Los arqueólogos Benjamín Ballester y Patricio de Souza reexaminaron una colección excavada en la década de 1970 en el yacimiento costero de Caleta Huelén 42, en el norte de Chile, y confirmaron que contiene los propulsores fechados de forma directa más antiguos conocidos en toda la región andina. El hallazgo se publicó en la revista Antiquity.
El yacimiento se ubica en la desembocadura del río Loa, el único curso de agua que llega al mar en casi 800 kilómetros de costa desértica en el Atacama. Ese oasis fluvial convirtió el lugar en un punto de encuentro para cazadores recolectores marinos que, entre hace 6.500 y 4.000 años, construyeron más de cien estructuras semisubterráneas de piedra y enterraron a sus muertos bajo el piso de sus propias viviendas, junto a ajuares con textiles, pipas y herramientas de caza y pesca.
Entre esos ajuares aparecieron 12 propulsores: tres en basureros domésticos y nueve en contextos funerarios, aunque el equipo solo logró localizar nueve ejemplares en la colección actual del museo de Antofagasta.
Qué es un propulsor y por qué era mejor que lanzar a mano

Un propulsor, también llamado estólica, funciona como una prolongación del brazo humano para lanzar dardos con mayor fuerza y alcance: un palo rígido con un mango en un extremo y un gancho en el otro, que se sujeta a la base del proyectil. Al lanzar el brazo hacia adelante, actúa como una palanca que multiplica la velocidad del dardo, permitiendo alcanzar presas a mayor distancia y con más fuerza que con el brazo desnudo.
Los especialistas consideran que esta tecnología llegó probablemente desde Eurasia, donde los ejemplos más antiguos se remontan a unos 25.000 años atrás. En América, sin embargo, la evidencia directa es escasa, porque la madera, el hueso y el asta rara vez sobreviven al paso del tiempo, lo que vuelve especialmente valiosos los ejemplares de Caleta Huelén 42.
La datación que reescribió el mapa de la caza andina
Los investigadores enviaron muestras de madera de dos propulsores, hallados en tumbas de las estructuras 4 y 6 del sitio, para su datación por radiocarbono, algo que nunca antes se había hecho de forma directa sobre este tipo de artefactos andinos. Las dos muestras arrojaron fechas de alrededor de 5.000 años calibrados antes del presente.
El dato resulta relevante porque, hasta ahora, la cronología de estos objetos se basaba principalmente en dataciones indirectas o en el análisis de las puntas líticas asociadas, y no en el artefacto completo. Confirmar con precisión la antigüedad del propulsor permite anclar con solidez una tradición tecnológica que hasta ahora solo se intuía.
Redes de contacto a 500 kilómetros de distancia
El conjunto muestra además un diseño coherente entre sí: un mango bien definido, un cuerpo aplanado y una proyección distal donde se insertaba un gancho de hueso sujeto con cuero o tendón, algunos con restos de pigmento rojo aplicado sobre la madera. Esa homogeneidad sugiere una tradición técnica compartida y transmitida entre generaciones dentro de los grupos costeros.
Lo más llamativo es su parecido con propulsores hallados en la costa de Arica y, sobre todo, con un ejemplar decorado encontrado en una cueva del río Doncellas, en la puna de Jujuy, Argentina, a 500 kilómetros de distancia en línea recta. Los investigadores plantean que estos objetos circulaban a través de redes de contacto entre comunidades costeras y poblaciones del interior, que habrían compartido bienes y conocimientos técnicos, probablemente vinculados a la caza de camélidos terrestres.
El fin de una era: cuando el arco y la flecha tomaron el relevo
Durante al menos tres milenios, el propulsor fue la herramienta que definió la supervivencia en uno de los desiertos más áridos del planeta, antes de la llegada de la agricultura y la cerámica a la región. Recién hacia el siglo V d.C., el arco y la flecha comenzaron a sustituir gradualmente al propulsor como tecnología de caza dominante en el área centro-sur de los Andes.