Desde la playa puede parecer una buena noticia. Entrar al Mediterráneo y encontrarse el agua cerca de 28, 29 o incluso 30 °C significa baños largos y prácticamente ningún choque térmico. Para la atmósfera, la lectura es completamente distinta.
Este verano, el Mediterráneo alcanzó en julio una temperatura superficial media de 27 °C, la más alta registrada para ese mes, y una boya situada cerca de Mallorca llegó a marcar 33 °C a comienzos de agosto. Las olas de calor marinas han afectado aproximadamente al 80% del Mediterráneo occidental. Y el verano todavía puede estar guardando parte de su factura para septiembre.
El Mediterráneo funciona ahora mismo como una batería gigantesca frente a España

El agua tiene una enorme capacidad para almacenar energía y la pierde mucho más despacio que la tierra.
Cuando septiembre empieza a reducir las temperaturas sobre la Península, el Mediterráneo puede continuar extraordinariamente caliente durante semanas. Cuanto mayor sea su temperatura superficial, mayor será también la evaporación y la cantidad de vapor de agua potencialmente disponible en las capas bajas de la atmósfera.
Las mediciones de 2026 muestran hasta qué punto se ha cargado esa “batería”. Algunas aguas europeas han llegado a estar hasta 6 °C por encima de lo habitual, mientras el análisis de World Weather Attribution estima que el calentamiento provocado por las actividades humanas ha añadido alrededor de 2 °C al Mediterráneo. Sin ese calentamiento, la extensión actual de las olas de calor marinas sería mucho menor.
Eso no significa que España vaya a sufrir necesariamente una gran DANA en septiembre.
Un mar caliente no fabrica por sí solo una tormenta extrema. Para ello hacen falta otros ingredientes: aire frío en altura, una circulación atmosférica favorable, inestabilidad y mecanismos capaces de hacer ascender grandes masas de aire húmedo.
El problema aparece cuando esas condiciones sí llegan.
Ya vimos lo que ocurre cuando una gran tormenta encuentra un Mediterráneo demasiado caliente

Septiembre de 2023 dejó uno de los ejemplos más dramáticos. La tormenta Daniel se desarrolló sobre un Mediterráneo que presentaba anomalías de temperatura superficial de hasta 5,5 °C en algunas zonas antes de golpear Grecia y Libia. En Zagora, Grecia, se midieron 759 milímetros de lluvia en un solo día; en Al-Bayda, Libia, se superaron los 400.
Posteriormente, investigadores reconstruyeron Daniel mediante simulaciones y realizaron un experimento revelador: volvieron a ejecutar la tormenta, pero retirando de las temperaturas del Mediterráneo la señal asociada al calentamiento de largo plazo.
El resultado fue enorme. En ese escenario, la precipitación acumulada en todo el dominio analizado disminuyó un 42%. Sobre Libia, donde gran parte de la humedad de Daniel procedía directamente del mar, la reducción llegó al 81%. En Grecia fue menor, alrededor del 17%, porque una mayor proporción de la humedad llegó desde otras regiones.
El mar caliente no creó Daniel. Lo alimentó cuando la tormenta ya disponía de las condiciones necesarias para desarrollarse.
Y en 2026 el Mediterráneo vuelve a llegar a septiembre excepcionalmente cargado
España tiene un motivo especial para vigilar lo que ocurre bajo la superficie. El área formada por el golfo de Vizcaya y la costa ibérica ha sufrido este verano olas de calor marinas sobre aproximadamente el 90% de su superficie, mientras en el Mediterráneo occidental la proporción alcanza el 80%. Las temperaturas observadas en buena parte de esas regiones habrían sido prácticamente imposibles en un clima preindustrial, según el análisis de atribución publicado esta semana.
Nada de esto permite saber hoy qué tiempo hará en Valencia, Cataluña o Baleares dentro de varias semanas. La atmósfera decidirá si aparece o no el detonante. Pero una parte del escenario ya está preparada.
Agosto está terminando y el calor acumulado no desaparece con el calendario. Sigue guardado en millones de kilómetros cúbicos de agua frente a las costas españolas, esperando a que septiembre decida si esa energía se queda en el mar o termina subiendo a la atmósfera en forma de humedad, nubes y lluvias mucho más intensas.