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Ciencia

Las praderas marinas guardan carbono durante siglos, pero un experimento con tanques de agua halló que 4 grados de más les hacen perder esa capacidad en un 28%

Las praderas de pastos marinos funcionan, desde hace millones de años, como una de las cajas fuertes de carbono más eficientes del planeta: parte de lo que absorben queda enterrado en el fondo del mar durante siglos. Un experimento con 27 tanques de agua marina, cuatro especies de plantas y tres temperaturas distintas acaba de mostrar una grieta en esa caja fuerte: con el agua más caliente, la fracción de carbono difícil de degradar que liberan estas plantas cae más de una cuarta parte
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El hallazgo, publicado en abril de 2026 en la revista Communications Earth & Environment, del grupo Nature, es obra de un equipo liderado por Alba Yamuza-Magdaleno, del Centro Leibniz de Investigación Marina Tropical (ZMT) de Alemania y la Universidad de Cádiz, en colaboración con investigadores del Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC) de Vigo.

Qué es el carbono azul y por qué importa que sea “difícil de degradar”

Carbono Azul
© Por Peter Southwood – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=37969581

Las praderas de pastos marinos, los bosques de algas y otros ecosistemas costeros vegetados forman parte de lo que se conoce como “carbono azul”: sistemas naturales que capturan dióxido de carbono de la atmósfera y lo almacenan durante largos períodos. Buena parte de ese carbono se libera al agua en forma de carbono orgánico disuelto, y no todo tiene el mismo destino. Según explica el estudio publicado en Communications Earth & Environment, una fracción es “lábil” (las bacterias marinas la consumen en cuestión de días) y otra es “recalcitrante”: resiste la degradación microbiana durante semanas, meses o mucho más, y es justamente esa fracción resistente la que termina contribuyendo al almacenamiento de carbono a largo plazo.

Hasta ahora, buena parte de la ciencia del carbono azul se había concentrado en cuánto carbono queda enterrado en el sedimento. Este estudio pone el foco en una vía distinta y menos estudiada: el carbono que las plantas liberan directamente al agua, y qué tan bien resiste ese carbono a ser descompuesto por microorganismos antes de poder aportar al almacenamiento duradero.

El experimento: 27 tanques, cuatro especies, tres temperaturas

El equipo instaló 27 acuarios de 300 litros en las instalaciones de investigación marina del ZMT, en Bremen, con cuatro especies representativas de la bahía de Cádiz: los pastos marinos Cymodocea nodosa y Zostera noltei, la macroalga Caulerpa prolifera, y Halophila stipulacea, una especie invasora originaria del mar Rojo y el océano Índico que avanza sobre el Mediterráneo. Sometieron a las comunidades de plantas a tres temperaturas (24, 26 y 28 grados Celsius) durante seis semanas, y después incubaron el carbono orgánico disuelto liberado por cada tratamiento en oscuridad durante 60 días para medir cuánto lograban degradar las bacterias marinas.

Es, según destacan los propios autores, la primera vez que se aplica a plantas marinas una metodología habitual en oceanografía para calcular la velocidad de descomposición del carbono disuelto, lo que les permitió comparar de forma directa la fracción recalcitrante producida por estas comunidades costeras con las tasas de enterramiento de carbono en el sedimento medidas en esas mismas zonas.

El hallazgo central: más calor, carbono más fácil de comer

El resultado más claro del experimento fue que la temperatura, más que la presencia de la especie invasora, fue el factor que más modificó la composición química de lo que estas plantas liberan al agua. A 24 grados, la fracción recalcitrante representó en promedio más de la mitad del carbono orgánico disuelto total; a 28 grados, esa proporción cayó de forma marcada, con una reducción promedio del 28% en la cantidad de carbono difícil de degradar entre los extremos térmicos probados.

El mecanismo detrás de ese cambio no fue una simple reducción en la cantidad total de carbono liberado (de hecho, la producción total de carbono orgánico disuelto tendió a aumentar con el calor), sino un cambio en su composición química: con más calor, las plantas liberaron proporcionalmente más carbono lábil, fácil de consumir para las bacterias, y menos carbono recalcitrante, el que en teoría debería quedar disponible para el almacenamiento a largo plazo.

La especie invasora no fue la protagonista

Uno de los objetivos del estudio era evaluar si la presencia de Halophila stipulacea, que compite por espacio con los pastos marinos nativos del Mediterráneo, alteraba estos procesos. La respuesta fue, en gran medida, negativa: ni la producción de carbono orgánico disuelto ni su composición cambiaron de forma significativa por la sola presencia de la especie invasora en la mayoría de las mediciones. El factor que realmente movió los resultados, de principio a fin, fue la temperatura del agua.

Es un hallazgo que reordena un poco las prioridades: mientras buena parte de la preocupación pública sobre las praderas marinas se centra en las especies invasoras y la pérdida directa de superficie vegetada, este trabajo sugiere que el calentamiento del agua, incluso sin que desaparezca una sola planta, ya está alterando la calidad química del servicio climático que estas praderas prestan.

Qué significa esto para las estrategias climáticas

Los ecosistemas de carbono azul (praderas marinas, manglares, marismas) aparecen cada vez con más frecuencia en los planes nacionales de mitigación del cambio climático, precisamente por su capacidad de capturar y retener carbono durante períodos muy largos. Si el calentamiento del océano reduce de forma sistemática la fracción de carbono recalcitrante que estas plantas producen, los cálculos que sustentan esas estrategias podrían estar sobreestimando la capacidad real de secuestro a largo plazo, sobre todo en escenarios de calentamiento sostenido.

El propio equipo, incluido Pedro Beca-Carretero (afiliado tanto al ZMT como al IIM-CSIC de Vigo), y Hauke Reuter, especialista en ecología espacial e interacciones del ZMT, remarcaron que hacen falta observaciones a largo plazo en ecosistemas costeros reales para confirmar hasta qué punto el patrón observado en los tanques se replica en el océano abierto, con sus corrientes, tormentas y variabilidad estacional.

Las limitaciones que los propios autores reconocen

Los mesocosmos de laboratorio, por diseño, aíslan variables que en el mar real interactúan de forma mucho más compleja: corrientes, mareas, herbívoros, variabilidad estacional de nutrientes y luz, entre otros factores, no estuvieron presentes en el experimento. Los propios investigadores señalan esa limitación como un paso pendiente antes de trasladar estos resultados a modelos globales de presupuesto de carbono con total confianza.

Aun con esa salvedad, el estudio aporta algo que faltaba en el campo: una forma estandarizada de medir cuánto carbono recalcitrante producen distintas comunidades de plantas marinas, normalizado por su contenido de carbono, lo que en el futuro debería permitir comparaciones más directas entre praderas marinas, bosques de algas y fitoplancton a la hora de estimar cuánto carbono azul aporta cada ecosistema al ciclo global.

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