Un giro repentino en los mares británicos ha sorprendido a quienes dependen de ellos para subsistir. Pescadores acostumbrados a capturar cangrejos descubren, de pronto, que sus redes están ocupadas por pulpos voraces. Lo que para algunos restaurantes resulta un manjar inesperado, para los trabajadores del mar significa crisis y para los científicos, una advertencia.
Pulpos donde antes había cangrejos

En el puerto de Plymouth, Brian Tapper observa con resignación cómo sus barcos permanecen varados. Tras casi cuatro décadas de pesca, nunca había presenciado un cambio tan abrupto: en marzo sus trampas se vaciaron, en mayo se llenaron de pulpos y en julio volvieron a quedar desiertas. El impacto es brutal: la captura de cangrejos se redujo a la mitad y su planta procesadora familiar tuvo que cerrar.
El fenómeno no se limita a un caso aislado. En Devon y Cornualles, pescadores reportan la misma experiencia: los pulpos, depredadores de ocho brazos, devoran cangrejos y mariscos, arruinando la economía de comunidades enteras.
El cambio climático, tras bambalinas
Los científicos advierten que esta “invasión” no es fortuita. Las aguas del Atlántico nororiental se han calentado en los últimos dieciocho meses, generando el ambiente perfecto para la proliferación de pulpos. La Marine Management Organisation reporta que solo en los primeros seis meses de 2025 se recogieron más de 1.200 toneladas de pulpos, frente a apenas 80 en el mismo periodo de 2024.
La historia respalda esta correlación: en 1899, 1930 y 1950 se registraron proliferaciones similares tras aumentos de la temperatura marina. El patrón se repite y, esta vez, parece ir acompañado de un impacto social más profundo.
Gastronomía y temor a futuro

Algunos pescadores se adaptaron de inmediato, vendiendo pulpos a restaurantes que incorporaron el producto en sus menús. Chris Kelly, con su pequeño barco de siete metros, obtuvo ingresos inesperados. Sin embargo, la pregunta persiste: ¿qué ocurrirá con las poblaciones de langostas y centollos, pilares de la pesca local?
Sue MacKenzie compara la situación con la introducción de las ardillas grises en el Reino Unido: una especie que se impone, desplaza a la nativa y transforma el equilibrio ecológico. La diferencia es que esta vez el motor no es una especie introducida, sino el propio cambio climático.
Una incógnita en manos de la ciencia
El gobierno británico encomendó a la Universidad de Plymouth un estudio para entender el alcance del fenómeno. El informe preliminar se publicará en octubre y podría determinar si esta proliferación es un episodio pasajero o el inicio de un cambio estructural en los mares del Reino Unido.
Mientras tanto, pescadores y comunidades costeras viven entre la incertidumbre y la urgencia. Para ellos, cada día en el mar ya no garantiza la captura de cangrejos, sino el encuentro con una plaga inesperada que revela hasta qué punto el clima puede reescribir la historia de un ecosistema.
Fuente: DW.