Pensar en neandertales suele activar una colección de clichés bastante resistentes: fuerza bruta, herramientas simples, supervivencia áspera. La medicina rara vez entra en esa imagen. Y, sin embargo, cada pocos años aparece una pista que obliga a corregir ese retrato. Esta vez no llega desde un hueso ni desde un ADN antiguo, sino desde una sustancia negra, viscosa y muy pegajosa que aquellos humanos ya fabricaban hace al menos 150.000 años: la brea de abedul.
Sabíamos que la utilizaban como adhesivo para fijar piezas de herramientas. Lo nuevo es otra posibilidad mucho más sugerente. Un estudio experimental plantea que esa misma brea podía tener propiedades antibacterianas útiles para tratar heridas. No prueba de forma definitiva que los neandertales la usaran como medicina, pero sí vuelve bastante más razonable una idea que hasta hace poco habría sonado excesiva.
Una sustancia prehistórica que quizá servía para algo más que pegar piedras

La brea de abedul no es un material trivial. Para producirla hay que calentar corteza de abedul en condiciones controladas, lo que implica conocimiento técnico, manejo del fuego y una secuencia de acciones nada improvisada. Los neandertales dominaban ese proceso mucho antes de que Homo sapiens lo documentara en Europa de forma extendida. Eso, de entrada, ya dice bastante sobre su capacidad tecnológica.
El punto de partida del nuevo estudio, publicado en PLOS One, fue bastante simple: si comunidades indígenas más recientes utilizaron sustancias parecidas como antisépticos para heridas, y si los neandertales ya producían brea de abedul, la pregunta lógica era si esa misma sustancia mantenía propiedades antibacterianas cuando se obtenía con técnicas plausibles para el Paleolítico.
Para responderla, los investigadores reprodujeron dos métodos compatibles con la tecnología neandertal: uno basado en la destilación en un pozo de arcilla y otro en la condensación sobre piedra. Después probaron el material obtenido frente a bacterias relacionadas con infecciones cutáneas, especialmente del grupo Staphylococcus. El resultado fue claro: la brea inhibía su crecimiento.
El hallazgo no confirma una “farmacia neandertal”, pero sí cambia el debate

Aquí está el matiz importante. Que la brea tenga actividad antibacteriana no significa que podamos afirmar sin dudas que los neandertales la aplicaban sobre heridas con intención terapéutica. La arqueología raras veces ofrece certezas tan limpias. Lo que sí hace este trabajo es mover la hipótesis desde el terreno de la especulación hacia el de lo plausible.
Y eso importa bastante. Porque durante mucho tiempo tendimos a reservar ciertas conductas complejas (cuidado sanitario, uso deliberado de remedios, observación empírica del entorno) como rasgos casi exclusivos de nuestra especie. Ese sesgo lleva años desmoronándose. Primero con primates actuales que usan plantas medicinales. Después con evidencias de cuidado a individuos enfermos en grupos neandertales. Ahora con una sustancia que no solo pegaba herramientas, sino que quizá también protegía tejidos lesionados.
La imagen que emerge es menos épica y más interesante: no la de un “médico neandertal” en sentido moderno, sino la de comunidades que acumulaban conocimiento práctico sobre materiales útiles, sus efectos y sus aplicaciones.
Por qué este estudio también mira al presente y no solo al Paleolítico

La otra razón por la que este trabajo ha llamado tanto la atención es que conecta con un problema muy actual. El mundo enfrenta una crisis de resistencia antimicrobiana cada vez más seria. Muchas bacterias se están volviendo menos sensibles a los antibióticos que usamos desde hace décadas, y eso obliga a buscar compuestos nuevos, mecanismos distintos y fuentes inesperadas.
La llamada “paleofarmacología” entra ahí como una idea provocadora: explorar remedios antiguos o tradicionales no para romantizar el pasado, sino para encontrar moléculas y estrategias que la medicina moderna quizá pasó por alto. Nadie está diciendo que la brea de abedul vaya a resolver el problema de las superbacterias. Sería absurdo prometer algo así. Pero sí puede funcionar como pista, como punto de partida, como recordatorio de que el archivo de soluciones biológicas de la historia humana (y prehumana) es mucho más amplio de lo que solemos admitir.
El verdadero golpe a nuestro ego no es médico, sino evolutivo
Lo más incómodo del hallazgo quizá no sea imaginar a los neandertales tratando infecciones, sino aceptar otra vez que muchas fronteras que creíamos exclusivamente humanas estaban mal dibujadas. Fabricaban compuestos complejos. Cuidaban a individuos vulnerables. Aprovechaban recursos del entorno con una lógica que empieza a parecerse menos a la improvisación y más al conocimiento acumulado.
No hace falta exagerarlo para que resulte fascinante. Tal vez nunca sepamos con total certeza si aplicaban brea de abedul sobre una herida abierta pensando en sus efectos antibacterianos. Pero el solo hecho de que la idea ya no parezca descabellada dice mucho sobre cuánto ha cambiado nuestra manera de mirar a los neandertales.
Y, de paso, también dice bastante sobre nosotros.