Este hallazgo se produjo durante una investigación liderada por equipos de Estados Unidos y Australia en aguas de la Antártida, una región que, pese a décadas de exploración científica, continúa sorprendiendo. Allí, en el océano Austral, los investigadores identificaron nuevas especies de equinodermos (el mismo gran grupo que incluye a estrellas y erizos de mar) con una morfología tan llamativa como desconcertante.
Un grupo casi invisible para la ciencia
El estudio se centró en un género de “estrellas pluma” que vive casi exclusivamente en aguas antárticas. Durante años, este grupo fue tratado como si estuviera compuesto por una sola especie ampliamente distribuida. El problema es que esa visión se basaba, sobre todo, en la apariencia externa.
Cuando los científicos analizaron los ejemplares con herramientas genéticas modernas, la historia cambió por completo. El ADN reveló que lo que parecía una única especie era, en realidad, un conjunto de al menos siete especies distintas, muchas de ellas prácticamente indistinguibles a simple vista.
Sin lugar a duda, es un patrón que se repite en el océano profundo: animales que parecen idénticos esconden una diversidad biológica que solo emerge cuando se mira más de cerca.
Por qué tener 20 brazos no es una excentricidad

Lo primero que llama realmente la atención es el número de brazos. Algunos ejemplares presentan hasta 20 extensiones que se ramifican desde un cuerpo central. Lejos de ser un capricho evolutivo, esta estructura cumple una función clave.
Cada brazo está cubierto de pequeñas prolongaciones, conocidas como pies ambulacrales, que permiten al animal desplazarse, anclarse al fondo y capturar partículas de alimento transportadas por las corrientes. En un entorno donde los recursos son escasos y la energía llega a cuentagotas desde la superficie, maximizar el contacto con el agua es una ventaja decisiva. En otras palabras: cuantos más brazos, más oportunidades de sobrevivir.
La “pluma de fresa” del océano Austral
Entre las especies identificadas, una se ganó rápidamente la atención del equipo por su aspecto. Su color rojizo intenso recordó a los investigadores al de una fresa madura, lo que le valió el apodo informal de estrella antártica con plumas de fresa.
Ese tono, que varía entre el púrpura y el rojo oscuro, resulta especialmente llamativo en un mundo donde la oscuridad domina y los colores suelen apagarse. La combinación de color y forma convirtió a esta especie en una de las imágenes más icónicas del estudio.
La profundidad, el gran obstáculo

Estos animales habitan entre los 65 y los 1.100 metros de profundidad, un rango que explica por qué pasaron tanto tiempo desapercibidos. Explorar esas zonas requiere tecnología especializada, vehículos operados a distancia y condiciones climáticas que, en la Antártida, rara vez juegan a favor.
Cada campaña de muestreo implica meses de preparación y un margen de error mínimo. Por eso, incluso hoy, gran parte del fondo marino antártico sigue sin cartografiarse con detalle.
Un recordatorio incómodo
Más allá de la espectacularidad de ser un animal de 20 brazos, este hallazgo deja un mensaje claro: la biodiversidad del océano Austral está lejos de entenderse por completo. Cada nueva expedición añade especies, corrige clasificaciones antiguas y obliga a replantear lo que creemos saber sobre la vida en condiciones extremas.
En un planeta que observamos desde satélites con resolución milimétrica, resulta paradójico que uno de los mayores misterios siga estando bajo nuestros pies. O, mejor dicho, bajo miles de metros de agua helada. Y este animal, oculto durante siglos en la oscuridad, es una prueba más de que el fondo marino aún tiene muchas historias pendientes de contar.