Suena el teléfono, y cuando respondes, la voz al otro lado es la de un amigo fallecido. Tu hijo difunto te envía un mensaje el día de tu cumpleaños. Esto es hoy posible y está pasando.
Los thanabots o robots de duelo son programas de inteligencia artificial que se entrenan con información sobre una persona fallecida, que obtienen de sus perfiles e interacciones en redes sociales y otros datos personales. La vida de un ser humano deja rastros que se transforman en una identidad parlante.
Como si fuera tomada de las sesiones de espiritismo, la religiosidad personal o la ciencia ficción poco a poco se convierte en un servicio de consumo habitual.
En 2013, un episodio de la serie Black Mirror titulado “Ahora mismo vuelvo” planteaba la siguiente situación: Martha, pierde a su pareja, Ash, en un accidente automovilístico. El dolor es tan grande que recurre a un servicio que reconstruye a Ash a partir de su “huella” digital. Empieza con mensajes, luego pasa a una voz familiar y termina con un cuerpo sintético. Esta réplica conoce las frases típicas y los chistes de Ash. Aunque puede reproducir lo que él dejó atrás, no puede recuperar lo que significaba ser él.
Servicio por suscripción
Los servicios de suscripción a Griefbot actúan de forma muy similar a los objetos transicionales, ya que permiten a las personas en duelo seguir conectadas virtualmente con el difunto.

La cofundadora del chatbot Replika, Eugenia Kuyda, utilizó mensajes de su amigo fallecido, Roman Mazurenko, para crear un bot conversacional con su estilo personal.
Los thanabots o robots de duelo emplean mensajes, fotografías, vídeos, grabaciones de voz y publicaciones en redes sociales para simular el discurso y el comportamiento de una persona fallecida. Forman parte de una creciente “industria del más allá” digital que convierte los rastros de una vida en recreaciones interactivas.
El concepto ha ido mucho más allá de la experimentación marginal. Microsoft posee una patente, concedida en 2020, para “crear un chatbot conversacional de una persona concreta” utilizando datos sociales como mensajes, datos de voz, imágenes y otro material personal. La patente indica explícitamente que la “persona concreta” puede ser alguien que ya haya fallecido, ya sea un amigo, un familiar, una celebridad o una figura histórica.
Los precios dejan clara la lógica comercial. Un informe reciente describía que la app HereAfter AI (que anunció su cierre en 2026) ofrecía planes por unos US$ 199, mientras que se decía que la empresa surcoreana DeepBrain AI ofrecía recreaciones de avatares 3D de alta gama por hasta US$ 50.000, más la cuota de mantenimiento.
Recuerdos “vivos”
El vínculo con los difuntos suele depender de objetos que se guardan. Un abrigo puede conservar un olor. Una receta puede evocar la voz de alguien cercano. Un mensaje de voz guardado puede condensar años en segundos. Sin embargo, los objetos transmiten algo de la persona pero no logran traer de regreso a la persona.
Un thanabot cambia ese esquema. Habla en primera persona: “Recuerdo”, “Te echo de menos”, “Sigo creyendo”, aunque se trate de frases nuevas generadas tras la muerte.
Ese cambio en el pronombre puede plantear problemas. El sistema se construye a partir de lo que otros pueden recopilar, como mensajes, hábitos registrados, fotografías, chistes y acciones recordadas y representa un punto de vista, como si estos fragmentos hubieran recuperado la percepción de la persona.
¿Es saludable?
¿Es saludable seguir hablando con los fallecidos? El duelo no exige silencio. La gente habla ante las tumbas, escribe cartas a los difuntos, repite rituales compartidos e imagina lo que diría un ser querido. Mantener un vínculo puede formar parte del duelo.
La pregunta más difícil no es si las personas deberían mantener una relación con los difuntos. Es precisamente qué es lo que ese acto mantiene “vivo”.
Las relaciones contribuyen a hacernos quienes somos. Nos convertimos en parejas, padres, hijos y amigos a través de la forma en que otras personas nos reconocen y se dirigen a nosotros. La muerte nos arrebata a una persona, pero también trastorna parte de la propia identidad del superviviente.
La crítica se basa en esa imposibilidad de ‘pasar página’. El thanabot puede recordar el aniversario, repetir la broma familiar o volver a llamar a alguien “mamá”. Pero el servicio no se limita a recrear una versión del difunto sino que, por supuesto, puede ofrecer consuelo al principio. Sin embargo, es posible que mantenga a la persona en duelo anclada en una versión anterior de sí misma, organizada en torno a una relación que la muerte ha transformado.
Además, un thanabot puede decir cosas que la persona fallecida nunca dijo. Y las dificultades éticas pueden surgir precisamente ahí. En 2025, el padre de Joaquín Oliver, un joven de 17 años asesinado en el tiroteo escolar de Parkland de 2018, creó una versión de su hijo basada en la inteligencia artificial y permitió que un periodista lo entrevistara. El avatar respondió a nuevas preguntas utilizando la voz de Joaquín y defendió públicamente su activismo contra las armas.
La misma cuestión se plantea en el ámbito privado, dentro de las familias. ¿Quién tiene derecho a autorizar una recreación: el cónyuge, un progenitor, todos los hermanos o solo la propia persona antes de su muerte? El amor puede motivar la reconstrucción, pero no otorga autoridad ilimitada sobre la identidad de otra persona. Y el consentimiento es solo el principio.
Un thanabot puede cambiar con el tiempo. Una actualización de software puede alterar su vocabulario, su sentido del humor, sus “recuerdos” o su tono político. Los familiares pueden subir nuevo material, lo que le permite evolucionar más allá de la vida con la que se le entrenó. En algún momento, la conservación da paso a la interpretación.
La familia puede aportar el archivo. La empresa controla el modelo, la interfaz y los servidores. Las empresas pueden decidir qué versión aparece, qué recuerda y cuánto tiempo permanece disponible. Una voz familiar puede cambiar tras una actualización. El clon puede desaparecer cuando la empresa cierre.
El psicoanalista Jacques Lacan distinguía entre la muerte biológica y la muerte simbólica, que se produce cuando una persona desaparece de la memoria colectiva. La resurrección por suscripción, como sugerimos en otro estudio, introduce una tercera posibilidad: la muerte digital se produce cuando cesa el pago, el proveedor cierra o se retira el modelo.