Verano de 1961. Un tipo llamado Bryan Smith entra en la Universidad de Yale en New Haven, Connecticut. Smith no tenía ni la menor idea de que pasada una hora iba a ser el responsable de torturar a una persona sin razón alguna.

Bryan, funcionario de 47 a√Īos, estaba en el centro respondiendo a la llamada de un anuncio en el peri√≥dico local:

Pagaremos a quinientos hombres de New Haven para que nos ayuden a completar un estudio científico sobre la memoria y el aprendizaje.

Dicho pago, por aproximadamente una hora, fue de cuatro dólares (más 50 centavos de viaje). Smith había enviado el formulario de solicitud a la dirección que figuraba en el anuncio. Unos días más tarde, recibió una llamada telefónica donde se le invitaba a participar.

Image: El anuncio para reclutar participantes en 1961 (Wikimedia Commons)

Lo que siguió fue uno de los experimentos más controvertidos en la historia de la psicología. Nunca existirá consenso. Algunos consideran que se trata del experimento más importante que se haya realizado sobre el comportamiento humano, mientras que otros piensan que nunca se debería haber permitido seguir adelante.

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Sea como fuere, en muy poco tiempo pas√≥ a ser conocido simplemente como el ‚ÄúExperimento de Milgram‚ÄĚ despu√©s de que el profesor de 27 a√Īos, Stanley Milgram, lo dise√Īara tras meses de estudio.

Ha pasado mucho tiempo, pero incluso hoy es tan conocido que se suele cita con cierta regularidad en todo tipo de reportajes y estudios sobre, por ejemplo, el genocidio en Ruanda, los casos de tortura en Irak, o el mismísimo nazismo, del que como veremos, sirvió de germen del propio estudio.

Preparando el experimento

Image: Wikimedia Commons

Cuando Smith entr√≥ en el laboratorio lo recibi√≥ la persona que conduc√≠a el experimento, un joven con bata gris, y se present√≥ al segundo participante que hab√≠a llegado antes que √©l: Jack Hill, un contable de 50 a√Īos de West Haven.

El tipo de la bata comenzó explicando el propósito del experimento a los participantes:

Lo he dise√Īado para medir los efectos del castigo en el √©xito del aprendizaje. Para lograr esto, uno de ustedes tiene que interpretar al profesor y el otro al alumno.

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As√≠ fue como logr√≥ que Smith y Hill sortearan para determinar qu√© papel desempe√Īar√≠a cada uno. Sin embargo, lo que Smith no sab√≠a era que el empate estaba ama√Īado: en ambos papeles hab√≠a escrito un ‚Äúprofesor‚ÄĚ. De hecho, Hill era un actor que se hac√≠a pasar por el segundo participante de la prueba.

Para el experimento que Milgram quería llevar a cabo era esencial que el participante involuntario, Smith, interpretara el papel de profesor.

Image: Milgram con su ‚Äúm√°quina‚ÄĚ (Chronicle)

Milgram llev√≥ a Hill a una habitaci√≥n lateral, espacio donde lo at√≥ a una silla que se parec√≠a mucho a una el√©ctrica. A su mu√Īeca izquierda conect√≥ un electrodo que, explic√≥ a Smith, ‚Äúest√° conectado a un generador en la sala principal‚ÄĚ. Hill ten√≠a la suficiente libertad de movimiento con su mano derecha como para permitir que sus dedos alcanzaran un dispositivo en la mesa que ten√≠a cuatro botones.

Cuando Hill le pregunt√≥ a Milgram delante de Smith lo fuertes que ser√≠an las descargas el√©ctricas, se le dijo que aunque ser√≠an ‚Äúextremadamente dolorosas‚ÄĚ, no causar√≠an ‚Äúda√Īos permanentes en los tejidos‚ÄĚ.

De vuelta a la sala principal, Milgram le explic√≥ a Bryan lo que se ped√≠a de √©l en el experimento. Usando un sistema de intercomunicaci√≥n, le le√≠a a Hill, en la habitaci√≥n contigua, un par de palabras, por ejemplo ‚Äėcaja azul‚Äô, ‚Äėbuen d√≠a‚Äô, ‚Äėpato salvaje‚Äô‚Ķ. Luego, en un segundo an√°lisis, Smith solo dar√≠a una palabra de cada par.

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La tarea de Hill consist√≠a en recordar la otra palabra en cada caso. De esta forma, cuando Smith dec√≠a ‚Äėazul‚Äô y luego le daba a Hill cuatro opciones: ‚Äėd√≠a‚Äô, ‚Äėcaja‚Äô, ‚Äėcielo‚Äô y ‚Äėpato‚Äô, deb√≠a elegir la correcta presionando uno de los botones.

