La cueva parece insignificante desde fuera. Una pequeña abertura entre las rocas, suspendida a 2.235 metros de altitud en el valle de Núria, en Girona. Pero bajo ese suelo oscuro, mezcladas con cenizas acumuladas durante siglos, aparecieron unas piedras verdes que no encajaban con nada conocido en la zona. Y precisamente por eso cambiaron el relato.
Los arqueólogos de la UAB y del IPHES-CERCA identificaron casi 200 fragmentos de un mineral que, provisionalmente, atribuyen a malaquita: un carbonato de cobre asociado a los orígenes de la metalurgia. El hallazgo, publicado en Frontiers in Environmental Archaeology, no solo apunta a una explotación temprana del cobre en los Pirineos. También dibuja una imagen mucho más sofisticada de las sociedades prehistóricas que habitaban la alta montaña.
La piedra verde que no debería existir en esa cueva

Lo primero que llamó la atención de los investigadores fue algo aparentemente simple: la malaquita no existe de forma natural en el entorno inmediato de la Cova 338. Alguien tuvo que transportarla hasta allí hace miles de años.
Y no hablamos de un objeto aislado. Los fragmentos aparecieron repartidos por distintas áreas del yacimiento, asociados a estructuras de combustión y con señales claras de alteración térmica. Muchos habían sido expuestos al fuego de forma deliberada. Eso cambia completamente la interpretación del lugar.
La malaquita no era una roca decorativa cualquiera. Cuando se calienta, libera dióxido de carbono y se transforma en óxido de cobre. Después, mediante un proceso de reducción con carbón vegetal, puede obtenerse cobre metálico. Parece un detalle técnico menor, pero en realidad es una de las bases de la revolución metalúrgica que transformó Europa durante el Calcolítico. Lo sorprendente es dónde ocurrió.
Hasta ahora, la imagen dominante de las primeras actividades metalúrgicas europeas estaba ligada a zonas más accesibles, próximas a grandes asentamientos o regiones mineras conocidas. La Cova 338 rompe esa lógica: demuestra que grupos humanos ya explotaban y procesaban minerales en entornos extremos de alta montaña hace unos 5.000 años.
Un refugio prehistórico convertido en taller de cobre

Las excavaciones realizadas entre 2021 y 2023 revelaron que la cueva fue utilizada durante milenios. Las dataciones por radiocarbono sitúan ocupaciones recurrentes desde el V milenio a.C. hasta finales del I milenio a.C., aunque la presencia de malaquita se intensifica especialmente entre 3600 y 2400 a.C., en plena Edad del Cobre. Pero la cueva era mucho más que un simple refugio.
Los arqueólogos encontraron decenas de fogones reutilizados una y otra vez, restos de fauna consumida, herramientas líticas, fragmentos de cerámica y zonas internas claramente organizadas para distintas actividades. Todo indica que quienes subían hasta allí conocían perfectamente el territorio y regresaban generación tras generación. Hay algo especialmente revelador en ese patrón: la montaña no era una frontera hostil. Era un espacio productivo.
Durante mucho tiempo, buena parte de la arqueología interpretó las grandes altitudes como lugares marginales dentro de las economías prehistóricas. La Cova 338 sugiere exactamente lo contrario. Aquellas comunidades no solo eran capaces de desplazarse por terrenos complejos; también sabían localizar recursos específicos, trabajar minerales y mantener conocimientos técnicos durante siglos.
Los objetos que revelan una sociedad mucho más compleja

La malaquita es el descubrimiento estrella, pero no el único elemento intrigante del yacimiento. Entre los objetos recuperados apareció un colgante elaborado con una concha marina de Glycymeris, similar a otros encontrados en yacimientos del noreste peninsular. También surgió algo mucho más inusual: un diente perforado de oso pardo convertido en adorno.
No parece un objeto casual. Posiblemente tenía un significado simbólico o ritual. Además, los investigadores hallaron restos humanos, incluido un diente de leche y un hueso de dedo. Eso abre otra posibilidad fascinante: que la cueva hubiera funcionado también como espacio funerario o ceremonial en determinados momentos de su historia.

La imagen que emerge es mucho más rica de lo esperado. No estamos viendo únicamente un pequeño campamento temporal en la montaña. Estamos viendo un lugar conectado con rutas, recursos, tecnología y símbolos. Y quizá ahí reside lo más importante del hallazgo.
La piedra verde encontrada en la Cova 338 no solo habla del origen del cobre en los Pirineos. Habla de memoria colectiva. De personas capaces de transmitir técnicas especializadas durante generaciones en uno de los entornos más duros del sur de Europa. Y de una Prehistoria que, poco a poco, deja de parecer primitiva para empezar a parecer extraordinariamente compleja.