Puede parecer la peor estrategia posible frente a una invasión de moscas: fabricar mil millones más y soltarlas deliberadamente sobre Texas. Pero hay una diferencia fundamental. Estas no están allí para reproducirse.
El Departamento de Agricultura de Estados Unidos acaba de superar los 1.000 millones de moscas estériles liberadas desde que comenzó su respuesta contra el gusano barrenador del Nuevo Mundo, una plaga que regresó a territorio estadounidense en junio después de décadas prácticamente ausente. El objetivo es inundar las poblaciones salvajes con insectos incapaces de tener descendencia hasta que el propio ciclo reproductivo de la especie colapse.
La técnica no es experimental. Ayudó a erradicar al gusano barrenador de Estados Unidos en 1966 y volvió a funcionar durante el brote de los Cayos de Florida en 2017. El problema de 2026 no es saber si funciona.
Es conseguir moscas suficientes.
Una hembra puede producir miles de descendientes. La estrategia consiste en hacer que desperdicie su única oportunidad

El nombre del animal resulta engañosamente inocente. Cochliomyia hominivorax deposita sus huevos en heridas de mamíferos y otros animales de sangre caliente. Cuando las larvas nacen, se introducen en el tejido y se alimentan de carne viva, ampliando la herida y pudiendo provocar infecciones graves o la muerte.
La solución desarrollada hace décadas explota una debilidad reproductiva extraordinaria. Las moscas se crían de forma industrial y después son esterilizadas mediante radiación. Los machos se liberan en cantidades enormes para que se apareen con hembras salvajes. Como esas hembras normalmente se aparean una única vez, si el macho elegido es estéril los huevos no producen una nueva generación. Repetido a suficiente escala, cada ciclo deja menos moscas fértiles que el anterior.
Es control biológico convertido prácticamente en una guerra de números. Y esos números pueden cambiar con una velocidad inquietante. El potencial reproductivo del insecto permitió que Estados Unidos pasara de 473 casos registrados en 1971 a cerca de 100.000 al año siguiente, uno de los antecedentes que explica por qué las autoridades no consideran tranquilizador que el brote actual siga siendo relativamente pequeño.
De hecho, el recuento estadounidense ya alcanzaba 49 casos confirmados el 9 de septiembre, tras detectarse uno nuevo en un caballo de Presidio County. La mayoría se han registrado en Texas.
Mil millones parece una barbaridad hasta descubrir cuántas hacen falta cada semana

Aquí aparece el verdadero problema.
La planta de Panamá que durante años sostuvo la barrera continental puede producir alrededor de 100 millones de moscas por semana. Estados Unidos está ampliando instalaciones y México ha recuperado capacidad adicional, pero expertos consultados durante la respuesta estiman que harían falta aproximadamente 500 millones semanales para empujar nuevamente la plaga hacia el sur, hasta la histórica barrera del Tapón del Darién. Es casi exactamente la escala utilizada durante las grandes campañas de erradicación de las décadas de 1960 y 1970.
Aquella infraestructura desapareció en gran medida después de que el programa funcionara. Ahora hay que reconstruirla mientras el insecto ya está avanzando. Una nueva planta estadounidense en Texas debería comenzar a operar en la primavera de 2027, alcanzar unos 100 millones de moscas semanales a finales de ese año y escalar posteriormente hasta 300 millones por semana a finales de 2028.
El incentivo económico tampoco es pequeño. El Banco de la Reserva Federal de Dallas calcula que repetir hoy un brote comparable al de 1972 podría provocar aproximadamente US$2.500 millones en pérdidas solamente en el suroeste estadounidense. Un episodio prolongado comparable al de 1962-1980 superaría los US$6.000 millones.
La siguiente generación de la guerra contra la mosca quiere eliminar directamente a la mitad de las moscas
Hay además una ineficiencia bastante absurda en las fábricas actuales: producen aproximadamente tantos machos como hembras. Para la técnica de esterilidad, las hembras liberadas prácticamente no ayudan. Son los machos los que interesan, porque cada uno puede competir por aparearse con una hembra fértil salvaje.
Ahí entra NovoFly, una nueva cepa desarrollada por científicos del USDA y colaboradores para producir únicamente machos. Ya está avanzando en pruebas de campo en Panamá. Si supera el proceso regulatorio y puede fabricarse a gran escala, permitiría dedicar la misma capacidad industrial a criar aproximadamente el doble de machos útiles sin construir inmediatamente el doble de fábricas.
La paradoja termina siendo difícil de superar. Estados Unidos se enfrenta a una mosca cuyas larvas comen animales vivos, y su arma más probada no consiste en fumigarla ni en diseñar un pesticida nuevo.
Consiste en fabricar cientos de millones de ejemplares de esa misma mosca cada semana, lanzarlos desde aviones y confiar en que sean tan numerosos que la próxima generación simplemente nunca llegue a existir.