El pino no es nativo de Sudamérica. Distintas especies, sobre todo Pinus contorta y Pinus ponderosa, originarias del oeste de Norteamérica, se plantaron en la Patagonia argentina y chilena como cultivo forestal: primero como cortina forestal y control de erosión, y después, con más fuerza, como base de una industria maderera pensada para generar ingresos en regiones con pocas alternativas económicas. Ese cultivo, que en muchas zonas dejó de manejarse o simplemente perdió el cerco, se convirtió en una de las invasiones biológicas más estudiadas del sur del continente.
Un plan de desarrollo de la década de 1970 que se volvió en contra
La promoción de las forestaciones exóticas como sostén de la industria maderera en Argentina, Brasil y Chile arrancó a principios de la década de 1970, según reconstruye la revista científica Ecología Austral. En Argentina se sumaron leyes forestales provinciales, como la de Río Negro de 1972, que subsidiaban directamente la plantación de especies de rápido crecimiento en la cordillera patagónica.
Esa distinción no es un detalle menor. Un pino puede empezar a producir piñas fértiles a los cinco años de vida, así que una plantación de los años 70 tuvo tiempo de sobra para generar varias generaciones de descendencia silvestre mucho más allá de sus límites originales.
Por qué el pino gana terreno sobre el bosque nativo
Un estudio publicado en la revista Diversity sobre la invasión de Pinus contorta en ecosistemas patagónicos describe cómo esta especie altera la temperatura del suelo, la humedad y la disponibilidad de luz apenas se instala, y con eso reduce la diversidad de plantas nativas del lugar. Otro trabajo sobre la estepa patagónica chilena encontró que, donde el pino cierra su copa, la cantidad de especies nativas cae hasta un 70%.
A esa ventaja se suman semillas livianas que el viento dispersa a gran distancia, un crecimiento más rápido que el de especies como el ciprés de la cordillera o el coihue (lo que le permite taparles la luz), y una alta densidad de regeneración cerca de cada foco de semillas: estudios en Chile registraron hasta 13.000 plantines de pino por hectárea en las cercanías de una plantación madre.
El fuego, un aliado inesperado del pino invasor
El pino tiene una relación particular con el fuego. Sus piñas suelen ser serótinas, es decir que permanecen cerradas hasta que el calor de un incendio las abre y libera miles de semillas sobre un suelo recién quemado, libre de competencia. Investigadores del Conicet que trabajan en la Patagonia norte describieron ese fenómeno como un verdadero “caldo de cultivo” para que los incendios siguientes sean más severos, ya que el terreno queda sembrado de semillas listas para germinar apenas mejoran las condiciones.
El propio Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente, dependiente del Conicet, documentó en Puerto Patriada, Chubut, cómo el pino fue ganando terreno sobre el coihue en apenas dos décadas: la densidad de esta especie nativa cayó de manera marcada entre 1999 y los años siguientes en zonas donde el pino avanzó. Es la misma región que en enero de 2026 perdió más de 22.000 hectáreas por incendios forestales, según reportaron medios patagónicos en base a fuentes oficiales.
El espejo de Chile
Del otro lado de la cordillera, Chile lleva décadas de ventaja en plantaciones forestales exóticas: los inventarios históricos del Instituto Forestal chileno ya contabilizaban a fines de los años 90 más de 1,8 millones de hectáreas de pino y eucalipto, una superficie que siguió creciendo en las décadas siguientes hasta ubicarse hoy en el orden de los millones de hectáreas. Ese desarrollo forestal, que impulsó una industria exportadora relevante, también dejó estudios que documentan menor disponibilidad de agua en cuencas cubiertas por plantaciones y una expansión del pino más allá de los límites originales de cultivo, un patrón que la ciencia patagónica considera una referencia de hacia dónde puede derivar el problema si no se lo controla a tiempo.
Cómo se intenta revertir la invasión sin agravarla
Los equipos de manejo en Neuquén y Río Negro coinciden en algo contraintuitivo: talar todo de golpe puede ser peor que no hacer nada, porque retirar la cobertura vegetal de una ladera de manera abrupta expone el suelo a una erosión que después es muy difícil revertir. Por eso la estrategia habitual combina la remoción manual de pinos jóvenes, antes de que alcancen la madurez reproductiva, con la reforestación activa de especies nativas como el ciprés de la cordillera, el ñire y el coihue en las zonas ya intervenidas.
Es un trabajo lento, que corre contra el reloj de una especie que se reproduce con facilidad y contra los incendios cada vez más frecuentes en la región. Pero la evidencia acumulada en los últimos años, tanto en la Patagonia argentina como en la chilena, ofrece algo valioso: un mapa relativamente claro de qué mecanismos favorecen al pino, lo que permite priorizar dónde actuar antes de que una plantación pensada para generar ingresos termine convertida en un problema ecológico de escala regional.