Si Hill presionaba el botón correcto, Smith debía continuar con la siguiente palabra en la lista.

Sin embargo, si se equivocaba debía castigarlo dándole una descarga eléctrica.

El experimento

El primer error le costaría una descarga de 15 voltios, el segundo 30 voltios, el tercero 45 voltios… hasta una corriente máxima de 450 voltios.

Para administrar los choques, Smith tenía un dispositivo frente a él que estaba equipado con una fila completa de interruptores y una placa de serie que decía:

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Generador de choques, tipo ZLB, Dyson Instrument Company, Waltham, Massachusetts, salida 15 voltios -450 voltios

Lo cierto es que Milgram tuvo la idea del experimento un a√Īo antes, en 1960, cuando todav√≠a era estudiante en la Universidad de Princeton en Nueva Jersey. Su tutor en el centro, el psic√≥logo Solomon Asch, demostr√≥ a trav√©s de otro experimento que m√°s tarde se hizo extremadamente conocido la enorme presi√≥n que un grupo puede ejercer sobre un individuo.

En aquel experimento de Asch los participantes dieron respuestas que sabían que debían estar equivocadas en un juego de adivinanzas solo para estar en línea con el resto del grupo.

Milgram estaba dispuesto a seguir dicho experimento, aunque probando el efecto de la presi√≥n del grupo en una situaci√≥n menos inocua, m√°s al l√≠mite. El hombre se pregunt√≥: ¬ŅSe podr√≠a inducir a un participante de la prueba a que cause dolor a otra persona sin ninguna raz√≥n aparente?

El profesor realizó algunas pruebas preliminares para averiguar lo lejos que irían los participantes en ausencia de la presión del grupo. Lo que surgió de estas pruebas fue que no había absolutamente ninguna necesidad de un grupo: una sola persona lo haría.

Image: Milgram (Yale)

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Por supuesto, Smith no sabía nada de todo esto cuando le dio a Hill una descarga de 15 voltios después de su primer error. Hill cometió más errores y Smith aumentó el voltaje de manera constante, a una media de 15 voltios cada vez, tal como se le había indicado antes del experimento.

Tras la descarga de 120 voltios, Hill le dijo al tipo de la bata a través del intercomunicador que las descargas se estaban volviendo dolorosas. A 150 voltios, gritó con todas sus fuerzas:

Por favor, ¡sáquenme de aquí, no soporto el dolor! ¡No quiero seguir en este experimento! ¡Me niego a seguir!

A 180 voltios:

¬°No puedo m√°s, no soporto el dolor!

Cuando la corriente alcanzó los 270 voltios, el sonido de la voz desgarradora de Hill se escuchaba sin necesidad del intercomunicador. El hombre gritaba de dolor y dijo que no respondería a más preguntas.

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En ese instante, Smith gir√≥ la cabeza y se dirigi√≥ al evaluador de la prueba, quien simplemente dijo ‚ÄúPor favor, contin√ļe‚ÄĚ, d√°ndole instrucciones para que tratara la falta de respuesta de Hill como si fuera una equivocada y castigar al estudiante con una nueva descarga.

Image: Milgram Experiment (Yale)

Smith no sabía qué hacer, se movía de forma nerviosa en su silla e incluso soltó alguna risa, y sin embargo, continuó con el plan establecido. Hill ahora se negaba a dar más respuestas y se limitaba a chillar con fuerza en cada descarga eléctrica.

En un momento dado, Smith se dirigió al hombre de la bata una vez más y le preguntó:

¬ŅDe verdad tengo que seguir estas instrucciones literalmente?

El hombre le respondi√≥: ‚ÄúEl experimento requiere que contin√ļes‚ÄĚ. Y Smith continu√≥. Cuando lleg√≥ a los 330 voltios, Hill se qued√≥ en silencio. Smith dud√≥, e incluso lleg√≥ a hacerle una oferta a medias para intercambiar lugares con el pobre hombre antes de continuar con las descargas. El tipo de la bata se neg√≥ explicando que el experimento deb√≠a continuar de la misma forma.

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Debajo del interruptor basculante que iba a enviar 375 voltios hab√≠a una se√Īal de advertencia que dec√≠a ‚ÄúPeligro: descarga extremadamente grave‚ÄĚ. Sin embargo, Smith continu√≥ hasta el √ļltimo interruptor que enviaba 450 voltios.

Si has llegado hasta aquí es posible que te preguntes si Smith no sería, desafortunadamente, un tipo al que le faltaba un tornillo que vino a caer en el maldito experimento.

