La Voyager 2 fue construida cuando Jimmy Carter acababa de llegar a la Casa Blanca, Apple tenía poco más de un año y faltaban décadas para que existiera la web. El 20 de agosto de 1977 salió de la Tierra rumbo a los planetas exteriores y terminó convirtiéndose en la única nave que ha visitado Urano y Neptuno. Hoy, casi 49 años después, continúa enviando información desde el espacio interestelar.
El problema ya no es llegar más lejos. Es conseguir que siga teniendo electricidad para contárnoslo.
La NASA acaba de completar una operación bautizada internamente como “Big Bang” que ha permitido liberar suficiente energía para mantener funcionando los tres instrumentos científicos restantes de Voyager 2 durante al menos un año adicional. Sin ella, uno habría tenido que apagarse antes de terminar 2026.
Voyager 2 pierde cuatro vatios cada año y no hay forma de recuperarlos
La nave no tiene paneles solares. A semejante distancia del Sol resultarían poco prácticos. Su electricidad procede de tres generadores termoeléctricos de radioisótopos (RTG), que convierten en energía eléctrica parte del calor generado por la desintegración del plutonio-238.
Ese sistema permitió que Voyager sobreviviera durante casi medio siglo, pero tiene una característica inevitable: con el tiempo produce cada vez menos electricidad.
NASA calcula que Voyager 2 pierde aproximadamente cuatro vatios de potencia disponible cada año. Parece ridículo (menos de lo que consume una pequeña bombilla LED) hasta recordar que su margen energético actual es tan pequeño que cada vatio puede significar mantener encendido o apagar para siempre un instrumento científico. Por eso la misión lleva años convirtiéndose en un ejercicio de ingeniería extrema.
En 2019, el equipo apagó el calentador del instrumento de rayos cósmicos. Su temperatura cayó hasta aproximadamente -59 ºC, por debajo de aquello para lo que había sido probado antes del lanzamiento. Y siguió funcionando.
En 2023 fueron todavía más lejos: empezaron a utilizar una pequeña reserva eléctrica que llevaba décadas apartada para un circuito de seguridad del regulador de voltaje. Era energía que nadie había planeado gastar en ciencia, hasta que mantener la misión viva se volvió más importante que conservar intacto aquel colchón.
La NASA está apagando la Voyager pieza por pieza para que lo importante sobreviva

La estrategia actual es casi una paradoja: para mantener viva Voyager 2 hay que ir apagándola lentamente.
De los diez instrumentos científicos originales, solo tres permanecen activos: el Cosmic Ray Subsystem, el magnetómetro y el Plasma Wave Subsystem. El instrumento de plasma fue apagado en septiembre de 2024 y el detector de partículas cargadas de baja energía en marzo de 2025 para ahorrar electricidad. Las cámaras, por ejemplo, llevan apagadas desde 1989, una vez finalizados los encuentros planetarios.
El nuevo “Big Bang” lleva esta filosofía un paso más allá. Los ingenieros apagaron simultáneamente determinados dispositivos eléctricos y los sustituyeron por alternativas de menor consumo, teniendo que asegurarse al mismo tiempo de que el calor interno de la nave no descendiera hasta niveles peligrosos.
NASA pretende realizar una modificación equivalente en Voyager 1 durante los próximos meses. Y aunque nadie puede garantizar cuánto resistirán dos máquinas que llevan casi cinco décadas sometidas al espacio profundo, la agencia considera posible que al menos algún instrumento continúe funcionando entrada la década de 2030.
El día que Voyager 2 deje de hablarnos, su viaje apenas habrá comenzado
Hay algo especialmente extraño en el final de esta misión: Voyager 2 no va a detenerse cuando se quede sin electricidad. Simplemente dejará de comunicarse.
La gravedad y la inercia harán el resto. Continuará atravesando la Vía Láctea en silencio durante escalas temporales difíciles de imaginar. Dentro de unos 40.000 años pasará aproximadamente a 1,7 años luz de Ross 248, una pequeña estrella de la constelación de Andrómeda.
Hasta entonces, en la Tierra seguimos haciendo algo bastante extraordinario: enviar órdenes a una computadora construida en los años 70 y esperar casi 20 horas para que la señal llegue hasta ella.
La Voyager 2 lleva décadas alejándose de nosotros. Ahora la NASA pelea una batalla diferente, de apenas unos vatios cada vez. No puede impedir que termine apagándose. Pero mientras quede electricidad escondida en algún rincón de aquella máquina de 1977, sus ingenieros parecen decididos a encontrarla.