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Ciencia

Nueva Zelanda introdujo la trucha marrón para pescar en 1867: hoy el 75% de sus peces nativos están amenazados por ese mismo pez

Una sola trucha pequeña puede comer hasta 135 crías de pez recién nacidas en un solo día. Multiplicado por más de siglo y medio, y por prácticamente todos los ríos y arroyos aptos de Nueva Zelanda, ese apetito individual se convirtió en uno de los procesos de extinción silenciosa mejor documentados de la ecología de agua dulce
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La trucha marrón (Salmo trutta) llegó a Nueva Zelanda a fines de la década de 1860 con un objetivo puntual: sostener una pesquería deportiva de calidad mundial, algo que consiguió con creces. Según describe una revisión científica publicada sobre el tema, la especie, junto con la trucha arcoíris, se estableció en prácticamente todos los ríos y arroyos del país con hábitat adecuado, y hoy sostiene una industria de pesca recreativa reconocida internacionalmente. El costo ecológico de ese éxito recayó, casi en su totalidad, sobre una familia de peces nativos que la mayoría de los turistas de pesca nunca llegó a ver.

Los galáxidos: peces sin escamas frente a un depredador con todas las ventajas

Los galáxidos (familia Galaxiidae) son peces pequeños, en su mayoría endémicos de Nueva Zelanda, que carecen de escamas, a diferencia de la trucha. Durante años, la comunidad científica debatió cuánto responsabilizar realmente a la trucha por el declive de estos peces nativos, y las primeras advertencias fueron recibidas con escepticismo por buena parte de los actores involucrados. Con el tiempo, la evidencia acumulada volvió indiscutible la conexión: la introducción de la trucha causó una disminución rápida y generalizada de la fauna íctica nativa neozelandesa, sobre todo dentro de la familia Galaxiidae, principalmente por depredación y competencia directa por alimento y hábitat.

El investigador Angus McIntosh, de la Universidad de Canterbury, documentó el fenómeno recorriendo arroyos de montaña en la Isla Sur: una trucha pequeña puede consumir hasta 135 crías de galáxido recién nacidas en 24 horas, mientras que los ejemplares de más de 150 milímetros depredan galáxidos de cualquier tamaño. En algunos tramos de los afluentes del río Waimakariri, en Canterbury, más del 95% de la longitud de río habitada por peces contiene truchas.

Un depredador que también rediseña el ecosistema entero

Trucha Marron En Agua Abierta
© Griffin Gillespie – Shutterstock

El impacto de la trucha no se limita a comerse a los peces nativos: altera la estructura completa del ecosistema fluvial. Estudios sobre el sistema del río Taieri, en la Isla Sur, documentaron que la trucha reduce la abundancia de invertebrados que se alimentan de algas y modifica su comportamiento de pastoreo, lo que a su vez permite que la biomasa de algas aumente. Es un ejemplo clásico de cascada trófica: el efecto de un depredador introducido se propaga hacia abajo en la cadena alimenticia y termina modificando incluso la base vegetal del ecosistema, mucho más allá de la relación directa entre trucha y galáxido.

Hoy, distintas poblaciones de galáxidos no migratorios sobreviven principalmente en cabeceras de ríos ubicadas por encima de cascadas grandes, barreras naturales que la trucha no puede remontar. Es, en la práctica, la última línea de defensa de buena parte de estas especies: el hábitat que un depredador introducido todavía no logró alcanzar.

75% de las especies, amenazadas

La magnitud del problema quedó reflejada en una estadística citada por la revista New Zealand Geographic: las especies introducidas, sumadas a la intensificación del uso del suelo, la deforestación y el drenaje de humedales, amenazan hoy al 75% de las especies de galáxidos de Nueva Zelanda. La trucha no actúa sola (comparte responsabilidad con otras presiones ambientales), pero la evidencia científica acumulada durante décadas la ubica como uno de los factores centrales de ese declive.

El nudo del problema es, en el fondo, un conflicto de prioridades: las políticas de manejo vigentes en Nueva Zelanda todavía priorizan la pesquería de trucha por sobre la conservación de los peces nativos, según señalan distintos trabajos académicos sobre el tema, lo que permite que el declive de las especies indígenas continúe incluso con la evidencia científica ya bien establecida.

Un patrón que se repite fuera de Nueva Zelanda

El mismo fenómeno se documentó, de forma independiente, en otro archipiélago del hemisferio sur: las Islas Malvinas. Un estudio genético sobre el galáxido Galaxias johnstoni encontró que la trucha marrón, introducida en 1864, ya invadió el 54% de los ríos del archipiélago, con una tasa de establecimiento cercana al 88%. Los ríos invadidos resultaron entre 2,9 y 4,5 veces menos propensos a contener galáxidos nativos que los cursos de agua todavía libres de trucha, y la dispersión de la especie introducida avanzó más rápido cerca de cruces de caminos con arroyos, un patrón que sugiere que la propia actividad humana facilitó, sin proponérselo, la expansión del pez invasor.

Una lección sobre introducciones deportivas de fauna

El caso neozelandés se volvió, con el tiempo, un ejemplo de referencia en ecología de invasiones: una especie introducida con un objetivo recreativo puntual y exitoso puede, al mismo tiempo, desencadenar un proceso de declive silencioso en especies nativas que tardan décadas en manifestarse con claridad y todavía más tiempo en revertirse, si es que llegan a revertirse. La brecha entre el beneficio inmediato y visible (una pesquería deportiva de prestigio mundial) y el costo ecológico distribuido y poco visible (la erosión lenta de una familia entera de peces endémicos) es, quizás, la lección más transferible de todo el caso.

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