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Ciencia

Los niños de los años 60 y 70 crecieron con algo que hoy casi ha desaparecido: horas enteras sin adultos encima. La psicología lleva años estudiando qué perdimos con esa autonomía

Salir en bicicleta, resolver una pelea sin llamar a los padres o aburrirse durante horas eran experiencias mucho más habituales hace unas décadas. La ciencia no demuestra que aquella generación fuera “más fuerte”, pero sí encuentra algo interesante: autonomía, juego libre y riesgos controlados pueden ayudar a desarrollar autorregulación.
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“Vuelve cuando se haga de noche”. Para millones de niños que crecieron hace medio siglo, una frase parecida podía ser toda la planificación necesaria para pasar una tarde fuera de casa.

No había GPS en el bolsillo, grupos de WhatsApp familiares ni adultos organizando cada minuto. Había bicicletas, parques, discusiones entre amigos, aburrimiento y pequeños problemas que, muchas veces, había que solucionar sin pedir ayuda inmediatamente.

Es tentador convertir ese recuerdo en una afirmación mucho mayor: que los niños de las décadas de 1960 y 1970 eran emocionalmente más fuertes porque sus padres prácticamente los dejaban solos. La psicología, sin embargo, no permite llegar tan lejos. No existe evidencia que demuestre que esas generaciones fueran más resilientes por haber recibido menos atención parental.

Lo que sí está apareciendo en diferentes investigaciones es algo más matizado: cuando los adultos eliminan sistemáticamente la autonomía, el juego libre y cualquier dificultad manejable, los niños pierden oportunidades para practicar habilidades que después necesitarán solos.

52 estudios encontraron una relación entre sobreprotección, ansiedad y depresión

Los niños de los años 60 y 70 crecieron con algo que hoy casi ha desaparecido: horas enteras sin adultos encima. La psicología lleva años estudiando qué perdimos con esa autonomía
© Vintage Portland.

Qi Zhang, de la Universidad de Wisconsin-Madison, y Wongeun Ji analizaron 52 artículos científicos sobre lo que la literatura denomina overparenting: una crianza caracterizada por un grado elevado de intervención, control o protección.

El metaanálisis encontró asociaciones pequeñas pero estadísticamente significativas entre esa sobreprotección y la depresión (r=0,15), la ansiedad (r=0,14) y otros síntomas internalizantes (r=0,19). La edad media de los participantes rondaba los 20 años.

Eso no significa que unos padres pendientes de sus hijos provoquen automáticamente ansiedad.

Una revisión sistemática independiente publicada en 2022 llegó precisamente a esa advertencia: la mayoría de los estudios encuentra una relación entre crianza sobreprotectora y ansiedad o depresión, pero buena parte de la evidencia es transversal. No permite determinar con seguridad qué ocurrió primero. Un hijo ansioso también puede provocar que sus padres incrementen la vigilancia y el control.

La diferencia importante, por tanto, no está entre “cuidar” y “abandonar”, sino entre proteger de un peligro real y resolver constantemente dificultades que el niño podría intentar manejar por sí mismo.

El juego libre parece hacer algo que una agenda llena de actividades no puede sustituir

Los niños de los años 60 y 70 crecieron con algo que hoy casi ha desaparecido: horas enteras sin adultos encima. La psicología lleva años estudiando qué perdimos con esa autonomía
© AADL.

Uno de los resultados más interesantes llegó de Australia. Yeshe Colliver y sus colegas siguieron a 2.213 niños utilizando datos longitudinales y analizaron cuánto tiempo dedicaban al juego libre y no estructurado cuando tenían entre dos y cinco años.

Los niños que pasaban más tiempo realizando determinadas formas de juego no estructurado mostraron mejor autorregulación dos años después, incluso al controlar su nivel previo de autorregulación y otros factores conocidos. Entre los preescolares, pasar entre una y cinco horas en juego activo no estructurado también predijo mejores resultados posteriores.

También está el llamado “juego arriesgado”: trepar alto, correr rápido, explorar, forcejear jugando o alejarse lo suficiente como para sentir cierta independencia.

Una revisión sistemática de 21 trabajos dirigida por Mariana Brussoni encontró efectos generalmente positivos del juego arriesgado al aire libre sobre distintos indicadores de salud y comportamiento, aunque los investigadores advertían que la calidad de la evidencia disponible todavía era limitada.

No se trata de dejar que un niño cruce una autopista para “hacerlo resiliente”. Se trata de permitir riesgos adecuados a su edad cuyas consecuencias pueda evaluar y gestionar.

Y no todo es culpa de los padres: nuestras ciudades también quitaron libertad a los niños

La infancia tampoco cambió únicamente porque los padres decidieran vigilar más. Un gran proyecto financiado por la Nuffield Foundation comparó la movilidad independiente de más de 18.000 niños de entre 7 y 15 años en 16 países. Encontró fuertes restricciones a la posibilidad de desplazarse y jugar sin adultos en casi todos ellos. El tráfico apareció como el principal factor que condicionaba las decisiones de los padres.

Eso introduce una diferencia fundamental.

Un niño que podía recorrer solo su barrio en 1970 quizá no tenía simplemente unos padres “menos protectores”: también vivía en un entorno diferente, con otras condiciones de tráfico, diseño urbano y percepción del espacio público.

Por eso la ciencia no dice que debamos recuperar la crianza de los años 60 ni romantizar una época en la que también existían negligencia y riesgos evitables.

La lección es más incómoda para la crianza moderna: los niños no pueden aprender autonomía si nunca tienen ocasión de ejercerla. Resolver problemas, soportar una pequeña frustración, calcular un riesgo o descubrir cómo salir de una pelea con un amigo son habilidades. Y como cualquier habilidad, necesitan práctica.

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