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Ciencia

Los Grandes Lagos esconden un mundo subterráneo de tardígrados y hongos que devoran rocas

Científicos descubrieron un ecosistema casi completamente oculto que prospera a cientos de metros bajo la superficie terrestre, cambiando la forma en que entendemos los límites de la vida en la Tierra.
Por Passant Rabie Traducido por

Tiempo de lectura 3 minutos

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Oculto en las profundidades del subsuelo, un enorme ecosistema formado por diminutos organismos está obligando a los científicos a replantearse cómo puede sobrevivir la vida en algunos de los ambientes más extremos e inhóspitos del planeta.

Un equipo internacional de investigadores encontró un mundo subterráneo repleto de hongos capaces de alimentarse de rocas, diminutos gusanos y tardígrados enterrados a cientos de metros bajo la región de los Grandes Lagos, en Norteamérica. Los resultados, publicados en The ISME Journal, revelan la existencia de 689 especies distintas de hongos, entre ellas 13 especies completamente nuevas para la ciencia, identificadas en pequeñas muestras de agua que permanecieron aisladas de la superficie durante miles de años.

«Este descubrimiento abre una ventana a un mundo oscuro, antiguo y casi completamente oculto, pero que está muy lejos de ser un lugar sin vida», explicó Quinn Moon, científica ambiental de la Universidad de Michigan y autora principal del estudio, en un comunicado.

Una expedición a cientos de metros bajo tierra

Para investigar cómo sobrevive la vida en las profundidades del subsuelo, los científicos recolectaron agua proveniente de pozos de gas perforados en la formación rocosa conocida como Antrim Shale, una extensa capa de esquisto que se extiende bajo gran parte de la región de los Grandes Lagos.

Las perforaciones alcanzaban profundidades de entre 198 y 500 metros (650 a 1.640 pies), lo que permitió acceder a bolsas de agua completamente aisladas del exterior.

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© John Megahan, University of Michigan

El equipo utilizó técnicas de datación isotópica para determinar la antigüedad de esas aguas. Los análisis mostraron que se remontan al final de la última Edad de Hielo y que probablemente proceden del deshielo de enormes capas de hielo hace aproximadamente 11.000 años. Desde entonces, nunca volvieron a entrar en contacto con la superficie.

Los investigadores creen que, durante ese proceso de deshielo, el agua arrastró bacterias y hongos hacia el interior de la Tierra a través de grietas y poros presentes en las rocas. Una vez atrapados en las fisuras del Antrim Shale, estos microorganismos encontraron suficiente materia orgánica como para sobrevivir y desarrollarse durante milenios.

Cada gota de agua analizada contenía alrededor de 250 células fúngicas, una concentración similar a la que puede encontrarse en una gota de agua de mar. Extrapolando esa cifra, una piscina olímpica contendría cerca de 12 billones de células.

«Nuestro estudio cuestiona la idea de que el subsuelo profundo es un entorno demasiado hostil para formas de vida relativamente complejas, como los hongos», señaló Moon. «Es muy probable que estemos subestimando de manera importante tanto la biomasa como la diversidad de hongos que existen en el planeta, simplemente porque nunca hemos incluido el subsuelo en los cálculos de biodiversidad global.»

Un ecosistema oculto con su propia cadena alimentaria

Pero los hongos no eran los únicos habitantes de este mundo enterrado. Los investigadores también encontraron tardígrados, conocidos popularmente como «osos de agua» por su extraordinaria resistencia, además de pequeños gusanos segmentados.

La presencia simultánea de estos organismos sugiere que bajo tierra existe una auténtica red alimentaria, donde algunas especies se alimentan de otras, mientras que ciertas formas de vida adoptan comportamientos parasitarios. En otras palabras, no se trata de microorganismos aislados sobreviviendo por separado, sino de un ecosistema complejo que ha permanecido prácticamente invisible hasta ahora.

El propio esquisto también desempeña un papel fundamental como fuente de alimento. Los científicos plantean que los hongos, junto con bacterias y otros microorganismos, podrían estar transformando parte del carbono antiguo almacenado en las rocas en gases, lo que indicaría que el carbono subterráneo es mucho más activo biológicamente de lo que se pensaba.

«Independientemente de si estos hongos evolucionaron en estas profundidades o llegaron allí desde la superficie, muchas especies poseen adaptaciones que les permiten crecer y modificar la dinámica del carbono en el interior de la Tierra», explicó Tim James, profesor de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Michigan y autor principal del estudio.

Según los investigadores, estos hallazgos obligan a incorporar a los hongos en los modelos que estudian el ciclo y el almacenamiento del carbono bajo tierra. Además, el descubrimiento sugiere que el subsuelo terrestre alberga una biodiversidad mucho mayor de la estimada hasta ahora, un universo oculto que apenas comienza a explorarse y que podría cambiar nuestra comprensión sobre los límites de la vida en el planeta.

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