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Estas en un lugar p√ļblico leyendo un libro o mirando el m√≥vil y de repente notas un desasosiego, algo reclama tu atenci√≥n con urgencia. Levantas la cabeza y ah√≠ est√°. Hay una persona mir√°ndote fijamente. ¬ŅRealmente somos capaces de saber que estamos siendo observados? La ciencia tiene varias respuestas.

En 1898 un psic√≥logo llamado Edward Titchener escribi√≥ un sonado art√≠culo titulado precisamente ‚ÄúLa sensaci√≥n de ser observado‚ÄĚ en el que especulaba sobre la posibilidad de que la piel del ser humano sea capaz de sentir de alguna manera la mirada de otra persona. Desde entonces no han faltado los estudios que buscan explicaciones pseudocient√≠ficas a esa teor√≠a, pero todos ellos han sido desmentidos. A d√≠a de hoy, no hay constancia cient√≠fica de que seamos capaces de percibir la mirada de otro de ninguna forma que no sea vi√©ndola.

¬ŅPor qu√©, entonces, tenemos esa sensaci√≥n tan potente de que estamos siendo observados? La explicaci√≥n m√°s com√ļn tiene que ver con nuestra propia psicolog√≠a y con nuestros ojos. Estamos programados desde peque√Īos para identificar rostros (esa es la raz√≥n por la que vemos rostros en tantos objetos cotidianos) y para comunicarnos. En ese sentido los ojos no solo son una poderosa herramienta para recabar datos de nuestro entorno, sino que tambi√©n nos sirven para comunicar sentimientos tan variados como el miedo, la atracci√≥n o la ira, y para percibir esos sentimientos en otras personas.

Por si esto no fuera suficiente, nuestros ojos y nuestro cerebro están pensados para detectar anomalías. Es un mecanismo de supervivencia. Un movimiento brusco, un reflejo o un destello nos hace mirar automáticamente en esa dirección. Finalmente hay un problema adicional constatado por estudios como este de Current Biology en 2013. Ese problema es que somos muy buenos mirando a los ojos, pero no tan buenos calculando hacia dónde miran los ojos de otra persona. A menudo pensamos que nos están mirando a nosotros cuando en realidad no es así.

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Si juntamos estos factores y volvemos a la situación del primer párrafo, la sensación se lee de manera muy diferente.

Est√°s en un lugar p√ļblico y probablemente llevas demasiado tiempo con la guardia baja, enfrascado en un buen libro o en una conversaci√≥n de Whatsapp. Tu cerebro sabe que los lugares p√ļblicos no son seguros y est√° en estado de alerta. Tu propio instinto de supervivencia te impulsa a levantar la mirada y registrar los alrededores solo por si acaso.

Cuando lo haces, tu movimiento llama la atención de la visión periférica de otra persona, que probablemente tan solo estaba mirando en tu dirección general sin haberse fijado en ti, pero en ese momento y también por instinto centra su mirada en la tuya. Ambas miradas se cruzan e inevitablemente te sientes observado.

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Pasajeros del metro de Nueva York, un día cualquiera
Photo: AP Images

En definitiva, la sensación de ser observado no es más que la profecía que se cumple a sí misma. Hay un factor extra a considerar, y es el mismo que nos hace imaginar amenazas cuando estamos en un bosque y oímos romperse una rama. Seguramente solo ha sido el viento, pero el instinto de conservación de nuestro cerebro nos hace pensar que puede haber sido un animal salvaje solo por si acaso realmente lo es.

Como explican en este estudio, ese mismo instinto es el que nos lleva a considerar la mirada de otra persona como una posible amenaza. Sencillamente es más seguro para nosotros pensar que nos está mirando a nosotros que ignorar un posible peligro. En la mayor parte de los casos, la sensación de estar siendo observado es exactamente eso, una sensación que nace y muere en nuestro cerebro. [vía The Cut]