A 710 metros bajo la superficie del océano Atlántico, donde la luz solar apenas consigue penetrar, un vehículo submarino se encontró con una criatura que parece desafiar las reglas de la anatomía. Su cabeza es translúcida, sus ojos tienen forma de tubos y su aspecto recuerda más a un organismo extraterrestre que a un pez común. Sin embargo, es una especie real que lleva décadas siendo conocida por la ciencia.
Se llama Winteria telescopa y pertenece a una familia de peces adaptados a vivir en regiones oceánicas donde encontrar alimento exige aprovechar hasta el último destello de luz. Aunque su existencia no era ningún misterio, había algo que los investigadores todavía no habían conseguido: filmar a un ejemplar vivo moviéndose libremente en su entorno natural.
El registro fue obtenido por el vehículo operado remotamente SuBastian durante una expedición del Schmidt Ocean Institute en el Atlántico central. Las imágenes, divulgadas por el instituto oceanográfico en julio de 2026, ofrecen una oportunidad excepcional para observar cómo vive un animal cuya delicada anatomía suele deteriorarse cuando es capturado y llevado a la superficie.
Un pez con ojos tubulares que encontró una manera extraordinaria de sobrevivir en la oscuridad

Lo más llamativo de Winteria telescopa no es simplemente su cabeza transparente, sino lo que sucede dentro de ella. A diferencia de la mayoría de los peces, cuyos ojos están colocados a ambos lados de la cabeza para ofrecer un campo de visión amplio, esta especie posee dos estructuras oculares tubulares orientadas aproximadamente en paralelo.
La disposición le permite aprovechar la escasa luminosidad procedente de las aguas superiores. A semejante profundidad, la luz del Sol es extremadamente débil, pero algunos organismos marinos producen sus propios destellos mediante bioluminiscencia. Detectar esas señales puede marcar la diferencia entre localizar alimento y permanecer a oscuras.
Según explica el Schmidt Ocean Institute en su comunicado original, estos ojos están especializados en captar cantidades mínimas de luz. Su orientación también proporciona una visión binocular que ayuda a percibir la posición de los objetos.
La especie forma parte de los opistopróctidos, conocidos popularmente como peces de ojos de barril. Algunos de sus parientes poseen una cúpula transparente que protege los ojos y permite observar sus estructuras internas. Estas adaptaciones hacen de la familia uno de los ejemplos más sorprendentes de especialización visual en el océano profundo.
Una cámara logró lo que las redes de pesca no habían permitido durante décadas

El encuentro tuvo lugar en la zona de fractura de Doldrums, un sistema geológico situado al norte del ecuador, a unos 1.300 kilómetros de la costa noreste de Brasil. Allí, los científicos exploraban una región poco conocida del Atlántico cuando las cámaras de SuBastian consiguieron registrar al animal.
La importancia del video va más allá de su apariencia. Buena parte de la información científica disponible sobre esta familia procede de ejemplares recuperados mediante redes de pesca. Durante el ascenso, los cambios de presión y las condiciones de captura pueden dañar tejidos especialmente frágiles.
Observar un ejemplar directamente en su hábitat permite conservar información sobre su postura, movimientos y apariencia que difícilmente puede reconstruirse a partir de animales preservados.
El biólogo Marcelo Melo, del Instituto Oceanográfico de la Universidad de São Paulo, explicó que se trata de una especie extremadamente rara. En la cobertura científica de BioBioChile también destacó la utilidad de su visión para encontrar alimento y detectar peligros en un entorno donde casi no existe iluminación natural.
El hallazgo formaba parte de una expedición que descubrió mucho más bajo el Atlántico

Lo curioso es que encontrar este pez no constituía el objetivo principal de la misión. Durante 35 días, los científicos exploraron el sistema de Doldrums para investigar su actividad geológica y comprender cómo circulan los fluidos calientes bajo el fondo marino.
La expedición permitió identificar dos nuevos campos de fuentes hidrotermales. Uno contenía 23 estructuras de emisión, incluidas 13 chimeneas activas, y fluidos que alcanzaban temperaturas de hasta 280 grados Celsius. También fueron observados dos ejemplares del género Magnapinna, conocidos como calamares de aletas grandes, capaces de desarrollar apéndices de varios metros de longitud.
Los investigadores consiguieron además cartografiar casi 147 kilómetros cuadrados de suelo oceánico con una resolución de un metro utilizando el vehículo autónomo The Childlike Empress. Pero entre las nuevas fuentes hidrotermales, los calamares de las profundidades y los mapas geológicos, el pequeño Winteria telescopa terminó protagonizando uno de los registros más llamativos de la expedición.
La razón resulta sencilla: demuestra cuánto desconocemos todavía de animales que habitan el planeta desde mucho antes de que pudiéramos observarlos. En este caso, hizo falta descender 710 metros bajo el Atlántico para contemplar vivo a un pez cuya cabeza transparente esconde una extraordinaria herramienta para sobrevivir en la oscuridad.