Hay algunos avances científicos que llegan sin aviso, pero otros requieren paciencia, décadas de datos dispersos y una máquina capaz de hacer algo literalmente sobrehumano. Este último es el caso. Fugaku, el superordenador japonés desarrollado por RIKEN y Fujitsu, logró recrear por primera vez la corteza cerebral completa de un ratón: casi diez millones de neuronas repartidas en 86 regiones y conectadas por más de 26.000 millones de sinapsis.
Para entender la magnitud del logro basta un gran dato. Fugaku realiza más de 400 cuatrillones de cálculos por segundo. Contar hasta ese número llevaría, a un ritmo de un número por segundo, más tiempo del que lleva existiendo el universo. Solo una arquitectura masiva con 158.976 nodos —cada uno equivalente a un ordenador propio— podía manejar semejante reconstrucción. Y el resultado no es una maqueta digital, sino un cerebro que se comporta como tal: activa regiones, propaga impulsos, coordina señales y mantiene actividad espontánea incluso cuando no está “haciendo nada”.
Los datos proceden de una década completa de trabajo del Allen Institute y otros centros, que convirtieron la anatomía real en ecuaciones matemáticas. Herramientas como Brain Modeling Toolkit y el simulador Neulite hicieron el resto. Fugaku no solo ejecutó las ecuaciones: las organizó en una red funcional que reproduce la fisiología de la corteza del ratón con una precisión nunca alcanzada.
Lo que revela este cerebro virtual

La simulación no se limita a mostrar neuronas encendiéndose como luces. Reproduce la forma de cada célula, su estructura ramificada, cómo circulan los iones, cómo fluctúa el voltaje de la membrana y cómo emergen patrones de actividad que, en un cerebro real, sostienen movimientos, percepciones o recuerdos. Es la primera vez que un ordenador captura esa complejidad con fidelidad biofísica.
Este modelo permite seguir en tiempo real cómo una señal pasa de una región a otra, dónde se ralentiza, dónde se intensifica y cómo se sincroniza el conjunto. Esto es clave para entender enfermedades como el Alzheimer o la epilepsia, donde los fallos en la conectividad son más importantes que las neuronas aisladas. También abre la posibilidad de medir cómo progresa un deterioro, qué regiones fallan antes y qué ocurre si se manipula la actividad de una zona específica.
La ventaja es enorme: todo ocurre sin tocar un solo animal, sin necesidad de cirugías y sin los márgenes de error del laboratorio. Aquí cada neurona es reconstruible, medible, repetible y ajustable.
Un laboratorio dentro de un superordenador
A partir de ahora, los investigadores pueden ensayar hipótesis con una rapidez impensable en experimentación tradicional. Pueden ver qué ocurre al alterar la concentración de un neurotransmisor, cómo responde una región a un estímulo externo o qué patrones emergen cuando se altera una conexión profunda. Lo que antes requería meses, ahora puede simularse en minutos.
El equipo del proyecto ya piensa en la siguiente meta: reconstruir el cerebro completo del ratón, no solo la corteza. Y al ritmo actual, esa meta no suena a ciencia ficción, sino a un punto intermedio. Un paso más allá, a largo plazo, se perfila la posibilidad de modelos humanos. Escala gigantesca, sí, pero no tan lejana como hace cinco años.
Los detalles técnicos y las primeras visualizaciones se presentarán oficialmente en SC25, la conferencia mundial de supercomputación. Fugaku, una vez más, será protagonista.
¿Qué significa realmente este avance?
La computación avanzada no solo ha entrado en la neurociencia: ha comenzado a redefinirla. Hasta ahora teníamos imágenes cerebrales, cortes histológicos, actividad eléctrica parcial. Pero nunca un cerebro completo funcionando ante nuestros ojos, dentro de una máquina.
Este gran logro no resuelve el misterio de la mente, ni sustituye a la biología real. Pero inaugura una herramienta capaz de revelar lo que antes era invisible: cómo opera un cerebro sano, cómo se rompe uno enfermo y cómo podríamos repararlo usando simulaciones que, hasta hace nada, estaban fuera del alcance humano.
Tal vez no sea el cerebro de un ser humano. Pero es el primer paso hacia algo que, durante décadas, solo existió como idea: un mapa vivo del pensamiento.
Cuando Fugaku lo ejecutó por primera vez, la ciencia cruzó un umbral del que ya no habrá vuelta atrás.