendo de forma uniforme en todos los océanos.
A esto se suma otro problema: las capturas comerciales también dependen del número de barcos, las tecnologías utilizadas y la demanda del mercado. Por tanto, pescar más toneladas no significa automáticamente que existan más animales en libertad.

Su gran ventaja es adaptarse rápido
Hay una razón por la que algunos cefalópodos pueden responder mejor que otros animales a un océano cambiante.
Muchos presentan crecimiento rápido, madurez sexual temprana y ciclos de vida que apenas duran uno o dos años. Eso les permite aprovechar rápidamente periodos favorables de temperatura, alimento o menor competencia.
Mientras grandes peces como tiburones o atunes necesitan años para alcanzar la madurez reproductiva, un calamar puede aumentar su población en cuestión de meses.
La sobrepesca también puede favorecerlos indirectamente. La desaparición o reducción de grandes depredadores libera espacio dentro de las redes tróficas y reduce parte de la presión que sufren estos animales.
El calamar de Humboldt muestra lo variable que puede ser el fenómeno
El Dosidicus gigas, conocido como calamar de Humboldt, es un buen ejemplo de por qué expansión geográfica y aumento poblacional no son exactamente lo mismo.
Durante episodios intensos de El Niño aparecieron grandes concentraciones de estos animales más al norte de lo habitual, frente a California. Sin embargo, esos movimientos estuvieron relacionados con cambios en las corrientes, la temperatura y la distribución de las presas.
Investigaciones más recientes también muestran que El Niño puede modificar sus periodos reproductivos y sus migraciones. Al mismo tiempo, en Chile los desembarques llegaron a caer un 42% entre 2016 y 2023, demostrando que su aparente éxito está lejos de ser uniforme.
Más calamares no significa un océano más sano
Este es el punto central. Que ciertas especies oportunistas prosperen mientras otras disminuyen puede ser precisamente una señal de simplificación ecológica.
Los calamares ocupan una posición clave: consumen peces pequeños y crustáceos, pero también sirven de alimento para cetáceos, aves marinas y grandes peces. Alteraciones bruscas en sus poblaciones pueden modificar toda esa red.
Por eso, su expansión no debe interpretarse como una victoria de los cefalópodos sobre los peces. Puede ser más bien el reflejo de un océano donde el calentamiento, la pesca intensiva y la desaparición de grandes depredadores están reorganizando rápidamente quién gana y quién pierde.