La escena parece sacada de una película, pero no es ficción: en un rincón de la Amazonía ecuatoriana, un depósito de ámbar ha preservado durante más de cien millones de años los restos de insectos y plantas que coexistieron con los dinosaurios. El hallazgo, publicado en Communications Earth & Environment, no solo es el más importante de Sudamérica para esa época, sino también una clave para reconstruir cómo era la vida en el antiguo supercontinente Gondwana.
Una cápsula del tiempo en resina

El descubrimiento se produjo cerca de Archidona, en la provincia de Napo. Allí, los científicos encontraron avispas, escarabajos, moscas, pulgones e incluso fragmentos de telarañas atrapadas en resina fosilizada. También aparecieron restos vegetales que completan la instantánea de un ecosistema vibrante.
El ámbar funciona como una cápsula del tiempo: al endurecerse sin oxígeno, conserva detalles microscópicos que rara vez sobreviven en otros fósiles. Como explica Xavier Delclòs, de la Universidad de Barcelona, “bajo el microscopio, estos organismos parecen recién muertos, aunque tengan más de 100 millones de años”.
Ecosistemas perdidos de Gondwana

Hasta ahora, la mayoría de grandes depósitos de ámbar se habían encontrado en el hemisferio norte. Este yacimiento cambia el mapa, ofreciendo un registro único de cómo era Sudamérica cuando aún formaba parte de Gondwana.
El hallazgo muestra un mundo en plena transformación. Las angiospermas —plantas con flores y frutos— ya representaban más de un tercio de la vegetación, desplazando a las gimnospermas como las coníferas. Era el inicio del dominio de un tipo de flora que hoy cubre el 80 % del planeta.
¿Mosquitos de dinosaurios?

Entre los insectos atrapados hay mosquitos picadores. La hipótesis de los investigadores es directa: algunos pudieron alimentarse de la sangre de los dinosaurios que recorrían aquellos bosques. No, no hay un “Jurassic Park” posible: el ADN se degrada demasiado rápido para sobrevivir millones de años. Pero sí nos recuerda hasta qué punto estas diminutas criaturas estaban integradas en el ecosistema de los gigantes del Cretácico.
Una ventana a la evolución
Más allá del guiño a la ciencia ficción, lo revelado por el ámbar ecuatoriano permite reconstruir la transición de los bosques prehistóricos hacia paisajes más parecidos a los actuales. Y también nos recuerda lo frágil que es el registro fósil: sin resina, estos organismos se habrían desvanecido sin dejar rastro.
Cada inclusión en el ámbar es un pedazo de historia congelado. En este caso, uno que nos conecta con los dinosaurios, los primeros bosques floridos y el mundo perdido de Gondwana.