Desde un avión, algunas zonas de La Mojana, en el Caribe colombiano, parecen cubiertas por las huellas de una gigantesca máquina. Miles de líneas paralelas atraviesan humedales, se acercan a antiguos cauces y dibujan patrones geométricos que siguen siendo visibles más de mil años después.
No los hizo una máquina.
Son los restos de un enorme sistema de canales y campos elevados (los llamados camellones) construido por poblaciones prehispánicas asociadas arqueológicamente a los zenú. En conjunto, estas modificaciones llegaron a extenderse por más de 500.000 hectáreas alrededor de la confluencia de los ríos Magdalena, Cauca y San Jorge. Estuvieron en uso desde los últimos siglos antes de nuestra era hasta aproximadamente los siglos X-XI.
Durante mucho tiempo, semejante escala parecía conducir a una conclusión casi automática: alguien poderoso debía haberlo organizado. Un nuevo estudio publicado en Communications Sustainability ha decidido hacer algo más útil que asumirlo: calcular cuánto trabajo requería realmente construirlo. Y el resultado cambia bastante la historia.
Encontraron 1.601 campos elevados y calcularon cuánto costó construirlos

Los investigadores de Cambridge, el Instituto Colombiano de Antropología e Historia y la Universidad de Santiago de Compostela eligieron una zona de unas 500 hectáreas cerca de San Marcos, en Sucre, y realizaron la cartografía más detallada hasta ahora de este tipo de paisaje.
Identificaron 1.601 camellones y 63 plataformas elevadas destinadas a viviendas. A partir del tamaño de estas últimas estimaron de forma conservadora una población de unas 1.600 personas, de las cuales alrededor de 800 podrían haber participado en los trabajos.
Después calcularon el volumen de tierra que había que mover. Para no favorecer su propia hipótesis utilizaron estimaciones especialmente prudentes: asumieron que el suelo arcilloso de La Mojana era más difícil de trabajar que terrenos similares estudiados experimentalmente en los Andes y redujeron a la mitad el rendimiento de trabajo utilizado como referencia. Aun así, el resultado fue sorprendente.
Toda aquella red de 500 hectáreas podía construirse en aproximadamente 0,7-1,5 meses, esencialmente entre tres y seis semanas y dentro de una sola estación seca. Incluso la estructura individual más grande, que habría exigido entre 78 y 156 días a una familia de cinco personas, podía levantarse en menos de medio día si colaboraban los 800 trabajadores estimados.
No intentaron detener las inundaciones. Aprendieron a utilizarlas

La ingeniería resulta todavía más interesante por cómo funcionaba. La Mojana alterna inundaciones enormes con periodos de sequía. En lugar de levantar una barrera permanente contra el agua, las comunidades modificaron el terreno para redistribuirla.
Los canales ayudaban a mover agua y sedimentos fértiles, mientras los camellones mantenían los cultivos por encima del nivel de inundación. Algunas estructuras pudieron además acercar peces desde las ciénagas permanentes hasta las zonas habitadas. Durante los periodos secos, el agua retenida en los canales seguía estando disponible alrededor de los cultivos.
Y mantener aquello tampoco exigía ejércitos de trabajadores. Los cálculos indican que el sistema completo podía renovarse una vez por generación dedicando solo unos pocos días de trabajo comunitario al año.
Eso no demuestra que las sociedades zenú fueran completamente igualitarias ni que nunca existieran élites. Sí demuestra algo más concreto: el tamaño de la infraestructura no obliga a asumir que fue construida mediante órdenes de una autoridad centralizada. Los datos encajan perfectamente con pequeñas comunidades coordinándose entre sí.
Mil años después, algunas comunidades han empezado a construirlos otra vez

La historia tiene además una consecuencia inesperadamente actual. Desde 2012, la asociación local APROPAPUR ha recuperado este conocimiento en una zona de seis hectáreas del municipio de Córdoba. Unas 30 personas reconstruyen camellones durante las estaciones secas y el sistema beneficia actualmente a entre 80 y 100 habitantes de unas 30 familias. Cuando llegan las inundaciones disponen de tierra elevada; durante las sequías, conservan agua donde otros terrenos no la tienen.
Los autores no plantean copiar literalmente una tecnología de hace mil años en toda Colombia. Su propuesta es más interesante: estudiar qué puede enseñarnos. La Mojana moderna ha recurrido durante años a diques destinados a mantener el agua fuera, algunos de los cuales han sufrido graves roturas. Los zenú hicieron prácticamente lo contrario.
No intentaron vencer al humedal. Rediseñaron el paisaje para vivir dentro de sus ciclos. Y lo hicieron a una escala de cientos de miles de hectáreas sin que, según los nuevos cálculos, hiciera falta un rey dando órdenes desde arriba.