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Testículos que explotan o penes de cuatro cabezas: la vida sexual más extrema del reino animal

Imagen: Jim Cooke (GMG

Aunque la práctica del sexo sea para los humanos algo gratificante (normalmente), en el reino animal se puede convertir en algo muy distinto. Para algunas especies, el acto sexual se podría equiparar a algo a medio camino entre una película de Tarantino y un film gore de serie Z.

Hace unos meses contábamos lo duro que puede llegar a ser para algunos animales practicar sexo. El panda, por ejemplo, tiene “el tiempo en contra”. Las hembras entran en celo una vez al año, y tienden a estar abiertas a la atención del macho entre un par de días y una semana (como mucho). Y la hembra solo es fértil por entre 24 y 36 horas de este tiempo, lo cual no deja mucho margen para la reproducción.

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Imagen: Chinche (AP)

¿Y los chinches? Los machos son una especie de Steven Seagal del reino animal. En vez de molestarse por encontrar un tracto reproductivo, simplemente “acuchillan” a su pareja con su miembro tipo aguja, clavándolo en la pared abdominal e inyectando el esperma directamente dentro de su cuerpo.

Una vez dentro, el esperma fluye dentro de la hemolinfa, el equivalente a la sangre en los chinches, hasta que encuentra los ovarios. Y no solo estas punzadas dejan heridas abiertas con riesgos de infección para la hembra, sino que además el pene como aguja no está exactamente limpio, y puede introducir todo tipo de patógenos dentro del cuerpo de la hembra.

Hablemos ahora de los antequinos (o ratones marsupiales dentones) de los que Australia y Tasmania cuentan con hasta 13 especies. Durante dos semanas cada temporada de apareamiento, un macho se apareará tanto como sea físicamente posible, a veces teniendo relaciones sexuales por hasta 14 horas seguidas, pasando de una hembra a otra.

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Y toda esa testosterona acelera su producción de hormonas del estrés a la sobreestimulación, razón por la que acaba impactando en su sistema inmunológico, bloqueándolo y haciéndolo extremadamente vulnerable a enfermedades e infecciones.

De hecho, muchas veces el antequino muere antes de que nazcan sus crías. Los científicos llaman a esta técnica de apareamiento kamikaze “reproducción suicida”.

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Un antequino
Imagen: Katrin Solmdorff (CC BY-SA 3.0)

Y es que para muchas especies, el sexo literalmente mata. Veamos el caso de la abeja macho. Su trabajo principal es emparejarse con la reina, aunque tristemente lo hará una sola vez. ¿La razón? Durante el acto, sus órganos reproductivos son arrancados y sus testículos explotan. En el proceso, su semen se dispara a través de su oviducto, espacio donde la reina lo almacena para su uso posterior.

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Al menos es una muerte rápida, especialmente en comparación con algunos peces rape de alta mar, como el denominado demonio marino de triple verruga (Cryptopsaras couesii).

Las relaciones en esta especie vuelven a tener una clara tendencia de poder femenino, en este caso reduciendo al macho a lo más insignificante. Y es que cuando un macho en estado adulto encuentra una hembra, deja de actuar como organismo independiente y se convierte en un parásito, uniéndose a la piel de la hembra.

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Cryptopsaras couesii
Imagen: Dominio

En el proceso, su cuerpo se encoge. Pierde sus ojos, aletas y la mayoría de los órganos internos hasta que, en última instancia, se convierte en un banco de esperma portátil para la hembra. Desde ese momento, ya no se alimentará por sí mismo, sino que dependerá de la sangre de la hembra para su nutrición. A cambio del alimento que se le provee, el macho producirá ese esperma para fertilizar los óvulos de la hembra.

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Afortunadamente, no todos los machos lo tienen tan difícil. El equidna de hocico corto o australiano (Tachyglossus aculeatus) sobrevive al apareamiento. Eso sí, su vida sexual es de todo menos ordinaria. Se alineará con alrededor de otros 9 machos y seguirá a una sola hembra hasta un mes durante la temporada de apareamiento.

Y entonces llega la parte interesante. Las hembras tienen un tracto reproductivo bifurcado. Pero eso no disuade a los machos… porque tienen un pene de 4 cabezas, y cada cabeza actúa como si fuera un pequeño fusil. Durante el sexo, el macho alterna, intercambiando pares “gastados” cuando cada individuo dispara su semen.

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Tachyglossus aculeatus
Imagen: GFDL 1.2

Ese semen realmente está sobrealimentado. Cientos de espermatozoides se juntan en una especie de envoltorio que puede nadar más rápido que los espermatozoides individuales, lo que aumenta así sus posibilidades de fertilización. Y si todo esto no fuera ya de por sí lo suficientemente alucinante, su pene alcanza casi un cuarto de la longitud de su cuerpo cuando está erecto.

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Con todo, no es nada en comparación con un simple percebe. Y es que el pequeño crustáceo tiene proporcionalmente el pene más largo de cualquier animal en la tierra abarcando hasta 10 veces el tamaño de su cuerpo. Además, el percebe necesita semejante miembro porque no puede moverse muy fácilmente. Así que arroja su pene gigante como si fuera una caña de pescar para encontrar un compañero.

Por tanto, si pasas por alguna racha en tu vida donde el sexo se vuelve difícil o complicado, recuerda que allí fuera hay otros seres vivos que realmente lo están pasando mucho peor que tú. Ellos sí pueden decir que el sexo es extremo y realmente duro. [Science Insider]

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Miguel Jorge

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