El caballo de Przewalski, conocido en Mongolia como takhi, es la única especie de caballo verdaderamente salvaje que queda en el planeta, nunca domesticada. Desapareció por completo en libertad hacia 1969, tras décadas de caza, avance de la ganadería, pérdida de hábitat e inviernos particularmente duros en las estepas de Asia Central. Todos los ejemplares vivos hoy descienden de apenas una docena de animales que sobrevivieron en zoológicos y colecciones privadas, capturados en expediciones de finales del siglo XIX y principios del XX, según documenta el propio Hustai National Park, uno de los principales santuarios del programa de reintroducción.
Aprender a ser salvaje antes de volver a casa

Durante las décadas de 1970 y 1980, los programas de reproducción en cautiverio lograron aumentar la población, que llegó a superar los 1.000 ejemplares hacia mediados de los años ochenta. Pero esos animales, nacidos en zoológicos, no podían enviarse directamente al desierto de Mongolia: no sabían comportarse como caballos salvajes.
Por eso, antes de la liberación definitiva, distintos ejemplares fueron trasladados primero a grandes reservas naturales de Alemania y Países Bajos, donde tuvieron espacio para vivir en grupos, relacionarse entre sí, aprender a moverse en manada y desarrollar las habilidades necesarias para sobrevivir sin intervención humana.
1992: el regreso a Mongolia

Los primeros 16 caballos llegaron a Hustai Nuruu, en el centro de Mongolia, en 1992, en el marco de un proyecto conjunto entre fundaciones neerlandesas y organizaciones mongolas de conservación. Cada dos años, entre 1992 y 2000, se sumaron nuevos ejemplares provenientes de distintos países europeos hasta reunir un total de 84 animales fundadores solo en ese sitio, que hoy es el Parque Nacional de Hustai.
Además de Hustai, el programa de reintroducción se extendió al Área Estrictamente Protegida Gran Gobi B, en el sur de Mongolia, y a Khomiin Tal, en el oeste del país, y más recientemente a Kazajistán, donde los primeros ejemplares regresaron en 2024 tras casi 200 años de ausencia.
Cómo un caballo repara un desierto entero
Los takhi, al alimentarse de hierbas duras y plantas secas, transportan semillas en sus desplazamientos y las depositan a través de sus excrementos en zonas áridas, favoreciendo la regeneración de la vegetación autóctona. Al moverse en manadas, sus cascos rompen la dura capa superficial del suelo seco sin generar erosión significativa, lo que permite que el agua de las escasas lluvias o de la nieve penetre en la tierra y favorezca el crecimiento de nuevos pastizales.
A diferencia del ganado doméstico, como cabras y ovejas, que arranca las plantas desde la raíz y acelera la degradación del suelo, los caballos salvajes cortan solo la parte superior de la vegetación, lo que le permite volver a crecer. Incluso en los inviernos más duros cumplen una función clave para otras especies: rompen el hielo grueso con sus patas para acceder al agua, dejando pequeños espacios abiertos que después pueden aprovechar otros animales del desierto.
Más de 1.000 caballos libres, y contando
En 2026, el programa se considera uno de los mayores éxitos de conservación de la historia moderna. Lo que comenzó como un intento desesperado por rescatar a una especie al borde de la desaparición total se convirtió en un ecosistema consolidado y en plena expansión: la población libre en Mongolia superó los 1.000 ejemplares, repartidos principalmente entre Hustai, con unos 450 animales, y el conjunto de Gran Gobi B y Khomiin Tal, con otros 650 aproximadamente. A nivel global, sumando poblaciones en cautiverio y en libertad en distintos países, la especie ronda entre 2.000 y 2.700 individuos.