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Ciencia

Un estudio reunió datos de 2,8 millones de niños para averiguar qué ocurre con las pantallas. Encontró un patrón difícil de ignorar, pero también una enorme trampa

Una revisión de 23 metaanálisis encontró peores resultados en lenguaje, rendimiento escolar y bienestar emocional asociados a un mayor uso de pantallas. El tamaño del estudio impresiona, pero no demuestra que ellas sean la causa.
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Pantallas hay prácticamente en todas partes de la infancia moderna. En el teléfono de los padres, en el televisor, en las aulas, en los videojuegos y, cada vez antes, en las manos de los propios niños. La pregunta que lleva años dividiendo a familias, médicos y educadores es bastante más complicada: ¿qué está ocurriendo realmente con quienes pasan más tiempo frente a ellas?

Un equipo liderado por investigadores de la Universidad de Calgary acaba de abordar el problema a una escala difícil de igualar. En lugar de realizar un nuevo experimento, reunió 23 metaanálisis previos que, en conjunto, incluyen datos de 2.817.252 niños y adolescentes de 64 países.

El resultado parece contundente al principio: una mayor exposición a medios digitales apareció asociada con peor rendimiento académico general, menor desarrollo del lenguaje y más problemas emocionales, de conducta y con los compañeros. Pero la segunda parte de la historia es igual de importante: el estudio no permite concluir que las pantallas estén provocando esos problemas. 

Casi tres millones de niños mostraron un patrón parecido

Un estudio reunió datos de 2,8 millones de niños para averiguar qué ocurre con las pantallas. Encontró un patrón difícil de ignorar, pero también una enorme trampa
© Urban Health Today.

El trabajo, publicado en JAMA Pediatrics, es una revisión paraguas: una investigación que no agrupa estudios individuales, sino revisiones y metaanálisis que ya habían combinado numerosos trabajos anteriores.

Al convertir los resultados a una misma escala, los investigadores encontraron asociaciones negativas con el rendimiento académico general y las habilidades lingüísticas. También observaron relaciones con mayores conductas internalizantes (como síntomas relacionados con ansiedad o depresión) y externalizantes, además de problemas emocionales y con los compañeros. Pero no apareció un deterioro significativo en absolutamente todo.

El análisis no encontró asociaciones estadísticamente claras con el funcionamiento ejecutivo ni con las puntuaciones específicas de matemáticas, ciencias o lectura. Tampoco encontró una relación concluyente con la conducta prosocial. Es una diferencia importante frente a la idea simplificada de que más pantalla equivale automáticamente a peores capacidades cognitivas en todas las áreas.

Y los tamaños de varias asociaciones fueron modestos. Tatiana Íñiguez Berrozpe, socióloga de la Universidad de Zaragoza que no participó en el trabajo, calcula que algunas de las principales relaciones explican alrededor del 1% de las diferencias observadas entre adolescentes.

El gran problema: no sabemos en qué dirección funciona la relación

Aquí aparece la trampa. Gran parte de los datos utilizados procede de investigaciones transversales, donde el uso de pantallas y el bienestar del niño se miden aproximadamente en el mismo momento. Eso permite detectar que dos cosas ocurren juntas, pero no establecer cuál ocurrió primero.

Un adolescente que utiliza mucho el teléfono podría presentar más síntomas emocionales porque determinada utilización de las pantallas contribuye a su malestar. Pero también podría recurrir más al teléfono porque ya se siente solo, ansioso o deprimido. Y ambas variables podrían estar condicionadas por factores familiares, económicos o sociales que el estudio no consigue aislar completamente.

Ese matiz también afecta a algunos de los resultados aparentemente más grandes. Las asociaciones con problemas emocionales y dificultades entre compañeros presentaron intervalos de confianza amplios y procedían de menos estudios, por lo que los especialistas consideran esas estimaciones menos sólidas.

Por eso hablar de que las pantallas están “deteriorando” directamente a los niños va más lejos de lo que permiten los datos.

Una hora de TikTok no es lo mismo que una hora haciendo los deberes

Un estudio reunió datos de 2,8 millones de niños para averiguar qué ocurre con las pantallas. Encontró un patrón difícil de ignorar, pero también una enorme trampa
© Getty Images / Maskot.

Hay además otro problema: “tiempo de pantalla” agrupa actividades enormemente diferentes. Una videollamada con los abuelos, jugar online con amigos, utilizar una aplicación educativa y desplazarse pasivamente durante horas por un feed cuentan como tiempo frente a una pantalla. Sin embargo, no necesariamente producen las mismas experiencias.

Los datos sugieren algunas diferencias. La asociación con problemas psicológicos fue mayor con teléfonos móviles que con televisión o videojuegos, y algunas relaciones fueron más fuertes entre adolescentes que entre niños pequeños. Al mismo tiempo, los investigadores reconocen que todavía faltan datos suficientes para realizar comparaciones sólidas entre actividades concretas como videojuegos y redes sociales.

Investigaciones anteriores sobre el desarrollo del lenguaje ya habían encontrado algo parecido: la cantidad importa, pero también la calidad. El contenido educativo y mirar una pantalla junto a un cuidador se han asociado con mejores habilidades lingüísticas que una exposición indiscriminada. Eso deja una conclusión bastante menos cómoda que simplemente fijar un contador de horas.

El enorme estudio sí encuentra una señal consistente alrededor de las pantallas. Lo que todavía no puede decirnos es cuánto pertenece al dispositivo, cuánto a lo que hacemos dentro de él y cuánto a todo aquello que dejamos de hacer mientras lo estamos mirando.

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