Las tensiones entre Washington, Moscú y Pekín han vuelto a poner al desarme nuclear en el centro del tablero. Donald Trump trató de impulsar un ambicioso plan de negociaciones trilaterales, convencido de que China no podía quedar fuera del nuevo equilibrio global. Sin embargo, Pekín no solo rechazó la idea: lo hizo calificándola de absurda e imposible de aplicar.
La propuesta que buscaba cambiar las reglas

Trump partía de una premisa clara: si Estados Unidos y Rusia estaban obligados a limitar sus arsenales estratégicos mediante acuerdos heredados de la Guerra Fría, China debía entrar en la ecuación. Su objetivo era relanzar las conversaciones de desarme, integrando a Pekín en un esquema que redujera el riesgo de proliferación nuclear en el siglo XXI.
Pero la propuesta llegó en un momento en que el poder militar chino, aunque creciente, todavía no alcanzaba ni de lejos la magnitud de los arsenales acumulados por Washington y Moscú. Para Pekín, aceptar sentarse a negociar bajo esos términos equivalía a reconocer un estatus que, en cifras, no se sostenía.
La negativa tajante de Pekín

El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Guo Jiakun, fue directo: el plan de Trump era “irracional y poco realista”. Subrayó que el arsenal nuclear chino es reducido en comparación con los de Estados Unidos y Rusia, y que no existía ninguna obligación de colocarse en el mismo nivel de compromisos.
China insiste en que su estrategia nuclear se rige por un principio de “no ser el primero en usar” las armas atómicas, lo que, según sus portavoces, garantiza un carácter defensivo y disuasorio. Desde esa perspectiva, unirse a unas negociaciones diseñadas para potencias con miles de cabezas nucleares resultaba desproporcionado.
Un tablero global cada vez más fragmentado

La respuesta china revela un trasfondo más profundo: la arquitectura de control de armas forjada en la Guerra Fría se está desmoronando. Acuerdos históricos como el INF o el New START se tambalean, mientras que la irrupción de nuevos actores —desde Corea del Norte hasta India y Pakistán— hace que un esquema trilateral parezca insuficiente.
Trump apostaba por un golpe de efecto diplomático, pero la negativa de Pekín evidencia que las prioridades son distintas: China no quiere ser arrastrada a un modelo que considera heredado de otra época, y prefiere mantener sus decisiones soberanas al margen de presiones externas.
El futuro del desarme
El rechazo no significa que China esté fuera de cualquier debate global, pero sí marca un límite: no se dejará encasillar en comparaciones que, a su juicio, no reflejan la realidad de su arsenal. En ese pulso diplomático, el intento de Trump queda como un recordatorio de que, sin consenso, el fantasma nuclear sigue muy lejos de desaparecer del horizonte internacional.