El océano Pacífico acaba de alcanzar una cifra que parecía reservada para finales de año. El último dato semanal relativo de la región Niño 3.4 llegó a +2,0 °C, el umbral que NOAA utiliza para hablar de un episodio de El Niño “muy fuerte”. El término “súper El Niño” no es una categoría científica oficial, pero suele emplearse para describir precisamente eventos que alcanzan o superan ese nivel.
Lo realmente llamativo es cuándo ha ocurrido. Estamos todavía en septiembre y El Niño suele alcanzar su máximo durante el final del año. NOAA acaba de confirmar que el fenómeno continúa fortaleciéndose y calcula una probabilidad superior al 90% de que permanezca en la categoría “muy fuerte” durante el otoño y el invierno boreales de 2026-2027.
Y existe un escenario todavía más extremo: NOAA estima ahora un 75% de probabilidades de que entre octubre y diciembre alcance una intensidad que supere cualquier El Niño del registro iniciado en 1950.
Hace un año había La Niña. Ahora el Pacífico apunta a un récord

La velocidad de la transformación también está llamando la atención. A comienzos de 2026 todavía quedaban condiciones relacionadas con La Niña. En junio, NOAA declaró oficialmente el regreso de El Niño. Apenas tres meses después, las temperaturas relativas del Pacífico ecuatorial ya han alcanzado niveles extraordinarios.
Durante agosto, las anomalías de temperatura superaron los +3 °C en algunas zonas del Pacífico ecuatorial oriental. NOAA registró además +1,8 °C en Niño 3.4, +2,5 °C en Niño 3 y +3,4 °C en Niño 1+2. Bajo la superficie también permanecen grandes reservas de agua anormalmente cálida, una de las razones por las que los científicos esperan que el fenómeno siga intensificándose.
La nueva métrica RONI que NOAA utiliza desde 2026 intenta además separar parte del calentamiento general de los océanos provocado por el cambio climático. Es decir, no basta con que el Pacífico esté caliente: tiene que estar especialmente caliente respecto al resto de los trópicos. Y aun después de aplicar esa corrección, las previsiones son extraordinarias.
Para octubre-diciembre, la mediana del pronóstico oficial sitúa el RONI alrededor de +2,67 °C. El extremo superior del intervalo alcanza incluso valores superiores a +3 °C.
Sus efectos ya se están viendo en los dos lados del continente americano

No hace falta esperar al invierno para encontrar consecuencias. El Niño modifica la circulación atmosférica tropical y suele aumentar la cizalladura del viento sobre el Atlántico, una condición capaz de dificultar el desarrollo de huracanes. NOAA ya esperaba que el fortalecimiento del fenómeno redujera la actividad atlántica durante los meses centrales de la temporada.
En el Pacífico ha ocurrido prácticamente lo contrario. El huracán Lowell también alcanzó categoría 5 en septiembre antes de pasar cerca de Hawái. Según NOAA, dejó inundaciones repentinas y llegó a provocar cortes eléctricos que afectaron a cerca del 90% de Kauai.
Indonesia representa la otra cara del patrón: NOAA está observando menos convección y precipitaciones de lo habitual sobre la región, algo característico de episodios fuertes de El Niño y que puede favorecer condiciones más secas.
Que sea gigantesco no significa que todos sus efectos también lo sean
Hay una precaución importante. Un El Niño más fuerte no equivale automáticamente a inundaciones, sequías o tormentas más extremas en todos los lugares. Lo que aumenta es la probabilidad de que aparezcan patrones asociados históricamente al fenómeno. NOAA insiste en que la intensidad del índice no determina por sí sola la magnitud de los impactos locales. Pero esta vez el océano tiene algo difícil de ignorar: todavía estamos a varios meses de la época en la que El Niño suele tocar techo.
La pregunta ya no es si 2026 tendrá un El Niño fuerte. Eso ya ocurrió. Ahora los meteorólogos están observando si el Pacífico está a punto de fabricar el más potente de los últimos 76 años.