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Ciencia

Un jubilado plantó solo 40.000 árboles en un basural de San Pablo durante 23 años: recreó un fragmento de uno de los biomas más devastados del planeta

En 2003, Hélio da Silva pasaba en auto por un descampado entre dos avenidas de San Pablo, un lugar tomado por la basura y usado como punto de consumo de drogas. En vez de seguir de largo, decidió empezar a plantar árboles ahí mismo, sin permiso oficial ni financiamiento, con sus propios ahorros. Dos décadas después, ese basural es un corredor verde de 3,2 kilómetros con 40.000 árboles de 160 especies distintas
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La historia de Da Silva, hoy de 73 años y ex ejecutivo de la industria alimentaria, se volvió noticia internacional después de que la agencia AFP recorriera junto a él el Parque Lineal de Tiquatira, en la zona este de San Pablo. Pero detrás de la anécdota personal hay algo más grande: buena parte de esos 40.000 árboles pertenecen a la Mata Atlántica, uno de los biomas más golpeados del planeta, del que hoy sobrevive una fracción mínima de su extensión original.

De semilla de jequitibá a corredor verde

Jequitibá
© Por Mauroguanandi – Trabajo propio, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4341684

Según reconstruyó AFP, Da Silva empezó con una sola semilla de jequitibá, uno de los árboles emblemáticos de la Mata Atlántica, y siguió comprando y plantando cientos más por su cuenta. Sus primeros dos intentos terminaron en fracaso: 200 plantines y después otros 400 fueron destruidos por actos de vandalismo. En lugar de abandonar, respondió aumentando la apuesta: plantó 5000 árboles de una vez. Recién en ese tercer intento la vegetación logró prosperar.

El cambio en el paisaje no pasó inadvertido. En 2005, Da Silva se acercó al entonces secretario de Medio Ambiente de San Pablo para pedir apoyo institucional, y en 2008 la ciudad reconoció oficialmente el predio como el Parque Lineal de Tiquatira, el primer parque lineal de la ciudad. Hoy el área cubre unos 320.000 metros cuadrados a lo largo de 3,2 kilómetros junto al arroyo Tiquatira, con un ancho de aproximadamente 100 metros.

Por qué importa que sean árboles de la Mata Atlántica

La Mata Atlántica es el bioma que originalmente cubría buena parte de la costa atlántica de Brasil, con una extensión histórica estimada en 1,5 millones de kilómetros cuadrados. Es, según distintos análisis científicos, uno de los puntos calientes de biodiversidad más importantes del planeta: alberga miles de especies de plantas y cientos de especies de aves y mamíferos con altísimos niveles de endemismo, es decir, especies que no existen en ningún otro lugar del mundo.

También es uno de los biomas más devastados: distintas estimaciones académicas ubican la cobertura forestal remanente entre apenas un 7% y un 28% de su extensión original, según el método de medición y qué se considera bosque “remanente” (incluyendo o no vegetación en regeneración). Casi toda la población de las grandes ciudades brasileñas, incluida San Pablo, vive hoy sobre lo que alguna vez fue este bioma. En ese contexto, un corredor de 3,2 kilómetros con 160 especies nativas dentro de una megaciudad no es un detalle decorativo: es una pieza, aunque pequeña, de un ecosistema que perdió la enorme mayoría de su territorio.

Un parque que también le devolvió aire a la ciudad

Según datos de la propia municipalidad de San Pablo, en el parque ya se identificaron 45 especies de aves, una señal de que la fauna fue recolonizando el corredor a medida que la vegetación creció. Especialistas en ecología urbana citados por AFP remarcan que este tipo de espacios verdes cumple una función que va más allá de lo estético: ayuda a reducir la temperatura en zonas urbanas muy pavimentadas (el llamado efecto de isla de calor) y mejora la calidad del aire, dos problemas que San Pablo, una de las megaciudades más grandes de América Latina, enfrenta de forma creciente.

Da Silva lleva un registro personal de cada especie plantada. Su próxima meta, según contó, es superar los 50.000 árboles.

Un caso, no una solución a escala

La historia de Tiquatira es notable precisamente porque es excepcional: un solo vecino, sin financiamiento estatal durante los primeros años, logró lo que normalmente requiere programas públicos sostenidos de restauración forestal. Eso la vuelve inspiradora, pero también señala un límite real: la restauración de la Mata Atlántica a una escala capaz de revertir la tendencia de fondo necesita políticas públicas, financiamiento sostenido y participación de miles de actores, no solamente la perseverancia de un jubilado con una pala.

Aun así, casos como este muestran algo que la ciencia de restauración ecológica viene documentando: los fragmentos de bosque nativo dentro de ciudades, aunque pequeños en comparación con la extensión histórica del bioma, pueden funcionar como refugios de biodiversidad y como corredores que conectan poblaciones de fauna que de otro modo quedarían aisladas.

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