Image: Yale

Lo cierto es que √©l no fue la √ļnica persona que aplic√≥ descargas el√©ctricas potencialmente fatales en el verano de 1961 solo porque un experimentador le ordenaba hacerlo.

Existieron muchos m√°s, como el soldador Steven Reeve, el estudiante Stefan Green, la profesora Martha Lots o la desempleada Elizabeth Perths, y todos llegaron hasta el temible final. Fueron un total de m√°s de 1.000 sujetos de prueba quienes participaron en el experimento de Milgram en sus diferentes formas.

Dos tercios de ellos llegaron a entregar una descarga de 450 voltios.

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Por cierto, Milgram se equivocó con los resultado que esperaba; de hecho, todo el mundo lo hizo. En conferencias posteriores, el hombre describió las bases del experimento con todo lujo de detalles y luego preguntaba a la audiencia cuál pensaban que sería el resultado.

Ninguno de los psicólogos o los asistentes llegaron a predecir lo dispuestas que estaban las personas a seguir a ciegas las órdenes. La mayoría estimó que nadie sería capaz de ir más allá de los 150 voltios.

Resultados

Image: Valores del experimento de Milgram de 1961 (Wikimedia Commons)

Milgram sab√≠a que su experimento era sensacional, o quiz√°s la palabra m√°s certera sea ‚Äúrompedor‚ÄĚ, pero desde un punto de vista cient√≠fico ten√≠a un grave problema: no resolv√≠a una sola cuesti√≥n ni confirmaba una sola teor√≠a.

Las revistas de psicolog√≠a rechazaron publicarlo dos veces. Tan solo cuando Milgram, en un tercer intento, describi√≥ varias versiones diferentes del experimento y las compar√≥ entre s√≠, su trabajo apareci√≥ finalmente impreso bajo el t√≠tulo de ‚ÄúEstudio de la conducta de la obediencia‚ÄĚ en el Journal of Abnormal and Social Psychology en 1963.

El profesor realizó el experimento en aproximadamente 20 variaciones diferentes. En una de ellas, un estudiante se quejó de que tenía el corazón débil, mientras que en otra, el experimento se llevó a cabo en un edificio de oficinas del campus de la universidad. A veces, las mujeres eran las que enviaban las descargas eléctricas. Y sin embargo, y aunque se modificó en numerosas ocasiones, el resultado siguió siendo el mismo: más de la mitad de los sujetos de prueba llegaban a la descarga máxima.

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En otras versiones del experimento, el estudiante estaba en la misma sala que el sujeto de prueba del ‚Äúprofesor‚ÄĚ. En estos casos el grado de cumplimiento disminuy√≥ notablemente, e incluso fue sorprendente que cuando el experimentador ordenaba al sujeto de la prueba que presionara personalmente la mano del estudiante sobre la placa met√°lica que transmit√≠a la corriente, un tercio de ellos segu√≠a llegando hasta la marca de los 450 voltios.

La proximidad física a la víctima parecía jugar un papel importante, aunque un factor más significativo era la presencia del evaluador. Cuando el experimento cambió a dar los avisos por teléfono, solo uno de cada cinco sujetos cumplió.

¬ŅSomos realmente malos?

Image: Wikimedia Commons

Tan pronto como Milgram public√≥ sus experimentos, se hicieron p√ļblicos en todo el mundo. Los peri√≥dicos recogieron la historia y cada uno interpret√≥ a su manera los resultados. La pregunta candente era si las personas en la vida real actuaban de la misma manera que los sujetos de prueba aparentemente intimidados.

Ha pasado más de medio siglo desde entonces, y diríamos que sigue sin existir un consenso sobre ello. El propio Milgram relacionó constantemente el experimento con las atrocidades nazis en la Segunda Guerra Mundial. Desde el mismo momento en que el terrible conflicto terminó, el mundo había buscado formas de explicar el Holocausto.

Milgram estaba convencido de que una más que posible explicación era precisamente la propensión a seguir órdenes inherentes a todos nosotros.

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Curiosamente, la publicaci√≥n de su estudio coincidi√≥ con los informes de la fil√≥sofa Hannah Arendt sobre el juicio en Jerusal√©n del criminal de guerra nazi, Adolf Eichmann. En los art√≠culos que escribi√≥ para la revista New Yorker, Arendt present√≥ el concepto de la ‚Äúbanalidad del mal‚ÄĚ. La mujer afirmaba que Eichmann no era ‚Äúel monstruo s√°dico que la fiscal√≠a trat√≥ de pintar, sino un bur√≥crata sin imaginaci√≥n que simplemente hab√≠a estado cumpliendo con su deber‚ÄĚ.

