Hay una pregunta que los botánicos se hacían desde hace décadas: ¿por qué los bosques nubosos tropicales de América están llenos de flores tubulares, de colores rojos e intensos, perfectamente diseñadas para los colibríes? La explicación estándar era que las abejas no sobrevivían bien en esos ambientes fríos y húmedos, y los colibríes ocuparon el vacío. Pero esa explicación era incorrecta. Un estudio de la Universidad de California en Santa Cruz monitoreó los polinizadores durante cientos de horas con cámaras automáticas en Costa Rica y encontró que las abejas seguían visitando las flores incluso en las zonas de mayor altitud. Lo que cambió no fue la presencia de las abejas sino algo más sutil: la eficiencia de cada visita.
El experimento: dos visitas contra siete, pero el doble de polen por visita

Los investigadores compararon dos especies emparentadas de jengibre tropical, una polinizada principalmente por abejas y otra por colibríes, midiendo tanto la frecuencia de visitas como la cantidad de polen transferido en cada una. Los resultados invirtieron la intuición inicial. Las abejas visitaban las flores con mucha más frecuencia: alrededor de siete veces al día frente a las dos visitas diarias de los colibríes. Sobre el papel, las abejas parecían más valiosas.
Pero cuando los científicos midieron cuánto polen depositaba cada animal en cada visita, los colibríes transferían casi el doble de granos. La razón está en el comportamiento de cada polinizador. Las abejas recolectan polen activamente para alimentar a sus larvas: gran parte del material que tocan termina almacenado en las cestillas de sus patas o transportado al nido para uso propio. Los colibríes solo buscan néctar. El polen se adhiere accidentalmente a su cabeza, su pico y sus plumas, y queda disponible para ser depositado en la siguiente flor. Las abejas son excelentes recolectoras de polen. Los colibríes son excelentes repartidores.
Cómo una pequeña ventaja produce miles de nuevas especies de flores

Tal como reporta el estudio publicado en New Phytologist, la evolución funciona mediante pequeñas ventajas acumuladas durante miles o millones de generaciones. En este caso, una ligera mejora en la eficacia de la polinización fue suficiente para impulsar cambios profundos en la morfología de las flores. Las especies adaptadas a abejas tienen flores amplias y abiertas con plataformas de aterrizaje, aromas intensos y patrones visuales específicos para insectos. Las adaptadas a colibríes desarrollaron corolas largas y estrechas, colores brillantes especialmente en rojos y naranjas, y una producción abundante de néctar.
Esa especialización tiene una consecuencia evolutiva fundamental: cuando una planta se adapta a atraer colibríes, deja de intercambiar polen de forma regular con sus parientes que dependen de abejas. Esa separación reproductiva es uno de los primeros pasos hacia la formación de nuevas especies, el fenómeno conocido como aislamiento reproductivo. Los investigadores creen que este proceso se ha repetido innumerables veces en América tropical, contribuyendo a la extraordinaria biodiversidad vegetal de los Andes, América Central y la Amazonía occidental.
Por qué los colibríes son arquitectos invisibles de los bosques tropicales
Los colibríes son el grupo de aves más especializado del planeta en relación a la polinización, con más de 360 especies distribuidas exclusivamente en el continente americano. Su capacidad de vuelo estacionario les permite acceder a flores tubulares inaccesibles para otros polinizadores, y muchas especies realizan desplazamientos altitudinales siguiendo la floración estacional de distintas plantas, conectando ecosistemas separados por cientos de metros de desnivel.
Las implicaciones para la conservación son directas: si los colibríes modifican sus rutas migratorias por efecto del cambio climático o desaparecen de determinadas zonas por pérdida de hábitat, muchas especies de plantas especializadas podrían perder su único polinizador efectivo. Los bosques nubosos tropicales, donde este estudio fue realizado, están considerados algunos de los hábitats más amenazados del planeta. Comprender qué relaciones ecológicas los sostienen es el primer paso para diseñar estrategias de conservación que sean verdaderamente efectivas.