Cualquiera que haya tenido una computadora portátil sobre las piernas sabe que los chips generan calor. Ahora multiplíquese eso por cientos de miles de servidores funcionando día y noche. Prácticamente toda la electricidad que consume un centro de datos termina convertida en calor, y la mayor parte de ese calor se expulsa a la atmósfera mediante sistemas de refrigeración que, a su vez, consumen todavía más energía.
El problema crece al ritmo de la inteligencia artificial. Según la Agencia Internacional de Energía, los centros de datos consumieron unos 415 teravatios hora de electricidad en 2024, alrededor del 1,5% del total mundial, y esa cifra podría duplicarse con creces hacia 2030. Es mucha energía que se pierde en forma de calor. Por eso, cada vez más empresas, ciudades y gobiernos se preguntan si no sería posible usarlo para calefacción.
Dinamarca y Finlandia, los pioneros

El ejemplo más citado está en Odense, Dinamarca. Allí, el centro de datos de Meta cede su calor a la red de calefacción urbana de la ciudad, gestionada por la empresa Fjernvarme Fyn. El sistema funciona así: el aire caliente que sale de los servidores calienta serpentines de agua, y luego unas bombas de calor eléctricas elevan la temperatura de esa agua hasta los 70 a 75 °C que necesita la red. La instalación de bombas de calor, de unos 45 megavatios, es la mayor de su tipo en el país.
Según Meta, el sistema aporta calor para hasta unos 9.000 hogares, aunque las cifras han ido cambiando con los años y con las ampliaciones del proyecto, y ninguna de las partes explica con precisión cómo se calcula un hogar.
Finlandia apuesta todavía más fuerte. En 2022, Microsoft y la energética Fortum anunciaron lo que describieron como la mayor colaboración del mundo de este tipo: el calor de los nuevos centros de datos de Microsoft en la zona de Espoo, cerca de Helsinki, se volcará a una red de calefacción urbana que da servicio a unos 250.000 usuarios. Según Fortum, cuando esté en marcha, ese calor cubrirá una parte importante de la demanda de la red, y el proyecto evitará unas 400.000 toneladas de emisiones de dióxido de carbono al año.
Por qué no se hace en todas partes
Si la idea es tan buena, ¿por qué no se aplica en cada centro de datos? Hay varias razones técnicas. La primera es la temperatura. El calor que sale de los servidores es de baja calidad: el aire de refrigeración suele estar a temperaturas templadas, muy por debajo de lo que necesita una red de calefacción. Para aprovecharlo hacen falta bombas de calor, que a su vez consumen electricidad. Ni Meta ni las empresas que operan estos sistemas publican cuánta energía usan esas bombas, lo que hace difícil calcular el ahorro real frente a una caldera convencional.
La segunda es la ubicación. Para que el calor sea útil, el centro de datos tiene que estar cerca de una red de calefacción urbana o de consumidores con demanda constante. Los países nórdicos tienen redes muy extendidas y climas fríos, por lo que el encaje es natural. En muchas otras regiones, esas redes casi no existen o los centros de datos se construyen lejos de las ciudades.
La tercera es económica. En Dinamarca, un tope legal al precio del calor excedente, vigente desde 2022, impidió que algunas empresas recuperaran sus inversiones. El país lo eliminó en enero de 2025. Aun así, Kim Winther, subdirector de Fjernvarme Fyn, advirtió que no puede prometer que los clientes vayan a notar una factura más baja. El calor puede ser casi gratis como materia prima, pero no necesariamente en el recibo.
Servidores en el sótano

Además de los grandes proyectos, hay iniciativas más pequeñas que intentan llevar el calor directamente al consumidor. En España, la startup Hotta, nacida en Soria en 2021, usa refrigeración líquida para captar el calor de los servidores y aprovecharlo para agua caliente y calefacción en viviendas, edificios comunitarios, industrias y piscinas. La empresa afirma que su sistema permite ahorrar entre un 35% y un 40% frente a una caldera tradicional, aunque se trata de una cifra propia, sin una auditoría independiente.
La refrigeración líquida tiene una ventaja técnica: el agua capta el calor de forma más eficiente que el aire y sale a mayor temperatura, lo que facilita su reutilización. Es también la tecnología que se está imponiendo en los centros de datos para IA, donde los chips más potentes generan tanto calor que el aire ya no alcanza para enfriarlos.
Las leyes empiezan a empujar
La regulación europea está acelerando el cambio. La Directiva de Eficiencia Energética de la Unión Europea, revisada en 2023, establece que los centros de datos con una potencia superior a 1 megavatio deben aprovechar su calor residual o justificar por qué no es técnica o económicamente viable. Alemania fue más allá con su Ley de Eficiencia Energética, que exige a los nuevos centros de datos reutilizar una parte creciente de su energía en forma de calor, empezando por un 10% y subiendo progresivamente hasta un 20%.
Nada de esto reduce el consumo eléctrico de los centros de datos, que es el problema de fondo. Pero sí permite que una parte de esa energía, en lugar de perderse en el aire, termine calentando casas, piscinas o fábricas. En un mundo donde la IA multiplica la demanda de electricidad, aprovechar el calor puede pasar de ser una curiosidad a una obligación.