Image: Eichmann en la prisión de Jerusalén (Wikimedia Commons)

Sus palabras coincid√≠an perfectamente con los hallazgos del experimento de Milgram. Sus participantes en el examen no fueron especialmente agresivos ni obtuvieron ning√ļn placer al administrar descargas el√©ctricas a los estudiantes.

Todo lo contrario, de hecho: muchos de ellos estaban ansiosos, comenzaron a sudar o discutían con aquel hombre en bata que hacía de dios. Sin embargo, muy pocos fueron lo suficientemente fuertes como para limitar el experimento. Estaba claro que la gente consideraba la desobediencia como un acto tan radical que preferirían deshacerse de sus convicciones morales más fundamentales.

Milgram concluy√≥ que la clave del comportamiento de los sujetos no reside en la ira o la agresi√≥n reprimidas, ‚Äúsino en la naturaleza de su relaci√≥n con la autoridad‚ÄĚ.

Para el mes de septiembre de 1961, poco después de que empezaran a surgir los resultados impactantes de su estudio, Milgram escribió una carta al organismo que lo financiaba, la National Science Foundation, en la que expresó lo siguiente:

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Una vez me pregunté si en todo Estados Unidos habría un gobierno vicioso que podría encontrar la suficiente moral para ello. Imbéciles para cumplir con los requisitos del personal de un sistema nacional de campos de exterminio, del tipo que se mantuvo en Alemania. Ahora estoy empezando a pensar que esta posibilidad al completo podría ser reclutada en New Haven.

Image: Wikimedia Commons

La vinculación de Milgram y su experimento con el Holocausto lo convirtió en una figura controvertida, pero mucho más perjudicial fue la crítica de que su experimento había sido poco ético, en concreto, la cuestión que aludía a la cantidad de estrés a la que debía someterse un participante en la prueba.

Algunos de sus colegas pensaron que hab√≠a ido demasiado lejos, y aunque el propio Milgram hab√≠a anticipado que se le iban a llegar cr√≠ticas por todos lados, se sinti√≥ profundamente decepcionado de que no se le diera cr√©dito alguno a la atenci√≥n con la que hab√≠a dise√Īado el experimento.

Lo cierto es que al final de los mismos, todos de una hora de duración, se traía al estudiante de la habitación de al lado y se le decía al sujeto de la prueba que, de hecho, no había recibido ninguna descarga eléctrica.

En un estudio de seguimiento posterior, el profesor llegó a entrevistar a todos los que habían participado sobre su actitud con respecto a su participación. Menos del 2% dijo que deseaban no haberse involucrado nunca en el estudio.

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No obstante, en la actualidad no habría posibilidad de repetir el experimento bajo los mismos parámetros: el furor que surgió durante la prueba de Milgram determinó una serie de pautas éticas estrictas sobre la admisión de los experimentos impuestos en todas las universidades.

Hoy, muy pocos de los que participaron directamente est√°n dispuestos o son capaces de explicar lo que sucedi√≥ durante el experimento. De los m√°s de 1.000 ‚Äúvoluntarios‚ÄĚ, los que a√ļn est√°n vivos son reacios a hablar de ello. En parte porque los datos de Milgram, traducidos de forma an√≥nima, se almacenan en archivos de √≠ndice en la biblioteca de Yale.

Todos los nombres de los participantes que surgen en relación con los experimentos se han cambiado, incluso los de este artículo.

Image: Effectiviology

Uno de los pocos testigos contemporáneos fue el asistente de investigación de Milgram, Alan Elms, luego profesor de psicología en la Universidad de California. El hombre ha explicado en varias ocasiones que muchas personas todavía reaccionan con una mezcla de fascinación y repugnancia cuando descubren que estuvieron involucrados en el experimento.

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Bueno, el propio Milgram pagó un alto precio por, quizás, revelar a la humanidad una verdad desagradable sobre lo que somos, o podemos llegar a ser.

Con los a√Īos fue nombrado profesor asistente en la Universidad de Harvard, pero nunca pudo obtener un puesto permanente en el centro. En 1967 se traslad√≥ a la menos prestigiosa City University de Nueva York, lugar donde muri√≥ de insuficiencia card√≠aca en 1984, con 51 a√Īos.

Poco antes de su muerte, su esposa se convirti√≥ en abuela por primera vez. La mujer le dijo a un periodista que el segundo nombre de su nieto era Stanley. Cuando el periodista le pregunt√≥ por qu√© ese no era el primer nombre del ni√Īo, ella respondi√≥: ‚ÄúCreo que ser√≠a una carga ir por la vida con el nombre de Stanley Milgram‚ÄĚ.

[Journal of Abnormal and Social Psychology, Wikipedia, New Yorker, Case Studies and the Dissemination of Knowledge, The Atlantic]