Durante décadas, lingüistas y científicos cognitivos han debatido hasta qué punto el idioma moldea el pensamiento.
La versión más radical de esta idea, asociada con la hipótesis de Sapir-Whorf, proponía que cada lengua imponía una estructura mental rígida a sus hablantes. Hoy esa visión determinista está ampliamente matizada, pero numerosos experimentos muestran que el lenguaje sí puede influir en algunos procesos cognitivos.
No funciona como una cárcel que impide comprender conceptos ausentes de nuestro vocabulario. Más bien actúa como un sistema que dirige nuestra atención hacia ciertos aspectos de la experiencia.
El idioma puede cambiar cómo organizamos el espacio y el tiempo
Muchas lenguas utilizan términos relativos como izquierda, derecha, delante o detrás para describir el espacio.
Pero no todas funcionan así. Los hablantes de Kuuk Thaayorre, una lengua aborigen australiana, utilizan principalmente referencias geográficas absolutas, como norte, sur, este y oeste.
Eso obliga a sus hablantes a mantener constantemente información sobre su orientación espacial. Los experimentos realizados con estas comunidades muestran que pueden orientarse con gran precisión incluso en situaciones en las que muchos hablantes occidentales tendrían dificultades.
La dirección de la escritura también parece influir en cómo representamos mentalmente el tiempo. Quienes escriben de izquierda a derecha tienden a ordenar eventos siguiendo esa dirección, mientras que hablantes de lenguas escritas de derecha a izquierda pueden mostrar el patrón contrario.

Los nombres de los colores también dejan huella
El lenguaje puede influir incluso en tareas visuales aparentemente básicas. El ruso, por ejemplo, distingue obligatoriamente entre azul claro y azul oscuro mediante dos términos diferentes: goluboy y siniy.
Experimentos comparando hablantes de ruso e inglés encontraron que los primeros podían distinguir con mayor rapidez ciertos tonos cuando pertenecían a categorías lingüísticas diferentes. Esto no significa que un hablante de inglés sea incapaz de ver esa diferencia. Ambos grupos perciben físicamente los colores.
La diferencia aparece en la velocidad con la que el cerebro clasifica determinadas tonalidades cuando el idioma obliga a separarlas constantemente.
La gramática puede influir en cómo recordamos un accidente
También se han encontrado efectos en la memoria.
En inglés resulta habitual decir “John broke the vase” incluso cuando el hecho fue accidental. En español, en cambio, es común utilizar expresiones como “se rompió el florero”, que pueden restar protagonismo al agente.
En experimentos donde participantes observaban accidentes, los hablantes de inglés tendían a recordar mejor quién había provocado el evento cuando este era involuntario. Los investigadores interpretan estos resultados como una muestra de que las estructuras lingüísticas pueden orientar la atención hacia diferentes elementos de una misma escena.
El género gramatical también puede modificar asociaciones
Lenguas como el español y el alemán asignan género a objetos inanimados.
Una misma palabra puede ser masculina en un idioma y femenina en otro, y algunos estudios han observado diferencias en los adjetivos utilizados para describir esos objetos.
Sin embargo, este tipo de resultados debe interpretarse con cautela. Replicarlos no siempre ha sido sencillo y el efecto del género gramatical parece depender mucho del contexto experimental.
El lenguaje funciona más como un filtro que como una prisión
La evidencia actual no respalda la idea de que una persona sea incapaz de pensar algo simplemente porque su idioma no tenga una palabra específica para expresarlo.
Pero sí muestra que hablar una lengua determinada puede entrenar al cerebro para prestar atención de forma automática a ciertas características del entorno.
Por eso, aprender otro idioma no consiste únicamente en adquirir nuevas palabras.
También puede significar aprender nuevas maneras de organizar, describir y observar la realidad.