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Ciencia

Un dinosaurio se comió un ave poco antes del asteroide y sus heces la conservaron durante 66 millones de años. Ahora, una diminuta pluma puede explicar por qué sus parientes modernos sobrevivieron al apocalipsis

Un coprolito de Hell Creek escondía plumas, huesos y hasta la última comida de un ave prehistórica. Su plumaje revela una posible ventaja decisiva para sobrevivir al invierno que siguió al asteroide.
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Un depredador del Cretácico se comió un ave. El ave, a su vez, acababa de comerse un pequeño pez. Después el dinosaurio defecó y, contra todas las probabilidades, aquella deposición terminó fosilizándose.

66 millones de años después, esa cadena alimentaria cabe en una roca del tamaño aproximado de media pelota de golf. Y dentro de ella ha aparecido algo mucho más valioso que unos simples restos de comida: una posible pista de por qué las únicas aves que sobrevivieron al asteroide fueron precisamente los antepasados de las que vemos hoy.

El hallazgo procede de la Formación Hell Creek, en Montana, y ha sido descrito en Current Biology. El coprolito contiene varias plumas, huesos de las patas de un ave y diminutas escamas de pejelagarto. Una de esas plumas es, según los investigadores, probablemente el ejemplar tridimensional mejor conservado recuperado de depósitos rocosos del Mesozoico.

Una roca insignificante escondía un ave dentro

Un dinosaurio se comió un ave poco antes del asteroide y sus heces la conservaron durante 66 millones de años. Ahora, una diminuta pluma puede explicar por qué sus parientes modernos sobrevivieron al apocalipsis
© David DeMar Jr./Field Museum.

David DeMar Jr., investigador de la Universidad de Washington, encontró el fósil en 2016 mientras buscaba restos de peces. Parecía un pequeño nódulo marrón rojizo. Solo cuando lo observó con una lupa distinguió algo inesperado en una grieta: una pluma. Hell Creek llevaba más de un siglo siendo estudiado y nunca se había identificado allí una.

Las tomografías revelaron después el resto de la escena: más plumas, huesos y escamas escondidos dentro de las heces fosilizadas.

Los huesos pertenecían a un hesperornitiforme, un grupo extinto de aves acuáticas y mayoritariamente incapaces de volar, comparables ecológicamente a los colimbos actuales. Las escamas pertenecían a un pequeño pejelagarto, por lo que el fósil incluso permite reconstruir una secuencia probable: el pez fue devorado por el ave y el ave terminó dentro de un dinosaurio carnívoro.

El productor del coprolito no puede identificarse con certeza. El estudio lo atribuye a un terópodo de tamaño medio y el equipo ha mencionado como candidatos a distintos dinosaurios carnívoros de aquel ecosistema.

Sus plumas eran modernas. Pero no todas

Un dinosaurio se comió un ave poco antes del asteroide y sus heces la conservaron durante 66 millones de años. Ahora, una diminuta pluma puede explicar por qué sus parientes modernos sobrevivieron al apocalipsis
© Andrey Atuchin/Field Museum.

Aquí aparece la parte que convierte una deposición fosilizada en algo mucho más importante. Algunas plumas del hesperornitiforme eran sorprendentemente avanzadas: tenían un raquis de sección cuadrada y un interior esponjoso, características relacionadas con la combinación de rigidez y bajo peso de las plumas modernas. El registro anterior conocido de esa estructura interna era unos 10 millones de años más reciente. Pero el animal conservaba también pequeñas plumas corporales primitivas y más difusas.

Y esa combinación puede importar muchísimo. Los hesperornitiformes vivían junto al agua, igual que algunos miembros tempranos del linaje de las Neornithes, el grupo del que proceden todas las aves actuales. Sin embargo, los primeros desaparecieron durante la extinción del final del Cretácico y los segundos sobrevivieron. Eso debilita la idea de que vivir en ambientes acuáticos fuese, por sí solo, el salvavidas.

La hipótesis de Jingmai O’Connor y sus colegas es que el aislamiento térmico pudo marcar parte de la diferencia. Tras el impacto de Chicxulub, la atmósfera se llenó de material que redujo la luz solar y produjo un brusco enfriamiento global. Un animal con plumaje corporal menos eficaz habría necesitado gastar más energía simplemente para mantenerse caliente, precisamente cuando los ecosistemas estaban colapsando y conseguir alimento era cada vez más difícil.

Para demostrarlo falta encontrar una pluma aún más difícil

Un dinosaurio se comió un ave poco antes del asteroide y sus heces la conservaron durante 66 millones de años. Ahora, una diminuta pluma puede explicar por qué sus parientes modernos sobrevivieron al apocalipsis
© Jingmai O’Connor/Field Museum.

El estudio no demuestra que el plumaje fuese la razón definitiva por la que las aves modernas sobrevivieron. Los propios investigadores lo presentan como una hipótesis que ahora puede ponerse a prueba. Haría falta encontrar plumas inequívocas de Neornithes inmediatamente anteriores al impacto y comprobar si ya poseían un revestimiento corporal más eficiente.

La dificultad es enorme: las plumas rara vez fosilizan, y las del Cretácico Superior son especialmente escasas. Pero este descubrimiento acaba de señalar un lugar inesperado donde empezar a buscarlas. Hasta ahora nadie había estudiado sistemáticamente excrementos fosilizados en busca de plumas. El equipo propone utilizar microtomografías en otros coprolitos, porque muchos podrían esconder restos invisibles desde fuera.

Al final, una de las grandes preguntas sobre el día en que desaparecieron los dinosaurios quizá termine respondiéndose gracias a algo que uno de ellos dejó atrás después de ir al baño.

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