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Ciencia

No es que falten galaxias: millones permanecen enterradas detrás del polvo cósmico. Europa prepara un telescopio de 50 metros para sacar a la luz la parte del universo que todavía observamos como una mancha borrosa

AtLAST no buscará un rincón concreto del espacio, sino todo aquello que nuestros telescopios han confundido durante décadas. Su enorme campo de visión podría separar hasta 50 millones de galaxias ocultas y reconstruir dónde se esconde la materia que alimentó el cosmos.
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Hay una parte gigantesca del universo que no está realmente oculta. Emite luz, deja rastros y hasta influye en aquello que podemos observar. El problema es que se encuentra sepultada tras cantidades enormes de polvo cósmico, una especie de niebla fría que absorbe la radiación visible y mezcla galaxias enteras hasta hacerlas parecer una única mancha.

Por eso, cuando los astrónomos reconstruyen la historia del cosmos utilizando únicamente aquello que resulta sencillo de ver, obtienen una versión incompleta. Es como intentar entender una ciudad fotografiando solo los edificios que no están cubiertos por la niebla.

Un proyecto internacional liderado desde Europa quiere corregir esa ceguera. Se llama AtLAST, siglas de Atacama Large Aperture Submillimeter Telescope, y propone construir en Chile una antena de 50 metros capaz de cartografiar el cielo en longitudes de onda milimétricas y submilimétricas.

Todavía no existe. AtLAST continúa en fase de diseño y desarrollo tecnológico dentro de AtLAST2, un proyecto financiado por la Unión Europea que comenzó en 2025 y se prolongará hasta 2028. Sin embargo, sus responsables ya imaginan algo descomunal: un observatorio que podría localizar decenas de millones de galaxias actualmente confundidas detrás del polvo.

Hemos construido un mapa del universo con media luz apagada

No es que falten galaxias: millones permanecen enterradas detrás del polvo cósmico. Europa prepara un telescopio de 50 metros para sacar a la luz la parte del universo que todavía observamos como una mancha borrosa
© ALMA (ESO/NAOJ/NRAO)/L. Rowland et al.

El polvo interestelar puede parecer un obstáculo molesto, pero es también una pieza fundamental del cosmos. Se forma a partir de diminutas partículas de carbono, silicatos y otros materiales, y se concentra en las regiones donde nacen estrellas y evolucionan galaxias.

Cuando una estrella joven emite radiación ultravioleta o visible, ese polvo puede absorberla y volver a liberarla en longitudes de onda más largas. Así, una galaxia prácticamente invisible para un telescopio óptico puede brillar con intensidad al observarla en el rango submilimétrico.

El problema es que todavía hemos cartografiado muy poco de ese cielo con resolución y sensibilidad suficientes. El estudio conceptual de AtLAST sostiene que más de la mitad de la luz que recibimos puede observarse en longitudes de onda milimétricas y submilimétricas, precisamente la región del espectro en la que este telescopio trabajaría.

La consecuencia es incómoda: buena parte de lo que sabemos sobre la formación de galaxias podría estar sesgado hacia los objetos menos polvorientos y más fáciles de detectar. Las galaxias donde nacieron estrellas de forma frenética pueden haber quedado escondidas justo durante una de las etapas más importantes de su evolución.

Y no siempre basta con detectar un resplandor. En las observaciones actuales puede aparecer una fuente luminosa sin que los astrónomos sepan si pertenece a una galaxia, a diez o a cientos superpuestas. Es el llamado límite de confusión: llega un punto en el que los objetos están tan juntos que el telescopio ya no consigue separarlos.

ALMA observa el detalle, AtLAST quiere encontrar el continente entero

No es que falten galaxias: millones permanecen enterradas detrás del polvo cósmico. Europa prepara un telescopio de 50 metros para sacar a la luz la parte del universo que todavía observamos como una mancha borrosa
© NASA, Holland Ford, ACS, ESA.

En el desierto de Atacama ya funciona ALMA, uno de los observatorios más potentes jamás construidos. Sus 66 antenas trabajan juntas como un interferómetro y pueden revelar detalles extraordinarios en discos donde se forman planetas, nubes moleculares y galaxias lejanas.

Pero ALMA se parece más a un microscopio que a una cámara panorámica. Es excelente para examinar regiones pequeñas y objetivos previamente seleccionados, pero no fue concebido para barrer rápidamente enormes extensiones del cielo.

AtLAST cubriría ese vacío. Su antena única de 50 metros tendría un campo de visión máximo cercano a dos grados, suficiente para observar una superficie equivalente a varias lunas llenas en una sola toma. Además, el diseño contempla movimientos de hasta tres grados por segundo, una velocidad necesaria para construir mapas amplios sin dedicar años a cada zona.

No sería, por tanto, un sustituto de ALMA. AtLAST podría descubrir y catalogar las grandes estructuras; después, ALMA se encargaría de acercarse y observarlas con enorme precisión. Uno encontraría el bosque. El otro estudiaría las hojas.

Según Claudia Cicone, una de las responsables científicas del proyecto, un programa de 1.000 horas de observación podría llegar a detectar hasta 50 millones de galaxias. La cifra es una estimación, no una promesa, pero permite comprender la escala del salto que se persigue.

El premio podría estar en aquello que nadie pensó buscar

Las galaxias polvorientas son solo una parte del objetivo. AtLAST también podría seguir el gas frío que alimenta la formación estelar, estudiar nubes moleculares, analizar discos alrededor de estrellas jóvenes y buscar parte de la materia ordinaria que los modelos predicen alrededor de las galaxias, pero que sigue siendo extremadamente difícil de localizar.

El observatorio estaría diseñado para detectar poblaciones galácticas normales hasta un desplazamiento al rojo cercano a 7 y mapear gas muy tenue dentro y alrededor de galaxias a lo largo de la historia cósmica. También podría estudiar la atmósfera solar y fenómenos transitorios que aparecen y desaparecen antes de que los observatorios actuales consigan encontrarlos.

Todo ello requeriría una máquina extraordinaria: unas 4.400 toneladas de acero y aluminio instaladas a unos 5.000 metros de altitud, con una superficie ajustada con una precisión de apenas decenas de micrómetros. El proyecto plantea, además, que funcione con energías renovables y recupere parte de la energía generada al frenar sus propios movimientos, como sucede en algunos vehículos híbridos.

AtLAST está pensado para operar durante unos 50 años y renovar periódicamente sus instrumentos. Pero todavía queda un camino largo entre un diseño prometedor y un observatorio construido. Será necesario completar los prototipos, cerrar la colaboración internacional, asegurar la financiación y superar los enormes desafíos de levantar una estructura así en uno de los entornos más extremos del planeta.

Aun así, su mayor atractivo quizá no esté en los millones de galaxias que espera encontrar. Está en todo aquello que no figura en ninguna previsión. Porque cuando se abre por primera vez una ventana amplia hacia una zona del espectro casi sin cartografiar, la pregunta deja de ser qué busca el telescopio.

La verdadera pregunta es qué lleva todo este tiempo brillando delante de nosotros sin que hayamos sido capaces de distinguirlo.

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