Un joven universitario camina por el campus pensando en sus cosas. Aunque √©l jam√°s se ha considerado un im√°n para las mujeres, de repente, una chica guapa lo detiene y le dice: Te he estado observando y me pareces incre√≠blemente atractivo ¬Ņte ir√≠as a la cama conmigo esta noche?

Ocurri√≥ hace varias d√©cadas y es muy posible que el joven, sorprendido, pensase instant√°neamente ‚Äúmadre m√≠a, este es mi d√≠a suerte‚ÄĚ. Ingenuo √©l, aquello formaba parte de un experimento realizado a finales de los 70. Un cl√°sico sobre la psicolog√≠a y las diferencias en el g√©nero sobre ofertas sexuales que tard√≥ m√°s de una d√©cada en poder ver la luz.

En realidad todo comenz√≥ en el aula del profesor Russell Clark mientras impart√≠a un curso sobre psicolog√≠a social experimental en la Universidad de Florida (1978). Clark recordar√≠a en sus libros que estaba manteniendo una discusi√≥n con sus alumnos sobre las diferencias entre hombres y mujeres en la elecci√≥n de un compa√Īero para el sexo, cuando lanz√≥ un comentario casual que lo cambiar√≠a todo. El profesor ven√≠a a decir que los hombres deben de preocuparse de lo que dicen para poder tener una cita con las chicas, en cambio, seg√ļn el profesor las chicas solamente tienen que chasquear los dedos para que aparezca una manada de hombres al instante. Seg√ļn explic√≥ a√Īos despu√©s, el profesor expuso lo siguiente:

Una mujer, guapa o no, no tiene que preocuparse por el tiempo y la b√ļsqueda de un hombre. Llega en cualquier momento. Todo lo que tiene que hacer es apuntar con un dedo a un hombre y susurrarle ‚ÄúVamos a mi casa‚ÄĚ, y ya tiene una conquista. La mayor√≠a de las mujeres pueden conseguir casi cualquier hombre para hacer lo que quieran. Los hombres lo tienen m√°s dif√≠cil. Ellos tienen que preocuparse acerca de la estrategia, el momento y los ‚Äútrucos‚ÄĚ.

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Muchas de sus alumnas no s√≥lo no estaban de acuerdo, se ofendieron porque no cre√≠an que el mundo funcionara as√≠. En l√≠neas generales a las alumnas les parec√≠a que pod√≠an existir excepciones, pero jam√°s se deber√≠a de generalizar. El profesor entonces lanza un reto a los alumnos. Les dice que lo mejor que pueden hacer es ponerlo a prueba en un experimento bajo una situaci√≥n de la vida real y ver qui√©n tiene raz√≥n. La prueba consistir√≠a en observar cual es el g√©nero m√°s receptivo a una oferta sexual por parte de un extra√Īo.

La d√©cada de los 70 fue un per√≠odo de agitaci√≥n social en muchos sentidos. La idea de que los hombres y las mujeres difieren el uno del otro desde el nacimiento, no s√≥lo f√≠sica, sino tambi√©n en el comportamiento, se denunci√≥ como una actitud machista que exist√≠a con el √ļnico fin de negar a las mujeres la igualdad de derechos. Cualquiera que afirmara que los hombres y las mujeres se acercaban a la elecci√≥n de sus parejas de manera diferente por razones biol√≥gicas (de hecho Clark estaba seguro de que era cierto) era visto con recelo por muchos psic√≥logos sociales.

Por esta raz√≥n, cualquiera que fuera el resultado iba a crear mucha pol√©mica. ¬ŅQu√© ocurri√≥?

Diferencias ante una oferta de sexo

Campus de la Universidad de Florida. AP Images

Una semana m√°s tarde de la acalorada discusi√≥n en clase los alumnos y el profesor ya hab√≠a elegido a los se√Īuelos. Nueve estudiantes, cinco chicas y cuatro chicos, se desplegaron por todo el campus de la Universidad. La idea estaba clara: cuando vieran a alguien que les resultara atractivo deb√≠an acercarse, parar al chico/a y lanzarle la descarada oferta sexual con la que comenzamos el art√≠culo.

Estos primeros resultados no fueron especialmente sorprendentes. Ante la pregunta de si quer√≠an acostarse con ellos, ni una sola mujer dijo que s√≠. Con frecuencia exig√≠an al chico en cuesti√≥n que les dejara en paz y en otras ocasiones la respuesta era un ‚Äútienes que estar de broma‚ÄĚ. En cambio, la respuesta de los chicos fue abrumadora al s√≠. El 75% de ellos estaban incre√≠blemente contentos de poder satisfacer a la joven que se les hab√≠a acercado para tener un encuentro sexual.

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De entre las frases de estos √ļltimos hab√≠a de todo, desde el ‚Äú¬Ņpor qu√© tenemos que esperar a esta noche?‚ÄĚ hasta el ‚Äúhoy no puedo pero ma√Īana estar√≠a genial‚ÄĚ de aquellos que por lo que sea, ese d√≠a no pod√≠an tener sexo con la chica. Incluso en ese 25% restante que dijo que no, las respuestas eran muy contrarias a las de las chicas. Los que rechazaron a las chicas se disculpaban por ello y llegaban a dar largas explicaciones de su negativa.

La primera evidencia de Clark fue pensar que, por fin, había encontrado una prueba experimental que confirmaba que los hombre somos muy fáciles para las chicas.

