La muerte del Sol queda muy lejos, pero no es una hipótesis abstracta. Dentro de unos 5.000 millones de años, nuestra estrella agotará el hidrógeno de su núcleo, se hinchará hasta convertirse en una gigante roja y terminará como una enana blanca. Mercurio y Venus desaparecerán casi con seguridad. La Tierra podría correr la misma suerte. Pero los planetas gigantes, como Júpiter o Saturno, quizá tengan un destino más largo y extraño.
Esa es la pista que deja un nuevo estudio publicado en Nature sobre WD 1856 b, un exoplaneta gigante que orbita una estrella muerta a unos 80 años luz de la Tierra. Según la Universidad de St Andrews, el hallazgo ofrece una ventana al futuro de planetas como Júpiter después de la muerte del Sol, porque muestra que algunos mundos pueden sobrevivir al final de su estrella y seguir evolucionando durante miles de millones de años.
Un planeta donde no debería quedar nada
WD 1856 b ya era un objeto raro desde su descubrimiento en 2020 con TESS y Spitzer. Es un planeta de tamaño parecido a Júpiter, pero orbita una enana blanca llamada WD 1856+534. La comparación es desconcertante: tal como explica la Universidad de St Andrews citando al autor principal, Ryan MacDonald, el planeta es unas siete veces más grande que su estrella anfitriona, porque la enana blanca tiene un tamaño similar al de la Tierra.
Lo extraño no termina ahí. WD 1856 b completa una órbita cada 34 horas y está a menos de 3 millones de kilómetros de su estrella, unas 50 veces más cerca de lo que la Tierra está del Sol. Si el planeta hubiera estado siempre ahí, la estrella lo habría destruido al expandirse como gigante roja. Por eso, desde hace años, los astrónomos manejaban dos posibilidades: o sobrevivió dentro de la envoltura de la estrella moribunda, o se formó mucho más lejos y migró hacia dentro después.
El nuevo trabajo inclina la balanza hacia la segunda opción.
Webb vio una atmósfera alrededor de una estrella muerta
Para resolver el misterio, los investigadores usaron el espectrógrafo NIRSpec del telescopio espacial James Webb durante un tránsito de WD 1856 b frente a su estrella. No era una observación sencilla: según Nature, el tránsito duró apenas ocho minutos, pero permitió obtener un espectro entre 0,5 y 5 micrones y detectar por primera vez la atmósfera de un planeta que orbita una enana blanca.
La NASA también destaca ese punto: Webb midió la composición del planeta cuando pasó frente a su estrella y encontró señales de metano en su atmósfera. Además, como la enana blanca tiene un tamaño similar al terrestre, el planeta bloquea más de la mitad de su luz durante el tránsito, una geometría rarísima que ayuda a estudiar el sistema con una precisión poco común.
El estudio publicado en Nature detectó hidrocarburos, aerosoles y emisión térmica procedente del lado nocturno del planeta. El análisis también estima que WD 1856 b tiene entre 4,3 y 10,9 masas de Júpiter, una atmósfera enriquecida en carbono y una temperatura efectiva de entre 390 y 412 kelvin, muy por encima de los 160 kelvin que tendría si solo recibiera energía de la débil enana blanca.
La pista estaba en el calor

Ese exceso de temperatura es la pieza clave. Si el planeta está demasiado caliente para la poca luz que recibe, ese calor tuvo que venir de otro episodio. La Universidad de St Andrews explica que los investigadores reconstruyeron la historia térmica de WD 1856 b con modelos de enfriamiento planetario y concluyeron que el calentamiento ocurrió entre 3.000 y 5.500 millones de años después de que la estrella ya se hubiera convertido en una enana blanca.
Ese dato prácticamente descarta que el planeta sobreviviera dentro de la gigante roja. Si el calor viniera de haber sido tragado parcialmente por la estrella, el episodio habría coincidido con la muerte estelar. Pero ocurrió mucho después. La explicación más probable, según Nature, es una migración de alta excentricidad: el planeta habría permanecido durante miles de millones de años en una órbita segura y distante, hasta que interacciones gravitatorias lo empujaron hacia dentro y las fuerzas de marea lo calentaron durante el proceso.
La propia Universidad de St Andrews recoge la explicación de Christopher O’Connor, de Northwestern University: al moverse hacia el interior, las interacciones con la fuerte gravedad de la enana blanca habrían calentado considerablemente el planeta, que desde entonces se ha ido enfriando.
El “continuará” del Sistema Solar
La lectura para nuestro vecindario cósmico es fascinante. Este sistema no nos dice exactamente qué ocurrirá con Júpiter, Saturno, Urano o Neptuno cuando muera el Sol. Pero sí demuestra que la historia de un sistema planetario no termina cuando su estrella deja de brillar como antes.
La ESA lo resume de forma clara: las observaciones de Webb ofrecen una primera ventana al futuro de planetas como Júpiter después de la muerte del Sol. No porque WD 1856 b sea una copia de nuestro Sistema Solar, sino porque muestra un mecanismo posible: planetas gigantes que sobreviven a la fase de gigante roja, permanecen lejos durante miles de millones de años y luego cambian de órbita por interacciones gravitatorias.
Todavía faltan más datos. La Universidad de St Andrews señala que el equipo ya observó cuatro tránsitos adicionales con Webb para estudiar mejor la química atmosférica de WD 1856 b. Esa segunda mirada puede revelar si este planeta es una rareza extrema o el primer ejemplo detallado de una población más amplia de mundos que siguen activos alrededor de estrellas muertas.
Por ahora, el hallazgo deja una idea poderosa: la muerte de una estrella no borra necesariamente todo lo que la rodea. A veces solo cambia el escenario. Y en ese escenario, algunos planetas pueden seguir moviéndose, calentándose y escribiendo una historia nueva cuando su sol ya se apagó.