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Ciencia

Son “inmortales”, pero todo lo vivo muere: la gran paradoja de los átomos y por qué importa más de lo que crees

Los átomos duran muchísimo más que cualquier forma de vida conocida, pero eso no los convierte en eternos. La ciencia tiene una explicación fascinante para esta aparente contradicción
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La idea de que nada se crea ni se destruye acompaña al pensamiento humano desde tiempos remotos. Y cuando miramos de cerca la materia que compone todo lo que existe —incluidos nosotros— aparece una pregunta imposible de ignorar: si los átomos son casi eternos, ¿por qué las cosas vivas no lo son? La respuesta conecta el Big Bang, la física cuántica y los límites mismos de lo que llamamos vida.

El viaje de los átomos desde el Big Bang hasta nuestros cuerpos

Big Bang
© NASA Hubble Space Telescope – Unsplash

La mayoría de los átomos que componen el universo nacieron en los primeros instantes posteriores al Big Bang. No existían como materia, sino como energía extremadamente densa que, al enfriarse, se reorganizó en las primeras partículas estables. Desde entonces, protones, neutrones y electrones se han combinado para formar los átomos que hoy encontramos en el agua, las rocas, las plantas y en todo ser vivo.

Sin embargo, estos átomos no son bloques estáticos. Un átomo está formado por un núcleo —con protones y neutrones— y una nube de electrones alrededor. Esa estructura puede cambiar. Hay elementos que se transforman en otros cuando pierden o ganan partículas, y eso implica que su “identidad” química evoluciona. El potasio, por ejemplo, puede descomponerse en calcio. En cierto sentido, el átomo original sigue existiendo, aunque transformado, igual que un objeto sigue siendo reconocible incluso si se rompe una parte.

Esta capacidad de mutación plantea una pregunta curiosa: si los átomos cambian, ¿se destruyen realmente? Desde un punto de vista físico, la mayoría de ellos no. Incluso el átomo más simple, el hidrógeno, parece tener una resistencia extraordinaria a desaparecer. Los cálculos más aceptados indican que un protón podría tardar más de 10³⁴ años en desintegrarse. Es una cifra tan gigantesca que supera por un factor absurdo la edad del propio universo. Para cualquier escala humana, estos átomos son indistinguibles de lo inmortales.

Pero esa aparente eternidad puede romperse de dos formas: en experimentos extremos como los del CERN, donde se destruyen átomos en colisiones de altísima energía, o mediante sucesos naturales raros como el impacto de rayos cósmicos de enorme potencia. En esas situaciones, la estructura del átomo se “funde” en un estado primitivo compuesto de quarks y gluones, perdiendo por completo su forma original. Aun así, esto ocurre tan poco en la naturaleza que la mayoría de los átomos del planeta seguirán existiendo mucho después de que desaparezcamos.

Aquí aparece la paradoja: si los átomos duran tanto tiempo, ¿por qué la vida no?

La vida no muere por sus átomos: muere por lo que hacen esos átomos unidos

Atomos Se Transforman
© Terry Vlisidis – Unsplash

Comprender por qué los seres vivos mueren exige distinguir entre la materia de la que están hechos y lo que esa materia hace cuando está organizada de cierta manera. Un átomo aislado no está vivo, igual que una estrella no lo está. Pero cuando ciertos átomos se combinan de una forma extraordinariamente compleja —como ocurre en una célula— surgen propiedades nuevas: memoria, reproducción, cooperación, competencia. Esas dinámicas, no los átomos en sí, son las que definen a la vida.

Un copo de nieve puede existir un tiempo antes de derretirse, pero no puede originar otros copos que a su vez construyan ecosistemas enteros. En cambio, una bacteria sí puede generar nuevas bacterias que transformen su entorno. Esa capacidad de transmisión, acumulación de cambios y respuesta al entorno es lo que distingue a la vida de un simple conjunto de átomos colocados al azar.

Los seres vivos envejecen y mueren porque la maquinaria que mantiene ese orden interno va acumulando errores, daños y límites biológicos. El ADN se degrada, las células pierden eficiencia, los sistemas que reparan nuestro cuerpo tienen fecha de caducidad. Los átomos permanecen, pero la organización que los hace “vida” pierde coherencia. La muerte no destruye los átomos: rompe la estructura que les daba su comportamiento vivo.

Estos son los diferentes caminos que siguen esos átomos cuando la vida desaparece:

  • Muchos vuelven al suelo y alimentan microbios.
  • Otros pasan a plantas o animales.
  • Algunos forman parte de rocas, ríos o atmósferas.
  • Otros regresan al cosmos en forma de partículas dispersas.

De una forma u otra, continúan su viaje durante miles de millones de años. Nosotros desaparecemos, pero no ellos.

Esta perspectiva tiene algo de poético. Los átomos de nuestro cuerpo han pasado por estrellas, océanos y criaturas que nunca conoceremos. Y después de nuestra muerte seguirán recorriendo el planeta y otros organismos. En cierto modo, somos un instante dentro del largo viaje de la materia. La vida es mortal, pero los átomos que la sostienen no lo son a nuestra escala.

Quizá lo más sorprendente es que esta colección de átomos, organizada de una forma improbable y temporal, tiene la capacidad de preguntarse por su propia existencia. Puede que seamos la única combinación de materia conocida que reflexiona sobre la muerte… y sobre la aparente eternidad de aquello que nos compone.

[Fuente: BBC]

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