Campus de la Universidad de Florida. AP Images

Sin embargo el experimento no se qued√≥ en esa primera pregunta. Tras ella decidieron bajar el tono de la propuesta para darle un enfoque ligeramente inferior. La pregunta entonces pas√≥ a ser: ¬ŅQuieres venir a mi apartamento esta noche? Se eliminaba el sexo expl√≠cito de la frase aunque daba pie a la imaginaci√≥n de cada cual. ¬ŅCu√°l fue la respuesta? Pr√°cticamente la misma. Ahora el 69% de los hombres dec√≠a que s√≠ frente al 6% que tambi√©n aceptaban quedar en una casa.

En vista de que aquello no hab√≠a cambiado mucho deciden darle un perfil todav√≠a m√°s bajo, una pregunta m√°s inocua y recatada, el famoso ¬Ņquieres salir conmigo esta noche? Y aqu√≠ por fin todo se igual√≥. La pregunta tuvo pr√°cticamente un 50% de respuestas afirmativas tanto de chicos como de chicas. Para el profesor se trataba del hallazgo m√°s sorprendente. De hecho y como apunt√≥, brome√≥ con que la idea de que si lo llega a saber en su juventud, le hubiera propuesto salir a todas las chicas que le gustaban. Un 50% deb√≠an haber aceptado.

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El profesor estaba seguro de que estas diferencias provenían de la biología asimétrica de los sexos. De esta forma apuntó lo siguiente:

Con el fin de producir un ni√Īo, los hombres s√≥lo tienen que invertir una cantidad trivial de energ√≠a, un solo hombre puede ser padre un n√ļmero casi ilimitado de veces. Por el contrario, una mujer puede dar a luz, normalmente, un n√ļmero limitado de veces.

Por tanto y seg√ļn apunt√≥, el costo diferente del sexo para el hombre y para la mujer era una causa directa de la conducta que Clark hab√≠a notado en su experimento. Las mujeres son selectivas, mientras que los hombres est√°n, b√°sicamente, preparados para ir a la cama con cualquier mujer. En contraste con las mujeres, quienes la mayor√≠a reaccionaron con indignaci√≥n a la oferta de sexo, los hombres que no aceptaron parec√≠an estar m√°s preocupados por dar una excusa.

Cuando el profesor intent√≥ publicar su estudio nadie lo acept√≥. Le llev√≥ m√°s de diez a√Īos mientras fue rechazado por todas las publicaciones. Lleg√≥ un momento en el que estuvo a punto de dejarlo... hasta que el experimento lleg√≥ a o√≠das de la psic√≥loga Elaine Hatfield y decidi√≥ ayudar a Clark revisando el trabajo juntos para publicarlo como coautores.

Campus de la Universidad de Florida. AP Images

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Cuando comenzaron a presentarlo en el √°mbito acad√©mico mientras lo revisaban las cr√≠ticas en general alud√≠an al mismo sentimiento y percepci√≥n de la √©poca. La mayor√≠a pensaban que el estudio en s√≠ era demasiado extra√Īo, trivial y fr√≠volo para ser interesante. Otros dec√≠an que a nadie le iba a importar el resultado de una pregunta tan tonta planteada de esta manera. Otros replicaban que carec√≠a de valor social. Cuando el trabajo conjunto de ambos estaba listo y se envi√≥ a medios especializados (hab√≠an ajustado las conclusiones de Clark) las reacciones de los editores de las revistas fueron algo m√°s moderadas.

Sin embargo y cuando parec√≠a que iba a ver la luz, los investigadores se encontraron con un nuevo escollo. Los cr√≠ticos expon√≠an que el trabajo era caduco, era 1982 (4 a√Īos despu√©s del original) y dec√≠an que las cosas hab√≠an cambiado desde entonces. Clark y Hatfield volvieron a repetir el experimento ese mismo a√Īo... y sorprendentemente el resultado volvi√≥ a ser el mismo.

Tras numerosos rechazos en los a√Īos siguientes finalmente el Journal of Psychology & Human Sexuality acept√≥ el trabajo y fue publicado en 1989. El art√≠culo gener√≥ una enorme cantidad de inter√©s, tanto de los medios de comunicaci√≥n como de la comunidad acad√©mica. Meses despu√©s surgi√≥ una nueva ola de cr√≠ticas, en este caso sustentadas en la sospecha de que el miedo al VIH podr√≠a haber cambiado el comportamiento sexual. Una vez m√°s, el experimento se volvi√≥ a llevar a cabo en 1990 con los mismos resultados.

En el a√Īo 2003 la revista Psychological Inquiry elev√≥ a la categor√≠a de cl√°sico el estudio de los investigadores. La raz√≥n de su popularidad no es otra que la forma en la que se pone de manifiesto de manera espectacular las diferentes actitudes sexuales de hombres y mujeres.

A la pregunta retórica de por qué las mujeres dicen no y los hombres dicen sí, Clark considera que se trata de un legado sociobiológico. Obviamente, antes después y hoy, existen muchos críticos que no están de acuerdo. Estos sostienen que estas actitudes no son más que un comportamiento socialmente aprendido o bien que las mujeres dijeron que no porque consideraron la invitación demasiado arriesgada. Para ellos, el profesor responde que la mitad de las mujeres estaban dispuestas a ir a una cita con un desconocido, lo que parece indicar que su comportamiento fue motivado más por el deseo de tener tiempo para evaluar la potencial pareja, que por miedo al encuentro.

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Sea como fuere y cualquiera que sea la razón de las diferentes actitudes, la diferencia en sí parece ser bastante real (diría que las cosas no han cambiado tanto desde los 90). El trabajo del profesor está considerado un clásico, aunque las causas para mostrar tales diferencias entre hombres y mujeres es un debate encendido que perdurará por mucho tiempo.