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Ciencia

Durante décadas, la microbiología repitió que «todo está en todas partes». La Antártida acaba de romper esa regla: el 90% de sus cepas no apareció en ningún otro lugar y una bota sucia podría ponerlas en riesgo

El hallazgo convierte al continente helado en una especie de isla evolutiva microscópica. Estas bacterias crecen lentamente, resisten condiciones extremas y cuestionan la idea de que los microorganismos no entienden de fronteras.
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Durante buena parte de la historia de la microbiología, una frase sirvió para resumir la extraordinaria capacidad de dispersión de los microorganismos: «todo está en todas partes, pero el ambiente selecciona».

Una bacteria puede viajar adherida al polvo, elevarse kilómetros en la atmósfera o cruzar un océano impulsada por las corrientes. La conclusión parecía lógica: a diferencia de los animales y las plantas, los microbios difícilmente podían permanecer confinados dentro de una frontera geográfica.

La Antártida acaba de presentar una objeción considerable. Un equipo internacional analizó más de 100 cepas bacterianas antárticas y descubrió que alrededor del 90% no aparecía en ninguna de las muestras estudiadas fuera del continente. El resultado, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, sugiere que el aislamiento antártico también ha creado biodiversidad microscópica propia.

No son pingüinos, focas ni plantas extrañas. Son linajes que caben en una placa de laboratorio y podrían no existir en ningún otro lugar conocido.

Eligieron una bacteria corriente y encontraron algo extraordinario

Durante décadas, la microbiología repitió que «todo está en todas partes». La Antártida acaba de romper esa regla: el 90% de sus cepas no apareció en ningún otro lugar y una bota sucia podría ponerlas en riesgo
© DARPA ICE program.

Los investigadores no buscaron un grupo especialmente raro. Se concentraron en Arthrobacter, un género bacteriano habitual en suelos de todo el planeta, desde regiones tropicales hasta desiertos polares.

Precisamente por eso era una buena prueba. Si una bacteria aparentemente cosmopolita presentaba linajes exclusivos de la Antártida, significaría que ni siquiera los microorganismos mejor preparados para dispersarse consiguen borrar todas las fronteras.

El equipo secuenció sus genomas y los comparó con cerca de 500 cepas procedentes de otras regiones. Incluyó lugares fríos o extremadamente secos que podían funcionar como equivalentes ambientales: Svalbard, la meseta tibetana y el desierto de Atacama.

La diferencia siguió apareciendo. Según el Instituto Cooperativo de Investigación en Ciencias Ambientales de la Universidad de Colorado, nueve de cada diez cepas antárticas no fueron detectadas en ningún otro suelo examinado ni en las bases de datos mundiales consultadas.

Eso no permite asegurar que jamás serán encontradas fuera del continente. La Tierra no ha sido muestreada centímetro a centímetro. Pero sí constituye una evidencia potente de endemismo: poblaciones que han permanecido aisladas el tiempo suficiente para seguir su propio camino evolutivo.

Crecer más despacio puede ser la mejor estrategia para sobrevivir

Durante décadas, la microbiología repitió que «todo está en todas partes». La Antártida acaba de romper esa regla: el 90% de sus cepas no apareció en ningún otro lugar y una bota sucia podría ponerlas en riesgo
© Nemadude / Wikimedia.

El ADN no fue la única diferencia. Los científicos cultivaron las bacterias en placas y reprodujeron condiciones de frío y desecación. Las cepas antárticas tendían a crecer más lentamente, pero soportaban mejor el ambiente extremo que las procedentes de otros continentes. En un ecosistema convencional, reproducirse despacio parecería una desventaja. En la Antártida puede ser un sistema de ahorro.

El agua líquida solo aparece durante periodos breves, los nutrientes son escasos y una célula debe conservar energía durante largos meses. Consumir todas las reservas para crecer rápidamente sería una estrategia desastrosa. Estas bacterias parecen haber cambiado velocidad por resistencia.

El estudio se limita a un género bacteriano, por lo que todavía no puede extenderse el porcentaje del 90% a todo el microbioma antártico. Sin embargo, plantea una posibilidad enorme: si un grupo tan común contiene tantos linajes exclusivos, el suelo helado podría albergar una biodiversidad endémica mucho mayor de la conocida.

Una huella humana puede transportar algo más que barro

Durante décadas, la microbiología repitió que «todo está en todas partes». La Antártida acaba de romper esa regla: el 90% de sus cepas no apareció en ningún otro lugar y una bota sucia podría ponerlas en riesgo
© J. Craig Venter Institute.

La investigación no midió el impacto del turismo ni de las bases científicas. Pero sus resultados cambian la dimensión del riesgo. Si estos ecosistemas contienen bacterias únicas, introducir accidentalmente microorganismos externos ya no supone simplemente añadir nuevas especies. También podría alterar comunidades que han evolucionado aisladas durante miles o millones de años. Por eso, el manual sobre especies no autóctonas del Tratado Antártico prohíbe introducir microorganismos o suelo sin esterilizar y exige medidas de limpieza para ropa, calzado y equipos.

La Antártida no es únicamente un santuario de hielo, ballenas y pingüinos. También es un archipiélago invisible de ecosistemas microscópicos. Y parte de esa historia evolutiva podría viajar involuntariamente hacia fuera (o desaparecer) pegada a la suela de una bota.

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