No hubo flashes ni vitrinas abiertas al público. Solo una mesa, guantes, silencio y un hisopo como los de la pandemia. En abril de 2024, un genetista se inclinó sobre un delicado boceto de tiza roja de más de cinco siglos y rozó su superficie con extremo cuidado. La escena parecía forense, no artística. Porque lo que buscaban no era estilo. Era rastro humano.
Un dibujo, una mano, un cuerpo
La obra se conoce como Santo Niño. Es un dibujo suave, de líneas delicadas, con ese sfumato casi vaporoso que muchos asocian de inmediato a Leonardo da Vinci. Un niño con la cabeza levemente inclinada, trazos que parecen respirados más que dibujados.
Desde hace años, los expertos discuten su autoría. Algunos creen que salió directamente de la mano de Leonardo. Otros sostienen que podría ser obra de un alumno de su taller. Pero hay un detalle que siempre vuelve a la mesa: el rayado a la izquierda, una característica típica del trazo de Leonardo, zurdo y obsesivo con la dirección de sus líneas.
Hasta ahora, todo era análisis visual. Ojo experto contra ojo experto. Historia del arte contra historia del arte.
Y entonces alguien decidió hacer algo radicalmente distinto: buscar al artista en su propia biología.
La escena que parece sacada de una serie policial
Norberto González-Juarbe, genetista del Proyecto ADN Leonardo da Vinci (LDVP), se inclinó sobre el dibujo con un hisopo estéril, como los que se usaron durante el COVID. Frotó suavemente el anverso y el reverso del papel. Sin raspar. Sin presionar. Sin dañar.
La idea es tan simple como inquietante: durante siglos, las personas han tocado estas obras. Pero también las tocaron sus creadores. Las respiraron. Las sudaron. Las apoyaron sobre la piel.
Si había un lugar donde buscar a Leonardo… era ahí.
El problema de buscar ADN en el pasado
Extraer ADN de una obra histórica no es como tomar una muestra en un laboratorio. Es un campo minado.
Los objetos antiguos acumulan material biológico de todo: manos modernas, polvo ambiental, bacterias, hongos. Cada restaurador, cada coleccionista, cada traslado deja huella. Separar lo antiguo de lo reciente es una pesadilla metodológica.
Por eso el equipo del LDVP desarrolló un método de hisopado extremadamente delicado, diseñado para minimizar contaminación y maximizar la posibilidad de capturar rastros originales. Lo que apareció en las muestras fue una mezcla compleja: material no humano, bacterias, restos ambientales… y, en algunos casos, señales dispersas de ADN masculino.
Ahí es donde la historia se vuelve peligrosa. Y fascinante.
El linaje que abre la puerta (sin cruzarla del todo)

Los análisis revelaron coincidencias con el linaje E1b1b del cromosoma Y, una rama genética presente en poblaciones del sur de Europa, África del Norte y el Cercano Oriente. Es un linaje compatible con el origen geográfico de Leonardo da Vinci, nacido en Toscana en 1452.
¿Significa eso que el ADN es suyo? No.
¿Significa que podría serlo? Sí.
Y esa diferencia es enorme.
Porque en ciencia histórica, la posibilidad ya es un terremoto.
El fantasma de Leonardo y la ausencia de certezas
Aquí es donde la épica se frena en seco. Leonardo da Vinci no dejó descendientes directos conocidos. Su tumba fue alterada en el siglo XIX. Sus restos no están disponibles para comparación directa. No hay un “ADN de referencia” contra el cual cotejar.
Eso convierte cualquier resultado en probable, no definitivo. En indicio, no en prueba. En pista, no en sentencia.
Los propios investigadores son prudentes: reconocen que los rastros genéticos pueden estar mezclados con material moderno. Que la contaminación es un riesgo real. Que la identificación inequívoca es, hoy por hoy, casi imposible.
Pero también dicen algo clave: la técnica funciona. La ciencia puede entrar en el patrimonio cultural. Puede dialogar con el arte. Puede buscar cuerpos donde solo creíamos que había estilo.
Cuando el arte deja de ser intocable
Este es el punto donde la historia se vuelve incómoda. Durante siglos, las obras de arte fueron intocables. Reliquias. Objetos sagrados. Hoy, alguien les pasa un hisopo.
No para restaurarlas. No para exhibirlas. Para extraer ADN. Eso cambia las reglas del juego.
La pregunta ya no es solo “¿es de Leonardo?”. Es: ¿queremos que la ciencia empiece a leer a los artistas desde su biología?
Porque una vez que se abre esa puerta, no se cierra fácil.
El proyecto que quiere reconstruir a un genio
El Proyecto ADN Leonardo da Vinci no se limita a un dibujo. También ha recuperado secuencias genéticas de cartas, documentos y otros objetos antiguos vinculados al entorno del artista. La ambición es enorme: reconstruir el perfil genético de Leonardo a partir de sus huellas biológicas.
No para clonarlo. No para mitificarlo. Para entenderlo. Su salud. Su origen. Su historia corporal.
Es casi poético: el hombre que diseccionó cadáveres para entender la anatomía humana… ahora es diseccionado por la genética, quinientos años después.
Entre la genialidad y la duda
Leonardo da Vinci fue muchas cosas: pintor, inventor, ingeniero, anatomista, soñador profesional. Un cerebro que se adelantó siglos a su tiempo. Pero también fue un cuerpo. Uno que sudaba, respiraba, sangraba.
Y ese cuerpo, tal vez, dejó huella en el papel. No en forma de trazo. En forma de ADN.