Desde 2010, el centro de Chile atraviesa una de las crisis hídricas más severas de su historia. Los científicos la llamaron megasequía, y no es una exageración. Un estudio publicado en 2017 por el climatólogo René Garreaud y otros investigadores chilenos mostró que las lluvias cayeron entre un 25% y un 45% por debajo de lo normal año tras año, y que el caudal de los ríos, el volumen de los embalses y el nivel de las aguas subterráneas llegaron a caer hasta un 90%. Al compararla con una reconstrucción de las lluvias basada en anillos de árboles, el evento resultó excepcional en el contexto del último milenio.
En ese escenario, la capacidad de guardar agua cuando llueve para usarla cuando falta se volvió una prioridad. Y uno de los proyectos más esperados acaba de ponerse en marcha en la región de Ñuble, en el centro-sur del país: el embalse Zapallar.
Una obra esperada durante casi 70 años
El embalse se construye en la comuna de El Carmen, en el valle del río Diguillín, y tendrá capacidad para almacenar 80 millones de metros cúbicos de agua. Su objetivo principal es el riego: permitirá regar unas 10.000 hectáreas de secano en El Carmen y San Ignacio, en beneficio de más de 2.000 productores agrícolas. Según los datos oficiales, más del 84% de ellos tiene predios de menos de cinco hectáreas.
El proyecto también servirá para abastecer de agua potable en periodos de escasez, controlar crecidas en el valle, aportar agua de emergencia para combatir incendios forestales y, eventualmente, para turismo. La obra se esperaba desde hace casi siete décadas.
El embalse tiene un costo cercano a los 158 millones de dólares, aunque la Comisión Nacional de Riego estima que el sistema completo, con los canales asociados, rondará los 300 millones. Las obras comenzaron formalmente en febrero de 2026, y en agosto el presidente José Antonio Kast encabezó la primera voladura. El plazo de construcción es de 1.620 días, con la puesta en operación prevista para 2030.
El papel de la empresa china
La construcción está a cargo de China International Water & Electric Corporation (CWE), una empresa estatal china especializada en obras hidráulicas, energéticas y de infraestructura, que forma parte del conglomerado China Communications Construction Company. La firma ejecutará la obra para la Dirección de Obras Hidráulicas del Ministerio de Obras Públicas de Chile.
Es importante aclarar el alcance de su participación: la empresa construye el embalse, pero no será su propietaria ni gestionará el agua. El caso se suma a una tendencia más amplia en América Latina, donde las constructoras estatales chinas han ganado presencia en grandes proyectos de infraestructura, desde puertos y carreteras hasta represas y centrales eléctricas.
Guardar agua no es suficiente
El embalse llega con grandes expectativas, pero también con advertencias. Gabriel Caldés, consejero del Consejo de Políticas de Infraestructura de Chile, sostiene que la obra es una condición necesaria, pero no suficiente para garantizar la seguridad hídrica de la zona.
El primer problema es obvio: un embalse solo sirve si se llena. En un clima cada vez más variable, con años muy secos y episodios de lluvias extremas, no hay garantía de que la cuenca aporte siempre el agua necesaria. Caldés recuerda que varios embalses del centro y el norte de Chile han funcionado con niveles muy bajos sin resolver los déficits de fondo.
El segundo es la eficiencia. Si el agua almacenada se distribuye con sistemas de riego poco eficientes, buena parte se pierde antes de llegar a los cultivos. Por eso, los especialistas insisten en combinar la infraestructura con tecnologías de riego más eficientes, datos hidrológicos en tiempo real y una gestión coordinada de toda la cuenca, con participación de pequeños y grandes usuarios.
El tercero es ambiental. Las represas alteran el funcionamiento de los ríos y los ecosistemas de la cuenca, por lo que requieren evaluaciones rigurosas y monitoreo permanente.
El debate no es exclusivo de Chile. En muchas regiones del mundo afectadas por sequías más frecuentes e intensas, la construcción de embalses vuelve a estar sobre la mesa como herramienta de adaptación al cambio climático. La experiencia chilena muestra que la infraestructura puede ayudar, pero que el agua más valiosa sigue siendo la que se gestiona bien.