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Ciencia

¿Se ha arruinado a una generación de niños a causa de la crianza amable o respetuosa?

¿Ser padres y madres amables, o no? Esa es la cuestión. Hay mucha controversia en estos días sobre la crianza amable. ¿Qué la constituye? ¿Y qué, no?
Por Jean Clinton, The Conversation Traducido por

Tiempo de lectura 5 minutos

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Los recientes titulares canadienses e internacionales nos hablan de un niño pequeño que demoró un vuelo porque se negaba a sentarse con el cinturón ajustado.

¿Se trata de un caso de crianza amable, o respetuosa como se la conoce a veces? ¿O no es más que un niño con un verdadero ataque de pánico? Quién lo sabrá… Lo cierto es que dio lugar a un intenso debate, incluso entre padres y madres. En realidad, la crianza amable o respetuosa es un modelo que combina mucha calidez emocional con el claro establecimiento de límites. Se basa firmemente en el marco psicológico de que los padres y madres tienen autoridad. ¿Qué significa eso?

La investigación del desarrollo a lo largo de las décadas ha mostrado que los niños criados por padres y madres que equilibran la calidez emocional con límites claros y consistentes, son los que crecen mejor, logrando mejores resultados en su desarrollo emocional, mejor autodominio, y mejor desarrollo social y cognitivo.

El equilibro entre la calidez y los límites

Para entender este concepto en verdad, tenemos que verlo en su contexto histórico. Criar es un verbo activo pero esa concepción es relativamente nueva. Alison Gopnik dice en su libro de 2016 El jardinero y el carpintero que la crianza de los niños se veía antes simplemente como algo que se hacía, naturalmente, con gran apoyo del resto de la comunidad.

Pero luego, alrededor de la década de 1970, la dinámica de la fuerza laboral y los cambios en la sociedad convirtieron el verbo crianza en algo activo y de alta presión. Empezaron a aparecer las guías escritas por expertos, y la mentalidad colectiva de los padres y madres pasó de confiar en sus instintos como adultos responsables a una creencia ansiosa de que había una forma correcta de criar a los niños.

En términos biológicos e históricos, los humanos evolucionamos en un ecosistema en que la responsabilidad de criar a un niño se compartía colectivamente. Hoy le hemos quitado el componente de la comunidad a la crianza, dejando aislados a quienes crían a los niños, durmiendo poco y preocupados a lo largo de las 24 horas.

Cuando no hay límites los niños se alarman

Lo que necesitan los niños para un buen desarrollo, según décadas de investigación occidental, es la combinación de la alta capacidad de respuesta y una estructura sólida. Los niños requieren límites predecibles. Si dejas al mando a un pequeño de cuatro años, que dicta cuándo irá a dormir, si quiere o no usar el cinturón de seguridad, o si negocia constantemente las rutinas cotidianas, eso lo alarma profundamente.

Hay que presentar y hablar de los límites predecibles, y no negociarlos si se trata de la seguridad. Junto a los límites firmes es de enorme importancia la validación emocional. Los niños necesitan que los adultos reconozcan sus experiencias internas sin que se minimicen sus miedos diciendo: “No temas, no es nada”, o avergonzarlos con “No te comportes de esa manera”.

La co-regulación

Ese equilibrio es la base de la co-regulación. El sistema nervioso de un niño es fundamentalmente inmaduro y su sistema nervioso es el que dispara la activación del cerebro, que impulsa la conducta. Por eso, el niño pequeño necesita de un adulto calmo que “le permita calmarse”, brindando una base para su sistema fisiológico.

Uno de los mejores consejos consiste en verificar nuestro estado interno antes de decirle algo a un niño que ha perdido el control.

La evidencia empírica que respalda esto abunda. En la década de 1960 la psicóloga Diana Baumrind llevó a cabo estudios que evaluaban los resultados a largo plazo de distintos estilos de crianza. Contrastó a padres autoritarios, a los que Barbara Coloroso luego visualizó como familias al estilo de “muro de ladrillos”, con padres permisivos como los que dicen: “no pongas al gato en el microondas, amor, ¿sí?”, y con una crianza completamente negligente.

Una y otra vez, el estilo que demostraba los mejores resultados en padres e hijos, era el del equilibrio: límites firmes acompañados de calidez y respuesta y un profundo respeto por la autonomía del niño.

El desarrollo emocional

También la excelente investigación del psicólogo John Gottman, hace 30 años, pone énfasis en el poder del desarrollo emocional guiado. Su trabajo muestra que si los padres reconocen y validan las emociones, resolviendo la angustia con soluciones a los problemas pero al tiempo de mantener límites firmes justos, el estrés fisiológico del niño disminuye drásticamente, y promueve una capacidad emocional a largo plazo.

Estas interacciones empáticas no hacen que los niños sean débiles sino que forjan las conexiones neurales vitales que son necesarias para todas sus relaciones futuras y su crecimiento cognitivo.

Por medio de la co-regulación los niños van internalizando gradualmente la resolución de conflictos pacífica y logran sentirse ansiosos, sin control, pero sabiendo que un adulto con calma les ayuda, reconociendo su emoción pero conteniendo la conducta. Así, aprenden que pueden regresar al equilibrio.

La sensibilidad predecible es lo que construye apegos seguros, que depende mayormente del saludable ciclo de la ruptura relacional seguida por una reparación sentida y con sentido.

La crianza permisiva

Hoy hay expertos en conducta infantil que creen que a veces no estamos viendo una crianza amable y respetuosa sino, más bien, una crianza permisiva.

Hay investigadores que relacionan los problemas de conducta en la escuela y las dificultades en el aula, con la crianza permisiva. Por ejemplo, si el niño espera negociaciones interminables porque la autoridad del adulto ha desaparecido por completo.

El error está al no interpretar que la autoridad del adulto es un problema que exige un nivel imposible y sobrehumano de autocontrol. Hay expertos en salud pública que relacionan las expectativas poco realistas de los padres y madres con los comentarios de que se sienten agotados.
Los padres y madres “suficientemente buenos”

Desesperadamente necesitamos el sabio consejo del psicoanalista Donald Winnicott, que introdujo el liberador concepto de los padres y madres “suficientemente buenos”.

La narrativa cultural sensacionalista de que la crianza amable o respetuosa podría arruinar o malcriar a los hijos, es falsa. Más bien, es la mala interpretación del concepto lo que causa daño. Pero una verdad con sesgo no llega a los titulares.

En última instancia, el adulto no puede pedirle a un niño que se calme o autorregule, si el propio adulto está fuera de control. Si el sistema neurológico del niño colapsa, es importante que el adulto entienda que la solución no es convencerlo con palabras, porque el niño necesita el sistema nervioso del adulto en estado estable y afianzado para poder encontrar el equilibrio. Al brindarle su calma, el adulto le ofrece al niño el mejor regalo que se le podría dar.

Después de todo, más allá de los manuales de expertos, las guías, y los debates, todo niño merece algo que la novelista Toni Morrison supo describir: al menos un adulto cuyos ojos se iluminen al ver que ese niño entra en la habitación.

Jean Clinton, Profesora de clínica, psiquiatría, Universidad McMaster. Artículo republicado desde The Conversation bajo licencia Creative Commons. El artículo original está aquí.

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