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Ciencia

Quemar alfombras para fabricar cemento parecía una locura, hasta que Estados Unidos demostró que funcionaba

Un proyecto estadounidense demostró que las alfombras desechadas podían utilizarse como combustible en la industria cementera. Sin embargo, los elevados costos de transporte y procesamiento terminaron convirtiendo una solución prometedora en un problema económico.
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A comienzos de los años 2000, Estados Unidos enfrentaba un enorme problema ambiental: cada año se desechaban entre 1,8 y 2,3 millones de toneladas de alfombras y moquetas, muchas de las cuales terminaban acumuladas en vertederos.

Estos materiales resultaban especialmente difíciles de reciclar debido a su composición. Las fibras sintéticas, los adhesivos y los componentes minerales estaban diseñados para resistir años de uso, lo que complicaba su separación y reutilización.

Ante esta situación, investigadores del Instituto Tecnológico de Georgia propusieron una alternativa poco convencional: aprovechar las alfombras como combustible para fabricar cemento.

La propuesta parecía extraña, pero tenía fundamentos científicos. Las alfombras contienen materiales derivados del petróleo, como nailon y polipropileno, capaces de liberar energía durante la combustión. Además, incorporan carbonato cálcico, un componente utilizado en la producción de cemento.

De esta manera, los hornos cementeros podían aprovechar tanto la energía de los materiales sintéticos como parte de sus componentes minerales.

Estados Unidos intentó fabricar cemento quemando millones de alfombras viejas: el experimento funcionó, pero terminó siendo un fracaso económico
© Şeyhmus Kino – Pexels

Las primeras pruebas demostraron que podían funcionar

Entre noviembre de 2003 y febrero de 2004, investigadores de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense realizaron 62 ensayos para analizar el comportamiento de diferentes tipos de alfombras durante la combustión.

Los resultados demostraron que estos residuos podían utilizarse como combustible, aunque también aparecieron algunas dificultades ambientales. Las fibras de nailon incrementaban las emisiones de óxido nítrico, mientras que la introducción de material en lotes provocaba aumentos temporales de monóxido de carbono.

Pese a estas limitaciones, los investigadores decidieron avanzar hacia una prueba industrial.

El experimento se realizó en una planta de Lehigh Cement ubicada en Evansville, Pensilvania. Allí, las alfombras trituradas llegaron a proporcionar entre el 10% y el 15% de la energía utilizada por el horno.

Durante las pruebas, las emisiones medidas permanecieron dentro de los límites autorizados, lo que confirmó la viabilidad técnica del procedimiento.

El verdadero problema apareció fuera del horno

Aunque la combustión funcionaba, transportar y procesar las alfombras resultó mucho más complicado de lo previsto.

El proyecto contemplaba utilizar aproximadamente 1.000 toneladas de residuos, pero finalmente solo pudieron introducirse unas 200 toneladas en el horno.

Uno de los principales inconvenientes era el sistema de alimentación, diseñado originalmente para manipular astillas de madera. Las fibras de las alfombras provocaban atascos frecuentes que interrumpían el funcionamiento.

Además, era necesario triturar los materiales, mantenerlos secos y transportarlos hasta las instalaciones industriales. Los componentes minerales también aceleraban el desgaste de las máquinas utilizadas para cortarlos.

Una factura que terminó arruinando el proyecto

El informe final, publicado en febrero de 2007, reveló el principal obstáculo: los costos superaban ampliamente el valor energético del combustible obtenido.

Los investigadores calcularon que las alfombras proporcionaban un valor energético equivalente a aproximadamente 1,2 centavos de dólar por libra. Sin embargo, prepararlas y suministrarlas costaba 4,3 centavos por libra, incluyendo embalaje, trituración y transporte.

El costo total superaba más de cinco veces la estimación inicial de 0,8 centavos por libra.

Así, el proyecto terminó demostrando una realidad fundamental para el reciclaje industrial: una tecnología puede funcionar perfectamente desde el punto de vista técnico y resultar inviable económicamente. Los investigadores concluyeron que mejorar la logística, acercar las plantas a los puntos de recolección y desarrollar sistemas de procesamiento más eficientes podría cambiar las condiciones económicas.

El experimento dejó una enseñanza que continúa siendo relevante para la economía circular: encontrar una utilidad para los residuos es solo una parte del desafío. También es necesario conseguir que recuperarlos y transformarlos resulte sostenible a largo plazo.

 

 

Fuente: Xataka.

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