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Ciencia

Un hueso olvidado durante 70 años en un museo de París revela que los cazadores de la Edad de Hielo estaban mucho menos aislados de lo que se creía

Se creía que los cazadores del este y el oeste de Europa vivían separados. Un hueso guardado desde los años cincuenta demuestra que se mezclaron
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Hace unos 30.000 años, cuando buena parte de Europa estaba cubierta por estepas heladas, los grupos de cazadores y recolectores del continente compartían una misma forma de vivir. Fabricaban herramientas parecidas, enterraban a sus muertos de manera similar y tallaban pequeñas figuras femeninas, las llamadas venus, que aparecen desde Francia hasta la actual República Checa. Para los arqueólogos, todo eso sugería redes de contacto de escala continental.

La genética, sin embargo, contaba otra historia. Los genomas antiguos analizados hasta ahora mostraban dos grandes linajes que parecían haber vivido cada uno por su lado. Un nuevo estudio, basado en el ADN de una mujer que vivió junto a los Pirineos, acaba de unir ambas versiones.

Dos familias genéticas que parecían no tocarse

Entierro Gravetiense
© By José-Manuel Benito Álvarez – Own work, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6957993

Esta etapa de la prehistoria europea se conoce como Gravetiense y se extendió aproximadamente entre hace 34.000 y 25.000 años. Los estudios genéticos previos habían identificado dos linajes principales. Uno, llamado Fournol, dominaba en el oeste y el suroeste del continente. El otro, conocido como Věstonice por el yacimiento checo de Dolní Věstonice, predominaba en Europa central y en partes de Italia. Ambos se mantenían bastante estables a lo largo del periodo.

Parte del problema era la escasez de datos. De los gravetienses solo había información genómica de unas 25 personas, repartidas a lo largo de casi diez mil años. Con tan pocas muestras, era muy difícil saber si esos dos linajes se habían cruzado alguna vez.

Un hueso olvidado en un museo de París

La pieza clave estaba guardada desde hacía décadas. En los años cincuenta, los arqueólogos que excavaban la cueva de Isturitz, en el País Vasco francés, recuperaron un hueso largo que terminó en el Instituto de Paleontología Humana de París. En 2013 se tomó una muestra para analizarla, y la datación por radiocarbono lo ubicó en torno a hace 30.000 años.

El análisis, publicado en la revista Science Advances por un equipo liderado por Pere Gelabert y Ron Pinhasi, de la Universidad de Viena, reveló que el hueso pertenecía a una mujer adulta. Su genoma es el más antiguo de un ser humano moderno del suroeste de Europa con datos de todo el genoma. Los investigadores lograron leer más de 450.000 marcadores genéticos.

La mayor parte de su ascendencia correspondía al linaje Fournol, el esperable en esa región. Pero una fracción menor coincidía con la de los antepasados de los habitantes de Věstonice, a unos 1.500 kilómetros en línea recta. Según Gelabert, los resultados muestran que las poblaciones del este y del oeste de Europa no estaban tan aisladas genéticamente como se pensaba.

Mediante un método estadístico que analiza cómo se distribuyen en el genoma los fragmentos heredados de cada origen, los autores estimaron que esa mezcla ocurrió entre hace 32.500 y 31.500 años, uno o dos milenios antes de que viviera la mujer. El cálculo asume que se trató de un único episodio, algo que el propio estudio plantea como una suposición. Una señal similar apareció en un individuo de Ormesson, cerca de París, aunque allí la fecha no alcanzó significación estadística.

Un posible punto de encuentro

Estatuillas Encontradas En Isturitz
Estatuillas encontradas en Isturitz © By Unknown years 1930 – Scan old postcard, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=48384981

El hallazgo encaja con una idea que los arqueólogos venían planteando sobre Isturitz. La cueva está en un paso natural entre la Europa continental y la península ibérica, y muestra señales de ocupación intensa y repetida: muchos hogares, abundantes restos de animales y una enorme variedad de objetos, entre ellos flautas hechas con huesos de aves. Por eso se la considera un posible sitio de agregación, un lugar donde distintos grupos coincidían para cazar, intercambiar bienes e información y buscar pareja. El concepto es debatido, pero los autores creen que el resultado genético lo refuerza.

ADN humano en la tierra de una cueva

El estudio incluye otro avance técnico notable. En la cueva de El Mirón, en Cantabria, hay un nivel arqueológico de hace unos 22.000 años en el que no apareció ningún hueso ni diente humano. Es algo habitual en esa época, que coincide con el Último Máximo Glacial, el momento más frío de la última glaciación, cuando los restos humanos escasean en toda Europa.

Aun así, el equipo logró recuperar ADN nuclear humano directamente del sedimento, unos 14.000 marcadores, suficientes para identificar el linaje de quienes pasaron por allí. El resultado fue de tipo Fournol, el mismo de Isturitz. Para los autores, eso respalda la idea de que la península ibérica funcionó como refugio durante la glaciación. Según Pinhasi, el ADN de los sedimentos permite recuperar información genética de periodos en los que no hay restos humanos. La técnica tiene un límite: en la tierra se mezcla el ADN de varias personas, por lo que no permite estudiar a un individuo concreto.

Un diente hallado en la cueva de Chufín, también en Cantabria, de hace unos 26.000 años, apunta a la continuidad de ese linaje en la región. Esto contradice un estudio anterior basado en la forma de los dientes fósiles, que había propuesto un reemplazo de población hace unos 28.000 años.

Una madre y su hijo en Italia

El trabajo también secuenció el genoma de un feto de ocho meses enterrado junto a su madre, una joven de unos 20 años, en la cueva de Santa Maria di Agnano, cerca de Ostuni, en el sur de Italia. El genoma de la madre ya se conocía. El del feto, con unos 467.000 marcadores, es uno de los más completos del Gravetiense.

El análisis confirmó que era su hijo varón y mostró que el padre procedía de la misma población, pero no era un pariente cercano de la madre. Para los investigadores, es un indicio de que estos grupos evitaban las uniones entre familiares.

Las predicciones genéticas de aspecto coinciden en todos los casos: piel oscura, pelo oscuro y ojos marrones. Queda abierta la gran pregunta: de dónde y cuándo exactamente llegó la ascendencia oriental a los Pirineos. Los autores planean analizar sedimentos de niveles aún más antiguos de Isturitz para intentar responderla.

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