Cuando imaginamos a nuestros antepasados, solemos pensar en fuego, herramientas y cuevas. Pero ¿y si también compartieran algo más cotidiano, algo que aún nos acompaña en reuniones, celebraciones… y domingos de resaca? Un hallazgo bioquímico ha desvelado un secreto inesperado sobre el consumo de alcohol en la prehistoria.
Mucho antes del primer brindis
Durante años, se creyó que el alcohol no formaba parte de la dieta humana hasta que llegaron la agricultura y el almacenamiento de alimentos. Supuestamente, fue entonces cuando los frutos fermentados comenzaron a “colarse” en nuestra dieta, y más tarde, intencionadamente, en nuestra cultura.
Pero la paleogenética ha dado un giro inesperado a esa narrativa. Se ha descubierto que los humanos poseemos una enzima específica (la ADH4) capaz de metabolizar el etanol de forma muy eficiente. Y lo más sorprendente: esta habilidad no es exclusiva nuestra. Se remonta, al menos, a 10 millones de años, cuando compartíamos un antepasado común con los grandes simios.

El bar silvestre: frutas y supervivencia
¿Dónde obtenían alcohol nuestros ancestros? En los frutos maduros, naturalmente fermentados, que abundaban en la selva. Esto les proporcionaba una fuente energética adicional frente a otros animales incapaces de digerir el etanol.
Más que un capricho, se trataba de una ventaja evolutiva. Aquellos que toleraban mejor el alcohol podían acceder a alimentos evitados por otros, aumentando así sus probabilidades de sobrevivir y reproducirse. El alcohol, lejos de ser una “invención humana”, fue un aliado inesperado en la historia de nuestra especie.
Chimpancés sociables y frutas fermentadas
En Guinea-Bissau se observó a chimpancés consumiendo frutos semipodridos con alto contenido etanólico, en rituales grupales que parecían reducir el estrés y reforzar lazos sociales. Como ocurre en los humanos, el alcohol pudo haber desempeñado un papel en la cohesión grupal de nuestros parientes evolutivos más cercanos.

Esto sugiere que la dimensión social del etanol, así como su efecto sobre las emociones, podría tener raíces mucho más profundas de lo que pensábamos.
De la selva al licor de lujo
Los humanos, claro, fuimos más allá: fermentamos, destilamos, refinamos. Con el tiempo, lo que fue una ventaja evolutiva se convirtió en una herramienta cultural… y en un arma de doble filo. Hoy, la misma enzima que nos protegía del etanol natural lucha, a menudo en vano, contra excesos para los que no estaba preparada.
Así que la próxima vez que sufras una resaca, recuerda: tu malestar es el precio de una historia evolutiva que empezó mucho antes de lo que imaginas.
Fuente: TheConversation.