Hay un lugar del planeta donde hablar de “subida del nivel del mar” significa exactamente lo contrario. El mar Caspio, la mayor masa de agua interior de la Tierra, lleva unos 30 años retrocediendo. Desde mediados de la década de 1990 ha perdido aproximadamente 24.000 kilómetros cuadrados de superficie, casi tanto territorio como Sicilia, y su nivel ha descendido alrededor de dos metros. Desde el espacio, el cambio ya es difícil de disimular: las antiguas costas del norte aparecen rodeadas por enormes franjas de sedimentos y sal que antes estaban cubiertas por agua. Y la cuestión ya no es únicamente cuánto ha perdido.
Es cuánto puede perder todavía.
Los mejores modelos climáticos actuales proyectan descensos de aproximadamente 8 metros con un escenario intermedio de emisiones y 14 metros con emisiones altas, con un rango superior que alcanza los 21 metros para finales de siglo.
El calor explica mucho. No explica todo

La explicación aparentemente sencilla sería culpar al calentamiento global. El Caspio no tiene una salida natural hacia los océanos, así que su nivel depende de un equilibrio delicado entre el agua que recibe (principalmente a través de los ríos), la lluvia y la que pierde por evaporación.
Un estudio publicado en junio de 2026 en Earth’s Future combinó observaciones satelitales, registros hidrológicos y datos climáticos para averiguar qué está rompiendo ese equilibrio. Encontró que la evaporación ha aumentado, pero el exceso asociado a ese proceso explica aproximadamente entre el 37% y el 40% de la pérdida de volumen observada.
Después aparece el Volga.
Este gigantesco río proporciona la mayor parte del agua fluvial que llega al Caspio, pero su descarga se ha reducido. Al comparar 1991-2005 con 2006-2020, el caudal conjunto de cinco grandes ríos cayó en unos 41,9 km³ anuales, y el Volga representó aproximadamente tres cuartas partes de esa reducción.
Lo llamativo es que las precipitaciones sobre la cuenca no mostraron una caída comparable. Los autores apuntan, por tanto, a una combinación de clima y alteraciones humanas de la hidrología: embalses, presas, irrigación, consumo industrial y otras intervenciones que reducen el agua que finalmente alcanza el lago.
Un descenso de cinco metros ya cambiaría por completo el mapa

El norte del Caspio es especialmente vulnerable por una razón muy sencilla: es gigantesco, pero extremadamente poco profundo. Tiene una profundidad media de apenas cinco metros y contiene solo alrededor del 1% del volumen del Caspio, aunque representa aproximadamente un tercio de toda su superficie. Por eso unos pocos metros pueden desplazar la costa decenas de kilómetros.
Un estudio de 2025 calculó que con una caída de cinco metros, alrededor de 77.000 km² de agua actual pasarían a ser tierra firme. En un escenario de 18 metros, la cifra alcanzaría los 143.000 km², aproximadamente el 37% de la superficie actual. Gran parte del Caspio septentrional desaparecería.
No sería simplemente crear nuevas playas. El fondo expuesto puede transformarse en salinas, estepa o desierto y generar problemas de polvo similares a los observados tras la desecación del mar de Aral.
Las focas, los esturiones y hasta los puertos perderían literalmente el mar
La retirada también movería ecosistemas enteros. Una caída de cinco metros podría reducir entre 57% y 81% el actual hábitat reproductivo de la foca del Caspio, que depende del hielo invernal del norte. Las zonas utilizadas por los esturiones también se contraerían. Y las ciudades no pueden simplemente trasladarse detrás del agua.
Con diez metros menos, algunos asentamientos de Kazajistán quedarían, de media, 89 kilómetros más lejos de la nueva costa. Instalaciones petroleras hoy situadas mar adentro podrían terminar en tierra firme y puertos estratégicos tendrían que afrontar dragados y nuevas infraestructuras para seguir funcionando.
NASA ya fotografió el comienzo de esa transformación: comparando 2006 con 2022, el norte muestra grandes extensiones claras de sal y minerales precisamente donde antes había agua.
El Caspio siempre ha subido y bajado a lo largo de su historia. La diferencia es que ahora tenemos satélites observando el retroceso, modelos anticipando hacia dónde puede llegar y estudios que muestran que una parte importante del problema depende de decisiones humanas que todavía pueden cambiarse.