Brigid Lynch no estaba buscando animales extintos. Ni siquiera fósiles. La geomorfóloga de Balance Hydrologics recorría el lecho de un arroyo del condado de San Mateo, cerca de San Francisco, como parte de un proyecto destinado a mejorar el hábitat de la rana de patas rojas de California, una especie amenazada. Entonces vio algo extraño asomando entre el agua.
Parecía una roca. Pero tenía demasiadas formas donde una roca no debería tenerlas. Lo que acababa de encontrar era un molar prácticamente intacto de un mastodonte del Pacífico (Mammut pacificus), un gigante que recorrió aquella misma región durante la Edad de Hielo. El Midpeninsula Regional Open Space District, responsable de la reserva anunció el descubrimiento el 9 de septiembre.
No era solo un diente: tenía corona, raíces y hasta se distingue el conducto radicular

El estado de conservación es lo que convirtió inmediatamente el descubrimiento en algo excepcional. Wayne Thompson, paleontólogo de Pacific Paleontology, lo describió como el molar de mastodonte más completo encontrado hasta ahora en la zona. Stanford, que ahora custodia el fósil, confirmó además que conserva tanto la corona como las raíces. Incluso puede distinguirse el conducto radicular. Y no es pequeño: mide aproximadamente 23 centímetros de longitud.
Por ahora se calcula que tiene al menos unos 10.000 años, pero esa cifra no es todavía una datación definitiva. La pieza fue donada a la Doerr School of Sustainability de la Universidad de Stanford, donde los investigadores planean someterla a datación y realizar un escaneo 3D. Una réplica será entregada posteriormente a Midpen para utilizarla con fines educativos.
La casualidad temporal es especialmente interesante: los últimos mastodontes desaparecieron de Norteamérica aproximadamente al final del Pleistoceno, hace unos 11.700 años.
El animal al que perteneció este diente ni siquiera tenía nombre propio hasta 2019

El Mammut pacificus es una incorporación sorprendentemente reciente al árbol genealógico de la megafauna. Hasta hace pocos años, muchos fósiles del oeste de Norteamérica se atribuían al mastodonte americano. En 2019, un análisis publicado en PeerJ concluyó que los ejemplares occidentales pertenecían a una especie diferente, caracterizada entre otras cosas por terceros molares más estrechos, fémures proporcionalmente más robustos y diferencias en los colmillos mandibulares.
También comía de manera distinta a los mamuts con los que compartió parte de aquel mundo. Mientras estos últimos estaban adaptados principalmente a pastar, los mastodontes eran ramoneadores: utilizaban sus trompas para alcanzar ramas y se alimentaban de hojas, brotes, frutos y otra vegetación leñosa. Sus enormes dientes estaban hechos para triturarla.
Hace apenas 10.000 o 12.000 años, por tanto, la bahía de San Francisco habría sido casi irreconocible. Mastodontes convivían allí con mamuts colombinos, camellos occidentales, enormes perezosos terrestres, lobos huargos y felinos dientes de sable. Pero el paisaje también contenía coyotes, tejones, pumas y otras especies cuyos descendientes siguen recorriendo California.
Y ahí está la casualidad más bonita del hallazgo: un proyecto concebido para impedir que una especie actual desaparezca terminó encontrando los restos de otra que ya lo hizo. Una roca extraña en mitad de un arroyo resultó ser, literalmente, un pedazo de la California de la Edad de Hielo.